
Durante décadas, la revista Selecciones publicó una sección titulada "Mi Personaje Inolvidable". Por lo común, los protagonistas no eran famosos, ni tampoco héroes. Se trataba de gentes simples que por su bondad, su altruismo, sus hazañas, vivían en la memoria. Y la memoria me lleva a uno de los míos. Que, por cierto, pertenece al mundo del periodismo, donde llevo más de medio siglo. Se llamaba Joaquín Giannuzzi. Nació en Buenos Aires en 1924 y murió en Salta a sus 80 años: ataque al corazón. Era periodista –su medio de vida–, pero en esencia, presencia y pasión, poeta. Uno de los más grandes del país en todo tiempo, aunque con escasa prensa y cero marketing: en el silencio y el recato de los sabios solitarios. Lo conocí en la vieja redacción de Crítica. Hacía yo mis primeros pininos. Era, a los efectos de la profesión, nada y nadie, rogando dejar de cortar cables y escribir gacetillas y esperando mi bautismo de tinta: una nota. Cierta mañana de invierno se acercó a mi escritorio de latón y me espetó:
–¿Quién sos? ¿Cuáles son tus obras completas?
–Me llamo Alfredo Serra, y mal puedo tener obras completas… Tengo veintidós años.
–¿Leíste a los rusos? –dijo, con tono amenazador.
–Soy un buen lector –me defendí–, pero todavía no encaré a los rusos.
–¡Fuera de mi vista! ¡No vuelvas a hablarme hasta que no hayas leído a los rusos! –y se fue a su escritorio, también de latón.
Con mis primeros y magros sueldos de aprendiz compré, a crédito, varias obras completas de la editorial Aguilar. Entre ellas, las de Dostoyevski y otros rusos célebres. Al cabo de un año caminé hasta su sitial, plagado de puchos y de restos de café.
–Señor Giannuzzi… –dije, tímido.
–¿Qué pasa? –gruñó más que dijo.
–He leído a los rusos.
Se levantó como impulsado por un resorte, y sin preguntarme qué rusos ni qué obras, me abrazó.
–¡Ahora podemos ser amigos para toda la vida!
Y en adelante lo fuimos, aunque con una larga interrupción: Crítica, ya agonizante, cerró en 1962, y volví a cruzarme con él en Crónica, el hijo dilecto de Héctor Ricardo García. Pero no en el diario: en la revista Así. Un cuadrado de madera pintado de gris cárcel y vidrios esmerilados dentro de la redacción general: un satélite, digamos. Para entonces, ambos éramos redactores full time.
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Primer recuerdo: llegaba yo muy temprano, y al rato, él. En invierno, enfundado en un sobretodo que clamaba por la jubilación, una camisa arrugada, una corbata oscura –siempre la misma–, y arrastrando los pies. Se sentaba frente a la máquina y empezaba a urdir poemas. Teníamos una cafetera siempre viva y ardiente. Yo ofertaba:
–¿Querés café, Joaquín?
–¿Acaso no soy un ser humano?
A mediodía comíamos en Bachín. Chorizo y pastas. Sin cambiar una palabra, "como caballos en su comedero… ¡Qué incomunicación!", definía.
En esos días, todos los redactores novatos nos demorábamos en el final de las notas. El moño. El remate con el que pretendíamos asombrar al lector. Entonces, Joaquín se enfurecía:
–¡Poné punto final, carajo! ¡La Divina Comedia ya está escrita!
Sabía quién era, y no lo ocultaba: "Amargo, seco, tabacoso y argentino". Marxista sin haber leído a Marx. Peronista. Tanto, que un día le oí decir "¡Qué año el cincuenta y cinco! Murió mi padre y cayó Perón!". Y entre horrendas crónicas policiales y escándalos de farándula que escribía a ochenta palabras por minuto –el pan de cada día– fue urdiendo su obra poética en pequeñas y modestas ediciones: Nuestros días mortales (premiado por la SADE), Contemporáneo del mundo, Las condiciones de la época, Principios de incertidumbre… Ocho en total. Poemas de rara precisión que adjudicaba a la Matemática: por una materia no se recibió de ingeniero. Pero no es de literatura que quiero hablar, no. Un día en que llegó más astroso que de costumbre, me atreví:
–Joaquín, se te ve muy sucio…
–Sí. Soy muy sucio y muy puro, como todos los hombres que piensan profundamente.
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Y otro día empezó el rito. Entre otros toques surrealistas, la redacción de Así estaba surcada de punta a punta por un alto, inútil e inexplicable piolín. Llegado el final de año, rodeábamos a Joaquín como en una operación comando, le quitábamos la sempiterna corbata, ya sin forma ni color, la colgábamos del piolín, y uno de nosotros la encendía con un fósforo. La prenda, grasienta a fuerza de uso cotidiano, ardía como Juana de Arco en la pira, mientras nos entregábamos a una especie de oración a oscuras: los tubos de neón estaban previamente apagados. Caídas las últimas cenizas, Joaquín, inmutable, decía:
–Ahora cómprenme otra. Soy un hombre pobre…
Pasaron cinco años y me fui, contratado por otra editorial. La despedida no tuvo el menor rasgo de emoción:
–Andate –me dijo– Pero lo que comiste y lo que te reíste estos años no se repetirá.
Casi un réquiem, de algún modo cierto.
Muy cerca de su muerte, se le hizo justicia a su arte: la editorial Emecé publicó sus Obras Completas, y el libro ganó el premio a La Mejor Edición. Cada tanto vuelvo a sus páginas, y en cada una de ellas me acomete el ritual: su corbata en llamas. El último recuerdo. Porque nunca más volví a verlo, y me enteré de su muerte por los diarios. Pero a su manera, me dio todo lo que es posible esperar de un maestro: el oficio, la palabra exacta, y el desencanto, sinónimo del rigor. Porque el periodista que se mira demasiado en el espejo y se enamora de sí mismo, está perdido. El nocaut tarda menos de lo que cree.
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