
En el municipio de Armero, relatos sobre movimientos irregulares de restos humanos han surgido en el voz a voz, revelando una compleja intersección entre prácticas académicas, creencias populares y actividades ilícitas.
Estas actividades, traducidas y prohibidas legalmente en la la Ley 73 de 1988, la Ley 919 de 2004 y el Decreto 2493 de 200, como tráfico de órganos, no son nuevas en Colombia, y se presupone que no es algo exclusivo de actos de brujería.
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Testimonios recogidos por Infobae Colombia exponen un fenómeno donde los rumores de tráfico de huesos y la profanación de tumbas se entrelazan con prácticas culturales y situaciones de vulnerabilidad social, mientras persisten la falta de respuestas oficiales y el temor a denunciar estos hechos.
“Durante mi investigación principal en Armero, centrada en fenómenos energéticos, comenzaron a surgir relatos sobre movimientos irregulares de restos humanos, aunque no estaban ligados directamente a lo paranormal”, recordó Miguel Amaya, investigador, periodista de misterio, comunicador profesional, miembro Xpediente Paranormal y de la Paranormal Research academy, al explicar como supo de estos hechos en entrevista en Infobae Colombia.
“No fue algo que yo buscara. Cuando diferentes personas, sin relación entre sí, mencionan situaciones similares, uno debe prestar atención”.

Amaya resaltó la existencia de zonas grises entre lo académico y lo ilícito, donde el tráfico de restos humanos plantea interrogantes éticos y genera una sensación de peligro social ante la ausencia de respuestas de las autoridades, especialmente en Colombia y otros países latinoamericanos.
Según el investigador, predomina el silencio frente a la profanación de tumbas y el posible comercio ilegal de huesos o tejidos humanos. “En el campo paranormal estamos acostumbrados al silencio y al temor. Muchas personas creen que hablar puede traer consecuencias, no solo sociales sino personales”, reflexionó Amaya.
“Como investigador, uno aprende a leer más los silencios que las palabras. En lo personal, esto genera respeto y prudencia, porque cuando hay miedo real, no estamos hablando de mitos, sino de experiencias que la gente no sabe cómo explicar o enfrentar”.
Al referirse al impacto social y al origen de los rumores sobre la venta de huesos o órganos, Amaya expresó su inquietud por el efecto de la desinformación en las comunidades.
“Afirmar sin investigar es tan dañino como negar sin escuchar”, puntualizó.

“Si estas prácticas existen, deben estudiarse con cuidado. Y si no existen, también es importante demostrarlo. El miedo colectivo sin análisis serio distorsiona la realidad y termina afectando la credibilidad de investigaciones legítimas”.
De acuerdo con Amaya, la vulnerabilidad social se cruza con la persistencia de relatos sobre rituales. “La brujería no puede descartarse automáticamente como fantasía”, afirmó.
“Existen patrones culturales, rituales y testimonios repetidos en distintos lugares y épocas. Eso no significa que todo sea real, pero sí que el fenómeno es posible y merece análisis”. El investigador subrayó que “estas prácticas suelen aparecer en contextos de alta vulnerabilidad, donde la gente busca explicaciones o soluciones fuera de lo convencional”.
Casos reportados por medios nacionales confirman la existencia de tráfico de huesos y órganos con distintos fines en América Latina y Colombia.
Sin embargo, en Colombia, no existen pruebas judiciales de una red organizada con fines comerciales, indicó Amaya, pero en “cementerios antiguos existe una realidad poco visible: exhumaciones constantes, restos sin reclamación y controles históricos bastante laxos. Eso crea un escenario donde los restos humanos, aunque no sean objeto de tráfico organizado, quedan vulnerables”.
En países como Perú, el mercado negro ofrece cráneos o esqueletos completos a estudiantes de medicina por la falta de material autorizado.
Estas operaciones implican la profanación de tumbas y se castigan con penas de hasta ocho años de prisión.
México también ha afrontado controversias por la entrega irregular de cadáveres no identificados a universidades, hechos que vulneran los derechos de familias y personas desaparecidas y alimentan la desconfianza pública.
Algunos escándalos a nivel internacional alcanzaron a la Facultad de Medicina de Harvard, donde empleados vendieron órganos y pieles de donantes de manera indebida, hecho que confirmaría la existencia de este tipo de comercio ilegal, más allá de la brujería.
Estas violaciones a la dignidad y voluntad de los donantes llevaron a sanciones judiciales y afectaron la credibilidad de las instituciones académicas.
En Colombia, el caso más extremo reportado es la “matanza de la Unilibre” en Barranquilla.

