
"El mal de Portnoy" fue uno de los actos subversivos culminantes de una época subversiva. La agitación que rodeaba su publicación era tan alta que antes incluso de que apareciera, en febrero de 1969, la revista Life lo proclamó "un acontecimiento de primer orden en la cultura estadounidense". Junto con conciertos de rock y marchas de protesta –con los que parecía tener más en común que con otros libros–, apelaba al rechazo de toda una generación frente a normas sin sentido y largamente indiscutidas, a la repulsa de las autoridades poderosas y a la lucha, más amplia, por la libertad personal y política. ¡La caída de Lyndon Johnson, el fin de la guerra, la desaparición de la hipocresía! ¡La extinción definitiva de los cincuenta! Y todo por medio de Alexander Portnoy, de trece años, un consentido chico judío, que se masturbaba compulsivamente tras la puerta del baño ("Mi pene era lo único que podía considerar mío en este mundo"), o dondequiera y comoquiera que lo asaltara esa necesidad incontestable. En un autobús junto a una chica dormida, con una manzana descorazonada, con el hígado todavía crudo que cenará la familia: la exposición desenfadada de la compulsión masturbatoria le otorgó a la novela el sello definitivo de aquellos postergados sesenta, su chispa obscena y, por supuesto, su notoriedad. Si Holden Caulfield se comportó jamás así, no nos lo contó.
El tema de un chico judío terriblemente bueno tratando de escabullirse del corsé ético de su infancia no se alejaba tanto del de algunos de los primeros relatos de Roth, o del de "Deudas y dolores". En su lucha por derrotar su conciencia hiperdesarrollada y convertirse en un chico malo, sin embargo, Portnoy transformó en comedia el destino trágico de sus trasuntos anteriores; y al fracasar miserablemente en su empeño de ser malo –pagando en angustia mental el precio de cada escandaloso desafuero– dotó a esta comedia de complejidad emocional y la hizo penosamente divertida. Incluso ya adulto, Portnoy sigue teniendo "más marcas que un mapa de rutas, las represiones me señalan de pies a cabeza", incapaz de sentir placer sin arrepentimiento. Aun así, con la fuerza balística de su escritura, Roth alcanzó la libertad que su desventurado héroe no pudo conseguir: el lenguaje desvergonzado y "rompetabúes" de la novela resultó liberador tanto para el autor como para sus lectores. En la entrevista para Web of Stories, Roth explicaba el proceso de escritura del libro en términos de una revolución privada: "Estaba derribando mi educación literaria –afirma–. Estaba derribando mis tres primeros libros". Y si, yendo al extremo, estaba derribando "la seriedad literaria que había acompañado a mi educación y que me había empujado a escribir en un principio", también estaba encontrando la manera de reconvertirla.
Los Portnoy tenían su origen en unos parientes que vivían en el departamento de arriba de la seria y cuerda familia de Roth, y que este había exagerado de forma disparatada en un manuscrito que quedó abandonado cuando se le ocurrió la idea de recurrir al psicoanálisis para contar la historia. La premisa de una sesión psiquiátrica maratoniana que ocupara todo un libro, después de años asistiendo él mismo a sesiones de psicoanálisis, fue lo que le permitió, en plena treintena, soltarse por fin.
La propia premisa implicaba que no debía esconderse nada. ("Quiere usted saberlo todo, de manera que ahí va: todo", le dice Portnoy a su psiquiatra, el doctor Spielvogel.) La cronología poco importaba. ("Ahora, de pronto, me da por recordar el modo en que mi madre me enseñó a orinar de pie. Escuche, este puede ser el dato que estábamos esperando.") Digresiones, desviaciones, distracciones, todo estaba permitido: ese era, de hecho, el camino a seguir. ("El único libro que conocía que funcionaba a través de la digresión era Tristram Shandy –comenta Roth–, pero no lo llamaría una influencia.") Fue esta permisividad sin precedentes la que le permitió sacar de debajo de la alfombra a Henry James, y la truculencia del Medio Oeste, y toda característica gentil (en ambos sentidos) que había asociado con las grandes planicies estadounidenses de la literatura.
