Una perrita con un tumor venéreo avanzado que deformaba su rostro y le provocaba un sufrimiento visible apareció una tarde en el batallón de Arauca. Su estado físico evidenciaba años de abandono, pero la confianza con la que se acercó a los soldados marcó el inicio de una recuperación que transformaría su destino y el de quienes la ayudaron - crédito Ejército Nacional
Al batallón Arauca llegó una perrita de aspecto frágil; caminaba despacio, arrastrando el cuerpo con la mirada extraviada y una masa sobre la nariz que le inflamaba los ojos.
Los soldados observaron cómo el animal avanzaba con dificultad y decidieron ayudarle. Así comenzó la historia de Zafira, una perra que pronto se convertiría en símbolo de esperanza y resiliencia dentro del batallón.
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La perrita fue atendida primero en una clínica veterinaria local, donde recibió los cuidados iniciales. Después, fue trasladada a Bogotá, a la Clínica Veterinaria San Jorge del Ejército Nacional. Allí, el teniente Iván Torres Acosta, director de la clínica, fue quien asumió su caso. Lo que más le impactó fue la actitud del animal: “Ella nunca fue agresiva. Era una perrita muy acogedora. Se veía triste, cansada, pero buscando quién pudiera aliviarle el dolor”, recuerda.
El equipo médico realizó exámenes exhaustivos. El diagnóstico reveló un tumor venéreo transmisible que afectaba gravemente la cavidad nasal. Además, Zafira sufría las secuelas del abandono: parásitos, desgaste físico y un sistema inmunológico debilitado. La combinación de enfermedades y carencias hacía que su recuperación pareciera un reto inmenso.
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Comenzó entonces un tratamiento que se extendió durante dos meses y medio. Gracias a donaciones y al esfuerzo del personal veterinario, Zafira recibió medicamentos intravenosos similares a quimioterapias, suplementos y monitoreo constante.
Los días posteriores a cada sesión eran especialmente duros. El teniente Torres lo describió sin rodeos: “Verla así era muy duro”. El medicamento causaba mareo y malestar, pero había un gesto que renovaba la esperanza: verla comer después de cada procedimiento.
Durante este proceso, el equipo veterinario observó cada reacción con atención. El hecho de que la perrita siguiera acercándose a su plato de comida, aunque fuera con esfuerzo, servía como indicador de que aún tenía fuerzas para seguir luchando.
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Con el paso de las semanas, la mejoría se hizo visible. La inflamación retrocedió, el dolor disminuyó y la perrita empezó a recuperar la energía. Zafira volvió a jugar y a interactuar, señales claras de que la vida regresaba poco a poco a su cuerpo.

Mientras continuaba su recuperación en la clínica, ocurrió un hecho inesperado. Una camada de gatos recién nacidos había sido abandonada sin su madre. Zafira, aún convaleciente, comenzó a acercarse a los pequeños.
Los acomodaba junto a su cuerpo, los lamía y permanecía junto a ellos largos ratos, como si los adoptara. La escena sorprendió al personal médico, acostumbrado a ver animales en situación de vulnerabilidad, pero no a que uno de ellos, en pleno proceso de sanación, asumiera el papel de cuidador.
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El caso de Zafira se transformó en ejemplo de empatía y generosidad. La perrita que llegó sola y enferma terminó convirtiéndose en refugio para otros animales desamparados, demostrando que la capacidad de protección y afecto no desaparece ni siquiera en las circunstancias más adversas.
Hoy, Zafira vive rodeada de personas que la cuidan y la acompañan. Se prepara para integrarse a una familia que asumirá su cuidado definitivo.

El teniente Torres reconoció el aprendizaje que deja cada historia como la de Zafira: “Después de años atendiendo animales heridos y casos relacionados con abandono, todavía hay algo que sigue llamándome la atención: la capacidad que tienen para volver a confiar”.
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El nombre Zafira, inspirado en el zafiro, evoca fortaleza y esperanza. Como una piedra preciosa, la perrita soportó presión y dificultades antes de revelar su brillo, encontrando luz y compañía en quienes decidieron salvarla.
La historia de Zafira evidencia el valor del compromiso y la empatía frente al abandono animal. El acompañamiento profesional y el afecto transformaron su destino y el de otros animales. El caso deja en claro que incluso tras el dolor y la enfermedad, siempre es posible recuperar la confianza y la alegría de vivir.
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