
Escombros de un vampiro sideral nació de una revelación: un aburrimiento artístico colosal. Yo quería vidas tumultuosas, aventuras prohibidas, ese brillo que atrae y asusta. De ahí el corazón del espectáculo que vamos a estrenar en Argentina: poemas de los poetas malditos —Baudelaire, Rimbaud y Verlaine— atravesados por la música del anarquista francés Léo Ferré. En esta propuesta, la voz, la palabra y la atmósfera construyen mi universo: gótico y contemporáneo, íntimo y retorcido.
Mi atracción por lo prohibido y lo marginal no es una pose: es una brújula. Pienso en La metamorfosis del vampiro de Baudelaire, en Las flores del mal censurado en su publicación, y siento que ahí late una verdad intacta: el deseo como fuerza peligrosa, el placer como borde, la belleza como algo que se muerde y envenena.
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También pienso en mi vida en París y en la decisión que mi maestra Mady Mesplé me exigió tomar: ópera —disciplina, rigor, renuncias— o una vida creativa más versátil e impura. Elegí la ópera; la amo y la respeto, y el otro camino habría matado a mis padres. La ópera me dio técnica, obsesión, herramientas y éxtasis, pero dejó en pausa otras formas de creación. Hoy, Escombros… es el lugar donde rescato lo que me inspira, sin pedir permiso.

La estética gótica —dark, nocturna, teatral— encaja naturalmente. Me remite a mi juventud en París: de día, estudiante en el Conservatorio; de noche, vida intensa con actores, bailarinas, creadores de moda, cabarets y night clubs, fiestas interminables en una ciudad fascinante y feroz. Era la época del sida: perdí muchos amores, se fue una generación de artistas. Quedó una sensibilidad a flor de piel: conciencia de lo efímero, de lo vivido como última vez. Esa locura, junto con la sabiduría que me dio la ópera, es lo que necesito para cantar hoy “Escombros de un vampiro sideral”.
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La historia del proyecto tuvo un giro novelesco. Antes de la pandemia, el espectáculo fue encargado por la Ópera Nacional de Montpellier. Yo estaba en Buenos Aires terminando un álbum con Pedro Giorlandini y Murci Bouscayrol, y viajé a París para cerrar detalles. Allí conocí a la escenógrafa Oria Puppo, argentina. Hoy estreno en mi país de adopción mientras ella trabaja desde París conmigo: dos artistas “en el lado equivocado del planeta”, como si nuestro eje estuviera en el país del otro. Vivo entre Francia y Argentina y no quiero renunciar a ninguno. A fin de año canté en el Théâtre du Châtelet y me pidieron música argentina: interpreté Balada para mi muerte de Piazzolla, casi como si me hubiera vuelto porteña.
Traer Escombros… a Buenos Aires es un desafío delicioso: está cantado en francés y quiero que el público lo comprenda de un modo profundo, sensorial. Estos poemas se resisten a la traducción literal; subtitularlos los empobrecería. Entonces aparece la imaginación como lenguaje común. Volví a algo que siempre me gustó: filmar escenas cotidianas, texturas, gestos, flores en todos sus aspectos —las del velorio, las del asfalto, las de la declaración de amor— como en Las flores del mal. Y sumar textos, voces: pedir a artistas, amigos y cómplices que cuenten qué les evocan estos poetas. Esos testimonios sostienen la comprensión: se entra por la emoción y el recuerdo. Además, grandes artistas prestaron su voz para versiones de tres poemas míticos: Marilú Marini, Alejandro Tantanian y Mario Pasik. Sus voces se integran al tejido del espectáculo.
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La creación en Francia fue adrenalina pura. Ensayamos durante la pandemia, a veces casi escondidas, en una sala inmensa y vacía. Quienes trabajaban conmigo usaban máscara: no veía sus caras y sentía que cantaba ante robots, con una tensión clandestina. Pero también fue extraordinario: la valentía de crear algo frágil en un mundo suspendido. Al año siguiente pude cantar por fin con público, sin máscaras frente a mí. Ese pasaje —de la sala vacía a la sala viva— fue volver inspirados por una versión fantasmal.
Deseo que en Buenos Aires la sala sea heteróclita: todas las edades, géneros y trayectorias. Hay quienes visitan a estos poetas como un templo; y jóvenes que llegan por fascinación: la historia de amor entre Rimbaud y Verlaine, la rebeldía, la desobediencia eterna. Rimbaud escribió casi toda su obra entre los 16 y los 20: convoca a quienes descubren amor, pasión, muerte, belleza sin límite… y luego se convirtió en traficante aventurero en África
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Recuerdo estudiar a los 15 El albatros de Baudelaire : el poeta tiene “alas de gigante” que le impiden caminar. El don como dificultad, la diferencia como carga. Yo sentía que me habían cortado las alas.
El mundo de Oria Puppo dialoga con esta visión: contemporáneo, atemporal, volátil, como un sueño que Rimbaud habría tenido en un viaje místico. Merlina Leila aportará la magia indispensable con las luces. Y el marco porteño suma contraste: la obra se presentará en la Fundación Beethoven, un lugar asociado al clasicismo. Me emociona llevar allí este material insubordinado, como si los malditos entrarían con elegancia a un salón impecable para dejarlo lleno de sombras hermosas.
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Los espero para embriagarse , como decía Baudelaire en el Spleen de París: de vino, de poesía o de virtud, para no ser esclavos martirizados del tiempo. La obra ya habrá empezado cuando lleguen y seguiré en el teatro cuando se vayan; para saber más, habrá que venir al estreno.
*Escombros de un vampiro sideral se presenta el viernes 22 de mayo a las 20:30 en el Auditorio Fundación Beethoven (Av. Santa Fe 1452, CABA).
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