Integrantes del personal de seguridad asesinaron a habitantes de calle para extraer órganos y suministrar restos a la universidad, ocultando el crimen durante años.
Aunque la institución fue exonerada, varios responsables directos recibieron condenas judiciales. Medicina Legal reconstruyó los rostros de algunas víctimas con el fin de hacer justicia y visibilizar estos delitos.
El vínculo entre rituales esotéricos y profanación de tumbas tampoco es ajeno a la realidad colombiana. En 2025, Un incendio en el barrio La Pabonesa de Florencia (Caquetá) dejó al descubierto altares, ataúdes y restos óseos asociados a rituales de santería justo antes de Halloween.
El capitán William Álvarez, del cuerpo de bomberos, confirmó varios incendios en los que se han hallado objetos similares, lo que evidencia la recurrencia del fenómeno.
“Sacaron varios cuerpos. Abrieron los cajones y se los llevaron, solo dejaron los huecos. Eso es para hacer brujería”, relató un testigo en Hatoviejo (Bolívar).
Las familias demandaron mayor seguridad y la intervención de las autoridades. Tras el hallazgo de altares y huesos enterrados en viviendas, la comunidad intentó linchar a los supuestos responsables, lo que reforzó el clima de alarma social.

El panorama general revela una superposición de zonas jurídicas grises, temor colectivo y retos éticos inmediatos. “En Colombia el tráfico de órganos o tejidos con fines comerciales no está documentado oficialmente como un mercado organizado, y no hay casos judiciales probados que demuestren la existencia de una mafia que comercialice órganos en el país”, insistió Amaya.
“Yo no afirmo hechos judiciales. Hablo de relatos, coincidencias y contextos que aparecen durante una investigación paranormal. La diferencia entre investigar y acusar es fundamental”.
Para el investigador, el respeto por la dignidad humana y la promoción de una regulación ética rigurosa continúan siendo fundamentales. “Personalmente, genera incomodidad porque toca la línea entre lo académico y el respeto por lo humano”, admitió.
Infobae Colombia conoció tres testimonios de personas del área de la salud, quienes decidieron guardar anonimato. Las tres personas coinciden con la misma premisa: ninguna universidad en Colombia o entidad encargada de la recolección y tratamiento de restos funerarios lo aceptará, pero es una realidad que de forma ilegal se obtiene tejido humano para el uso académico.
“Normalmente, son personas que no se reclaman, que no tienen familia. Incluso, tumbas de cementerios regionales son extraídos estos restos”, afirmó una de las fuentes anónimas consultadas por Infobae Colombia.

Otra fuente, afirmó qué en una ocasión presenció como la facultad de medicina de una universidad al interior de del país, recibió un “cargamento” de restos humanos para el anfiteatro en el que se iba a realizar una explicación práctica de anatomía.
“Finalizando mi carrera, era monitor y asistía a un profesor de la facultad. A veces traía partes humanas con fines educativos, igual, varias veces como estudiantes, veíamos los cadáveres en ‘fresco’; sin embargo, hacía falta un cuerpo completo. Él dijo que iba a llamar a un conocido que ya le había hecho el favor un par de veces. Durante una llamada, lo escuché decir, como lista de mercado, las características del cuerpo y hasta otos órganos, estructura ósea y otros tejidos que necesitaba porque en la facultadad ‘ya no había’”, relato otra de las fuentes consultadas.
La frontera entre lo posible y lo comprobable se ha desdibujado para Amaya. Su experiencia lo llevó a replantear sus convicciones acerca de los límites de la investigación y sobre la realidad de relatos que suelen permanecer ocultos. Estas historias persisten como una invitación a examinar con mayor profundidad lo que la sociedad prefiere no ver o descarta de manera precipitada.
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