Cómo se vive después de Borges: la mirada de las generaciones que lo siguieron

Los escritores Luis Gusmán, Claudia Piñeiro, Luis Chitarroni, Pola Oloixarac, Rodrigo Fresán, Gabriela Cabezón Cámara, Pedro Mairal y Oliverio Coelho cuentan qué significó para ellos ese sol del sistema literario argentino

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Por Gabriela Esquivada

Una noche de 1960 Jorge Luis Borges soñó que visitaba a Leopoldo Lugones en la vieja Biblioteca Nacional, que el poeta nacional nunca dirigió. "Entro; cambiamos unas cuantas convencionales y cordiales palabras y le doy este libro", escribió en la dedicatoria a El Hacedor. "Si no me engaño, usted no me malquería, Lugones, y le hubiera gustado que le gustara algún trabajo mío. Ello no ocurrió nunca, pero esta vez usted vuelve las páginas y lee con aprobación algún verso, acaso porque en él ha reconocido su propia voz, acaso porque la práctica deficiente le importa menos que la sana teoría".

En ese punto, anotó Borges, su sueño se deshizo "como el agua en el agua". La dirección de la biblioteca la ocupaba él y Lugones se había suicidado en 1938. Pero su fantasma lo acechaba todavía, como un padre literario al que matar simbólicamente para poder ser él en libertad.

De modo similar, Borges fue una figura tan enorme que los escritores argentinos de varias generaciones debieron confrontarla más temprano que tarde.

Escribió Ricardo Piglia en su novela Respiración artificial: "En esta remota provincia del litoral argentino ¿quién está citando de memoria a Jorge Luis Borges?, dijo Marconi y se puso de pie". Y Tomás Eloy Martínez analizó en un artículo lo que llamó un problema central, "el del canon argentino dominado por la sombra terrible de Borges", una transfiguración de Domingo F. Sarmiento: "¡Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte!". En Literatura de izquierda, Damián Tabarovsky lo llamó "el gran fantasma de la literatura nacional". Y el poeta Héctor Yánover —otro director de la Biblioteca Nacional— lo describió en "Crónica de relación con Dios/Borges" como "un monstruo que ha preñado a millones".

Alguien le comentó a Luis Chitarroni que Beatriz Sarlo había sugerido que "había que matar o sacarse de encima a Borges", dijo el autor y editor a Infobae. "¿En serio lo hizo? ¡Qué grave error! ¡Con lo que quiero a esa mujer! Tratándose de alguien tan inteligente, lo debe de haber dicho como una operación estratégica facilitadora, para que los escritores que vinimos después, que ya somos tantos, nos libremos un poco de la presión opresiva de Borges, en apariencia inamovible, sin remordimientos".

Luis Gusmán —autor del mítico El frasquito; también de En el corazón de junio, Villa y El Peletero, entre otras obras— recordó que "allá por los años setenta, Borges —al que había comenzado a leer a los 18 años por un bibliotecario del club Racing— era alguien con quien, en términos de estilo, no había que mimetizarse".

Y sin embargo, siempre vio rastros borgianos en su segundo libro, Brillos, publicado en 1975.

"A la figura de Borges le oponíamos a un escritor como Witold Gombrowicz, que con su poética disolvente subvertía cierta estética más imperante que la de Borges", agregó. "Con los años pude advertir que Borges era tan lateral como Gombrowicz. Quiero decir: la institucionalización de Borges dejaba de lado lo más subversivo de cómo había cambiado la manera de leer la literatura".

 

La irritación política

 

Para Claudia Piñeiro no hay duda: "Borges es uno de los escritores más importantes que tenemos. Es prácticamente imposible no mirar a él cuando uno escribe". La novelista premiada y traducida —entre otras obras— por Las viudas de los jueves y Elena Sabe siente que tuvo una suerte de permiso especial por no ser cuentista. "Tal vez si lo hubiera sido, como él, su figura me perturbaría más".

Piñeiro lo siente a una distancia cómoda, un buen lejos: "Desde allí nunca me generó una controversia, como a lo mejor le causó a otra gente que puede decir que Borges era un impedimento. Para mí Borges ni siquiera está dentro de las posibilidades: uno tiene que escribir a pesar de lo que hizo Borges, porque si no, ¡prácticamente nadie escribiría! Es imposible hacer algo cercano".

Los escritores de su generación buscaron un lugar diferente del iluminado por Borges, opinó, sin perderle nunca el respeto: "Lo tenemos como uno de los padres de la literatura a pesar de las contradicciones que nos generó, que no tienen que ver con lo literario".

—¿Se refiere al plano político?