La permisividad pública de la época también influyó: la política, el teatro, el sexo, el teatro político y sexual de Nueva York. Incluso mientras se estaba dejando la piel con "Cuando ella era buena", Roth montaba monólogos cómicos en torno a la mesa para sus amigos judíos de Nueva York, igual que en su día había montado monólogos radiofónicos para sus padres y monólogos sobre Newark para sus profesores de Bucknell. Ahora, estos números cómicos eran su banco de pruebas para las bufonadas de Portnoy, y había encontrado el público ideal. Gente que provenía de entornos no muy distintos del suyo, que estaban tan familiarizados con Lenny Bruce y los Fugs como con Freud y Kafka, y que sabían apreciar la mezcla de realidad y parodia en su shtick sobre familias judías. (Roth recuerda que una vez persiguió a Jules Feiffer con una improvisación maníaca a dos voces por todo el departamento de sus amigos editores Jason y Barbara Epstein en el Upper West Side.)

En una época más moderada, el estilo coloquial de Roth había dado lugar a Goodbye, Columbus; ahora había caído en la cuenta de que podía usar sus "sainetes desinhibidos" también en su escritura. Nunca, desde que Henry Miller adaptó las cartas gozosamente obscenas que había enviado desde París con el fin de volar por los aires los muros de la rectitud literaria y acceder a "Trópico de Cáncer", había explorado un escritor un estilo tan vulgar –monólogo cómico con un toque de improvisación– para revigorizar la literatura. Retomó el material de la inacabada Jewboy, y esta vez se centró en la formación de la otra mitad de esa atormentada pareja que había conformado su matrimonio. En busca de los orígenes de aquella culpabilidad crónica que lo había bloqueado y de la furia que lo llevó a tenderse en el diván, buceó en los lodazales del chiste de judíos y lo dejó todo salpicado.
"El mal de Portnoy" hizo de Roth un hombre rico. En mayo de 1968 tenía unas deudas de ocho mil dólares: "Estaba metido en mi cuarto como si fuera la celda de Solzhenitsyn, dándole dinero a Maggie y enojado", explica. De repente, en junio, Maggie estaba muerta (N.de E: su esposa fallecida en 1963), él había terminado el libro y un mensajero le acababa de entregar un cheque de su editor por valor de un cuarto de millón de dólares. (Revista Life: "¿Qué propina hay que dejar por un cuarto de millón?") Saldó sus deudas, compró un coche, se mudó a un bonito departamento del East Side y se llevó a Ann Mudge a Europa en primera, a bordo del France. No había comprado ropa en años, de modo que mandó hacerse varios trajes en una de las sastrerías más estiradas de Londres: Kilgour, French & Stanbury, en Savile Row. La experiencia no le resultó tan extraña como esperaba. "Aquello era como el templo B'nai Jeshurun –me asegura–. La tela era como el arca de la Torá, y había silencio, y la luz se filtraba a través de las ventanas sucias, y todos los sastres eran judíos". Se hizo más trajes a medida en otros lugares. Le lanzó proposiciones a la primera periodista atractiva que enviaron a entrevistarlo. Contrató a una prostituta para una hora, mientras Ann estaba fuera, en un hotel de Londres. "Estaba borracho –recuerda–, borracho de éxito y libertad y dinero."
Rompió con Ann tan pronto regresaron a Nueva York aquel otoño. Porque creía lo que había escrito sobre el matrimonio, porque Maggie lo había dejado terriblemente marcado, y porque, después de más de cuatro años juntos, habían llegado a ese punto en el que el matrimonio y los hijos eran el siguiente paso lógico. ("No dijo: Cásate conmigo; no hacía falta que lo dijera, estaba ahí en todo momento.") La vida estaba demasiado llena de posibilidades. Aun así, no era el maníaco sexual por el que lo tomaba mucha gente. "El libro salió en febrero de 1969, y en marzo fui a Yaddo y me quedé allí varios meses –explica en respuesta a una pregunta sobre su vida después de Portnoy–. Esa era mi libertad."
Cierto, pero no era toda la historia. En diciembre de 1968, en una cena, había conocido a una hermosa joven llamada Barbara Sproul –una estudiante de posgrado de historia de las religiones, doce años menor que él pero «madura» y «alguien que sabía lo que quería», dice Roth–, que se convirtió rápidamente en su siguiente romance. Sproul lo visitó en Yaddo a mediados de marzo, y de nuevo a finales de mes. A mediados de abril, cuando Roth comprendió que no podía afrontar la vuelta a Nueva York, Sproul encontró una casa de alquiler para los dos a unos tres kilómetros a las afueras de Woodstock, al otro lado del valle en el que había alquilado ya una cabaña para ella. Roth apenas se había tomado un respiro entre una relación larga y la siguiente. Una vez más, estaba llevando una vida resueltamente regular y ordenada… aunque nadie quisiera creerlo.
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