
Los recientes terremotos registrados en distintos puntos de la región volvieron a poner sobre la mesa una realidad que las autoridades costarricenses buscan enfrentar con preparación: cuando ocurre una emergencia, los primeros minutos pueden marcar la diferencia y no hay margen para improvisar.
Con ese objetivo, Costa Rica llegó en 2026 a la octava edición del Simulacro Nacional, una iniciativa impulsada por la Comisión Nacional de de Emergencias (CNE) que durante ocho años ha buscado fortalecer la capacidad de respuesta de familias, comunidades, instituciones públicas y empresas privadas.
El ejercicio de este año incorporó un enfoque de multiamenaza, con escenarios que contemplaron sismos, deslizamientos, huracanes, incendios, erupciones volcánicas, inundaciones, tsunamis y tornados.
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La intención fue ir más allá de un ejercicio tradicional y acercar a la población a situaciones que podrían presentarse en diferentes regiones del país.

Más de 1,17 millones de personas participaron
Los resultados de la octava edición reflejaron un aumento en la participación de distintos sectores de la población.
Al cierre del ejercicio, la CNE contabilizó más de 1,175,000 personas inscritas, provenientes de 84 cantones de las siete provincias de Costa Rica.
Entre los participantes hubo más de 406,000 niños, niñas y adolescentes, mientras que la participación de personas adultas mayores superó las 114,000.

El simulacro también incorporó a poblaciones que requieren medidas específicas dentro de los planes de emergencia. Según los datos suministrados por la CNE, participaron alrededor de 18,000 personas de poblaciones indígenas y unas 18,900 personas con algún tipo de discapacidad.
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Para las autoridades, estos números evidencian que la preparación ante una emergencia dejó de ser únicamente una tarea de las instituciones encargadas de atender desastres y se convirtió progresivamente en una responsabilidad compartida.

Ocho años de preparación
A lo largo de sus ocho ediciones, el Simulacro Nacional ha tenido diferentes modalidades para poner a prueba la capacidad de reacción de la población.
La CNE ha desarrollado ejercicios nocturnos y virtuales, además de simulacros enfocados en diferentes amenazas. La evolución responde a una premisa básica: las emergencias no tienen horario ni fecha definida.
Por esa razón, las autoridades consideran fundamental que las familias y comunidades conozcan de antemano qué hacer, hacia dónde desplazarse y cómo comunicarse en caso de que ocurra un evento que obligue a evacuar o modificar las actividades cotidianas.
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La octava edición permitió trasladar esa planificación a escenarios diversos y poner en práctica los protocolos establecidos previamente.
Miles de personas participaron desde sus hogares, centros educativos, empresas e instituciones, con el objetivo de identificar posibles fallas y fortalecer sus mecanismos de respuesta.

Las comunidades asumen un papel cada vez mayor
Uno de los elementos que la CNE destacó este año fue el incremento en la participación de comunidades de diferentes puntos del país.
La institución también resaltó el trabajo realizado por los Comités Municipales de Emergencia (CME), cuyos integrantes recibieron capacitación desde comienzos de año para impulsar los simulacros y promover una mayor cultura de prevención en sus respectivos cantones.
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La estrategia busca que las comunidades no dependan exclusivamente de la llegada de los cuerpos de emergencia una vez ocurrido un desastre, sino que tengan herramientas para actuar durante los primeros momentos.
Para Alejandro Picado, presidente de la CNE, este proceso demuestra la evolución que ha tenido Costa Rica en materia de prevención.
“Costa Rica ha ido madurando a lo largo de ocho años el ejercicio del simulacro y esto permite que las comunidades sean cada vez más independientes, pero responsables de prepararse”, señaló.
El planteamiento de la institución es que la preparación comienza antes de que ocurra una emergencia. Tener identificadas las rutas de evacuación, establecer puntos de encuentro, conocer los riesgos de la zona y contar con un plan familiar puede reducir la incertidumbre cuando ocurre un evento real.
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Un país que busca estar preparado
El balance de la octava edición también permitió identificar un mayor involucramiento de sectores que históricamente pueden enfrentar mayores dificultades durante una emergencia.
La participación de niños, adultos mayores, personas con discapacidad y comunidades indígenas amplía el alcance de los ejercicios y obliga a que los planes contemplen diferentes necesidades.
En ese sentido, el simulacro no solo busca contabilizar cuántas personas participan, sino generar una experiencia que permita detectar qué aspectos de los protocolos deben mejorarse.

La CNE agradeció la participación de las familias, los Comités Municipales y Comunales de Emergencias, empresas privadas e instituciones públicas que se sumaron al ejercicio.
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Después de ocho años, el objetivo de las autoridades es que la preparación deje de ser una actividad que se realiza únicamente durante el simulacro y se convierta en un hábito permanente.
El mensaje que acompaña esta iniciativa resume esa apuesta: Costa Rica se prepara antes de que ocurra la emergencia, porque cuando llega un terremoto, una inundación, un incendio o cualquier otro evento adverso, el tiempo para aprender qué hacer ya se terminó.
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