Cuando hablo con gente que dice que no le gusta Borges o que se ubica en otro lugar, al escarbar en general encuentro que tiene que ver con sus posiciones políticas, ante la vida, de clase. A veces mal interpretadas, ¿no? Más allá de que se sabe que era antiperonista, creo que las cosas que dijo en otro contexto histórico no se pueden trasladar al presente de manera lineal. Él dijo cosas, se contradijo… ¿cómo podemos saber lo que opinaría hoy si viviera y tuviera nuestra edad? Cada uno va elaborando en función del momento.

—Además de su antiperonismo, apoyó el golpe militar de 1976.

—Mucha gente entonces pensó que eso iba a traer una solución: aunque no fue mi caso, creo que no eran malas personas sino personas equivocadas, personas que se corrigieron.

Piñeiro —también autora de obras de teatro como Con las manos atadas y Verona— contó que su pareja, Ricardo Gil Lavedra, quien integró el tribunal que en 1985 condenó a los genocidas, vio a Borges varias veces en el Juicio a las Juntas. "Se sentaba en la primera fila a escuchar los testimonios. Es una anécdota menos transitada que la de su apoyo a la dictadura. Pero su literatura trasciende todo eso".

 

Un inspirador sin tiempo

Pola Oloixarac nació cuando Gusmán ya era un autor conocido. Las teorías salvajes, su primera novela, traducida a una decena de idiomas, la convirtió en una de las mejores novelistas en castellano según la revista Granta. Para hablar de Borges se sintió obligada a "confesar una blasfemia": últimamente su Borges favorito es el que se escucha en el libro Borges de Adolfo Bioy Casares. "Ese Borges personaje, divertido y cruel, ajedrecista en el mundillo literario de su tiempo (tan chic, tan ido) ha terminado opacando al primer Borges que amé, el Borges for export, con sus laberintos elegantes y sus palacios de espejos".

Lo leyó cuando era chica, y se contó entre las primeras lecturas que detectó como importantes: una voz que tronaba como "la voz cansada de sabiduría del Eterno llamando a Abrahán a través de las colinas retumbantes", citó a James Joyce. "Por él me decidí a estudiar filosofía, porque entendía la literatura como una forma del silogismo complejo, del argumento filosófico como arte mayor", dijo.

También Rodrigo Fresán, una generación intermedia entre Gusmán y Oloixarac, eligió carrera por influjo de Borges: "Cuando sea grande quiero ser escritor", pensó a los once años cuando su padre, el diseñador gráfico Juan Fresán, llenó la casa de imágenes de Borges y de copias de Historia universal de la infamia con el fin de componer una biografía alternativa del autor como un collage de sus propias biografías de infames.

Al Fresán pequeño lo atrajo la portada de Daniel Gil a la edición de bolsillo de la editorial Alianza: "Un rostro difuso y desenfocado sobre el que flotaba un ojo de cristal, que aludía al relato 'El tintorero enmascarado Hakim de Merv'". En su mirada de entonces, Borges fue "un escritor infantil en el sentido más noble del término, un escritor iniciático y fundante, un contador de fantasías perfectas, uno de esos narradores que nos abren la puerta para ir a jugar a otros libros. No tengo ni tendré nunca una lectura 'académica' o adulta de Borges".

—¿Qué sintió al leerlo por primera vez?

—No podía explicarlo entonces —sí podía intuirlo y hasta sentirlo— pero lo recordé a la perfección cuando, varias décadas después, leí un ensayo/reseña del escritor David Foster Wallace sobre una biografía de Borges, donde explicaba cómo Borges hace "colapsar a escritor y lector en un nuevo agente estético, alguien que inventa historias a partir de historias y para el que leer es en esencia y conscientemente un acto creativo".

Pedro MairalLa uruguaya se acaba de sumar a una obra que incluye la premiada Una noche con Sabrina Love, El año del desierto y Salvatierra, entre otros títulos— lo leyó en los años finales de su adolescencia: "Me ayudó a salir de esa especie de tiniebla mental". La manera en que Borges muestra la arquitectura del relato —"cómo está hecho y como lo va haciendo, con esas dudas que pone: digamos que la historia sucedió en tal año o quizá en tal otro…"— de algún modo lo vertebró como autor. "Me ayudó a tener conceptos, estructuras narrativas, sintaxis. Fue un encuentro con el lenguaje, y con la literatura misma".

También la imagen de desdicha de Borges, "esa figura medio loser", lo golpeó fuerte en esos años de sensibilidad extrema. "Y hay un tono tan sincero en Borges que lo leía aunque toda esa erudición me dejaba fuera: dejaba pasar lo que no entendía y disfrutaba lo que entendía".

 

Un abuelo literario

Mairal —que hoy también forma escritores, como Chitarroni: son ya referencias a su vez— dice que para su generación la figura de Borges no significó un peso. "Al contrario: funcionó como una especie de figura luminosa. No tuve que hacer un parricidio con Borges. Los autores que podrían haber sido mis padres literarios no estaban, entonces siento que fui criado por abuelos literarios: Julio Cortázar, Borges. Y uno con los abuelos no tiene conflictos".

