El autor de "Los 90, la década que amamos odiar" (Ediciones B), cuenta por qué eligió escribir sobre aquellos años de algún modo desprestigiados y se detiene en una historia dramática protagonizada por un famoso grupo de rock y una fan.

Si bien siempre consideré a la década del 90 como mi favorita -es difícil decir por qué, después de todo uno no suele tener razones para esa clase de sentimientos, aunque seguramente tenga que ver con que fue el momento en la que transcurrió mi adolescencia- me decidí a escribir un libro sobre esos años en 2015, cuando en plena campaña presidencial empecé a escuchar "¡Vuelven los 90!" como una suerte de profecía apocalíptica.

Me sorprendía que fuese una afirmación que se tomaba como intrínsecamente negativa. Si bien no estuvo exenta de páginas negras -desempleo, niveles alarmantes de pobreza, casos de corrupción como nunca se habían denunciado hasta entonces y dos atentados de inédito horror en suelo argentino- soy de los que creen que llegó el momento de revisitar los 90 para descubrir nuevas facetas.

Ése es el objetivo con el que escribí Los 90. La década que amamos odiar, un recorrido diferente, y en muchas ocasiones lúdico, de aquel tiempo que fue mucho más que la convertibilidad y el auge de las canchas de paddle pero que también los incluyó. Desde la llegada en una nave especial de una rubia de botas largas llamada Xuxa hasta la aparición del kiwi en las verdulerías, es un libro lleno de imágenes, anécdotas y postales que mezclan nostalgia con la certeza de que mucho de lo que hoy es cotidiano -los cruces de política y farándula, los teléfonos celulares, el fútbol como espectáculo audiovisual, Internet…-nació en esa década.

 
Tomás Balmaceda (Ary Kaplan Nakamura)
Tomás Balmaceda (Ary Kaplan Nakamura)

Y cuando me senté a investigar, un suceso me atrapó por semanas, la primera visita de Guns N' Roses a la Argentina. Quizá alguno lo recuerde: semanas antes del desembarco de la que era la banda de rock más importante del momento, varios medios se hicieron eco del rumor de que el conjunto estadounidense había quemado una bandera argentina y la había pisoteado sobre un escenario parisino. Según los testimonios que recogí, se trataba de una leyenda urbana que había llegado a ser el informe central de un importante noticiero del prime time nocturno. Esto ayudó a que rumor se instalara como cierto y motivó una suerte de complot frente a la primera visita del exitoso grupo.

A días del concierto, la Asociación Patriótica Argentina, un grupo nacionalista, emitió un comunicado en el que amenazaba con que "algo terrible puede pasar en el estadio de River. Han ofendido a nuestra patria", sumando adhesiones de agrupaciones similares y de veteranos de la guerra de Malvinas, genuinamente furiosos por un hecho que daban como cierto.
Temeroso de que pudiesen producirse incidentes durante el concierto o en las inmediaciones del Monumental, el productor local Daniel Grinbank logró que el arisco Axl Rose diera una nota en el noticiero de Telefe aclarando los rumores: "No conozco el nombre de quien dijo que yo había quemado la bandera argentina o que me iba a limpiar mis zapatos después de pisar el país. Preferiría quemarlo a él. No conozco lo suficiente a la Argentina como para decir algo así, tan desagradable".

El concierto se llevó adelante el 5 de diciembre de 1992, dos días después de un show en Santiago de Chile en el que se vivió una estampida tal que una fanática murió aplastada por la multitud mientras el concierto seguía. "Necesitan un tratamiento psicológico muy serio y profundo. Me dejó una sensación muy amarga el espectáculo del día anterior a la presentación del grupo, ocurrido en el hotel donde se alojaban sus integrantes. Esa no es la juventud argentina, sino una parte, pero es lamentable que esa parte haya dado ese espectáculo", dijo el cardenal Antonio Quarracino, arzobispo de Buenos Aires.

Una de esas jóvenes era Cynthia Tallarico, una chica de 16 años que había logrado la autorización de sus padres para ir a un show si no faltaba al colegio para ir a verlos al hotel. Ella no cumplió su parte del trato y hasta aceptó responder preguntas para un noticiero, imágenes que fueron vistas en su casa. Al regresar, su padre le explicó que había roto el pacto y que no podía ir a escuchar a su ídolo Axl. Desesperada, Cynthia tomó un arma, fue a su cuarto y se suicidó. Su padre, al escuchar el disparo y darse cuenta de la escena, tomó el mismo revólver y se pegó él mismo un tiro en la sien.

"Guns N' Roses causa tragedia familiar", tituló el diario Crónica, que puso en la nota que "la chiquilina fanatizada por estos musiqueros no solo conservaba 170 fotografías de Axl Rose, sino que vivía para él. Una amiga de esta víctima de los rockeros confió que Cynthia le envió una carta en la que se leía 'quereme como soy, quereme con Axl y con Browstone',
que es el nombre que usa Axl para referirse a la droga".

"Lo lógico hubiera sido prohibirlos, pero esto en el mundo con toda seguridad hubiera servido para que nos criticaran y nos tildaran de autoritarios. Yo les pediría a los organizadores, a los que traen a los artistas, que tengan mucho cuidado con la elección de estos grupos, que son verdaderos forajidos", aseguró el presidente Carlos Saúl Menem tras el concierto, para luego firmar una reglamentación que redujo la capacidad de localidades del estadio River Plate, que pasó a recibir solo a 45 mil personas.

Rock, rumores insólitos y una trágica muerte en una de las tantas postales de los años 90, la década que amamos odiar.

 

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