
Leopoldo Brizuela fue —qué raro hablar de Leopoldo en pasado— una de las personas que más aportó a la literatura argentina sin que nadie lo viera. Con una predisposición generosa y total, logró incrementar el acervo de la Biblioteca Nacional al conseguir que los familiares de grandes intelectuales argentinos donaran las bibliotecas privadas para que esos volúmenes quedaran en el país y no se "perdieran" en una universidad del exterior. La Biblioteca Nacional y todos los argentinos le estaremos en deuda. Una sala de la Biblioteca debería llevar su nombre: sería un acto de justicia y reconocimiento.
Recuerdo exactamente la primera vez que nos vimos. Fue en un bar frente a la plaza Roma, en el Bajo. Brizuela había escrito Una misma noche, una novela incómoda que hablaba de los efectos de la dictadura que llegaban al presente y de la colaboración de los medios. De alguna manera se las había ingeniado para quedar mal con todos: los platenses —él era de La Plata y la novela transcurría en su casa de la infancia—, el diario Clarín —justo él, que pocos años antes había ganado el premio de Ñ—, los organismos que participaban en la recuperación del predio de la ex ESMA. Esta capacidad para "quedar mal con todos", antes que un defecto, es una gran muestra sobre cómo debe ser el trabajo de un escritor que quiere intervenir en la vida de una comunidad.
Aquella tarde llegué antes y lo esperé con mi libro, mis preguntas y mis prejuicios. Sabía —o creía saber— por dónde entrarle a los puntos flojos. Quería ese textual que me diera una nota incendiaria y una cantidad de clics para el medio en el que por entonces trabajaba. Esperaba encontrarme con un tipo con la guardia en alta, bien dispuesto a pelear. Pero, para mi sorpresa, terminé llorando de risa con él. La charla en aquel bar duró toda la tarde y terminó cuando vio la hora y perdía el viaje de regreso a La Plata. Desde aquel entonces cultivamos una amistad cordial aunque muy de este tiempo: hablábamos mucho por mail y por Facebook. La última vez fue la semana pasada.
Con esa generosidad total, Brizuela fue de los primeros en descubrir y promover autores. Especialmente autoras. Hace unos años —más o menos para la época de la primera marcha de #Niunamenos; creo que fue unos seis meses antes— publicó una columna muy provocadora en el blog de Eterna Cadencia en donde decía que los hombres deberíamos leer mucho más a las mujeres. Era un especialista en desarticular estructuras anquilosadas. Sabía qué ladrillo mover para que uno descubriera que ese edificio de saberes que uno piensa que es la literatura argentina a veces no es más que un castillo de naipes lleno de complejos.
Siempre lejos de la solemnidad, en algún momento retomó una vieja tradición borgiana de reírse de —¿con?— sus amigos. Así escribió falsos obituarios sobre Carlos Gamerro, Martín Kohan, Elsa Drucaroff y muchos escritores más. Eran malignamente divertidos, como él. Ojalá alguien piense uno que le haga justicia. Y que sea malo, malo, muy malo. Seguro que él lo festejaría a carcajadas.
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