—¿Se siente malcriado por Borges?

—Siento la obra y la figura de Borges como una inteligencia muy grande que tuvo la generosidad que hacerme sentir partícipe de ella.

"La figura del abuelo es mucho más amigable que la de padre", coincidió Oloixarac. "Los escritores que crecieron más cerca de Borges lo veían como un padre a matar o un problema a resolver (tengo un recuerdo vago de antologías como "Harto de borges", que no hacían más que enaltecer al maestro). Esas fantasías cuchilleras de la literatura son graciosas y se dan siempre entre contemporáneos", dijo la autora de Las constelaciones oscuras.

Para Gabriela Cabezón Cámara —quien se ubicó en el centro de la escena literaria argentina con su primera novela, La virgen cabeza— "la historia de Borges con Lugones es divina, pero a nosotros no nos pasó eso, ni con Borges ni con nadie".

—¿Por qué?

—Borges era una figura tan importante que cuando lo leías ya lo agarrabas con toda el aura. Era como una estampita. Era el escritor argentino: lo leías ya a sabiendas de que era impresionante, aun sin entender del todo por qué. Además tenía mucha presencia en los medios. Yo viví en un hogar proletario, y no se hablaba de otros escritores que Borges y Ernesto Sábato, que estaban en la tele y en la radio. Una vez mi papá me llevó a escuchar una conferencia de Borges, que supongo que debe de haber sido una de las últimas que dio, ya en los años ochenta. Era un hombre hermoso, dulce, amable… por lo menos desde lo que yo llegaba a entender, que no era casi nada. Era como un abuelo o un bisabuelo: no esa figura del tipo al que hay que oponerse cuando nos largamos a escribir.

 

La tradición, "obra del olvido y de la memoria"

Sin embargo, inclusive para autores jóvenes como Oliverio Coelho en el momento de tomar esa decisión, "la obra y el personaje de Borges significaron más que hoy en día". Cuando empezó a escribir el autor de Los invertebrables, Promesas naturales y Hacia la extinción (entre otras obras que hicieron que Granta lo sumara a su lista de los mejores escritores jóvenes en castellano) consideraba que "Borges era el modelo por excelencia, y si había un escritor al cual uno deseaba parecerse en un gesto de inocencia suprema, era él". Cree que para los escritores de 1950 y 1960 fue peor: "Ellos sí estuvieron bajo la sombra tremenda de Borges, porque encontraron en él un origen y lo incluyeron en el centro de su propia tradición".

Eso mismo dictaminó Chitarroni, elegido Editor del Año y autor de Las peripecias del no, entre otras obras: "Borges era y es el culpable". Recordó "el ya bastante fallido acto considerado el juicio de los parricidas": una referencia al libro del uruguayo Emir Rodríguez Monegal que lleva ese título, que en 1956 escribió que el borgismo era una pasión que se comunicaba por igual a fieles y a detractores: "Tanto o más borgistas son quienes lo atacan que quienes lo defienden".

Chitarroni aseguró que "el peso inhibitorio de Borges" también ha sido propiciado por el mundo editorial catalán. "Por supuesto que cuando hablo del que debe estar presente (o en rara ausencia, cabeceando de soslayo como un fantasma o una sombra no del todo benévola) no hablo del Borges escolar que se diseñó para repetir los más insalvables de sus endecasílabos melódicos (que se han vuelto domésticos incluso por falta de frecuentación). Para romper con un verso de él esa misma deficiencia prosódica recito: 'Hablo del uno, del único, del que siempre está solo'", citó el poema "Tú" de El oro de los tigres. "Cierto, a veces hay que rescatar a Borges del propio Borges, pero para eso resulta necesario acumular un arsenal de argumentos y argucias muy convenientes para alguien que escribe".

Se preguntó Leopoldo Brizuela, premiado desde su primera novela, Tejiendo agua: "¿Quién de mi generación pudo haber calificado esa sombra de terrible? Si me obligaran a usar esa metáfora sarmientina (aunque yo optaría por la de la luz, que es tanto más adecuada) diría que Borges es más bien la sombra que acoge en el desierto y permite que uno descanse, reviva, siga camino solo. Pero prefiero decir otra cosa.

—¿A saber?

—La sombra terrible de Borges la constituyen los que lo imitan —ironizó el escritor de Inglaterra, una fábula, también premiada—: los insoportables borgianos que creen que su gran lección es la de su apariencia pública y repiten como loros "la democracia es un abuso de la estadística" o "los peronistas son incorregibles", y se niegan a leer todo autor que él no haya bendecido.