
El planeta entero se sacudió en la mañana del lunes 21 de abril con la triste noticia del fallecimiento del Papa Francisco, luego de una dura enfermedad pulmonar que lo estaba afectando desde febrero, y por supuesto en Colombia esta pérdida causa una gran aflicción por la cercanía que tuvo con el país, por el que siempre elevó plegarias para que alcanzara la paz.
Sobre ese deseo, el pontífice vivía recordando uno de los momentos más dolorosos en la historia nacional reciente: la masacre que se perpetró el jueves 2 de mayo de 2002 en el municipio de Bojayá, en el centro del departamento del Chocó, uno de los territorios más pobres y azotados por el conflicto armado.
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En la madrugada de ese fatídico día, un centenar de sus habitantes se refugiaron en la iglesia de esa población que huían de un brutal enfrentamiento entre miembros de los extintos grupos armados organizados de las Farc y de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC).
Entonces los guerrilleros lanzaron contra los paramilitares tatucos, un arma no convencional elaborada artesanalmente con pipetas de gas que artillan artesanalmente con explosivos, con la desgracia de que uno de ellos impactó la parroquia y al detonar acabó con la vida de 80 de las personas que se refugiaban, 48 de ellos menores de edad, de acuerdo con el documento que recopiló el Centro Nacional de Memoria Histórica sobre este cruento suceso.
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Los sobrevivientes, además, sufrieron graves heridas, que en muchos casos los dejó con alguna discapacidad, y se estima que posterior a todo este hecho de absoluta violencia unas 5.771 personas fueron víctimas de desplazamiento forzado, según el mismo informe.
Como ocurría en esa época, al lugar llegaron periodistas para dar cuenta de esa nueva masacre, entre ellos el reconocido reportero gráfico antioqueño Jesús Abad Colorado que inmortalizó la imagen más emblemática de una de las peores matanzas de civiles en Colombia, el Cristo que resultó mutilado tras la explosión, con el que se daba testimonio del dolor que padecieron las víctimas, todas ellas afrodescendientes.
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El Papa Francisco quedó profundamente impactado por ese suceso y cuando visitó a Colombia en septiembre de 2017 presidió un encuentro con las víctimas del conflicto armado en Villavicencio (Meta), donde estaba la icónica figura que se quedó sin extremidades.
“Nos reunimos a los pies del Crucificado de Bojayá, que el 2 de mayo de 2002 presenció y sufrió la masacre de decenas de personas refugiadas en su iglesia. Esta imagen tiene un fuerte valor simbólico y espiritual. Al mirarla contemplamos no sólo lo que ocurrió aquel día, sino también tanto dolor, tanta muerte, tantas vidas rotas, tanta sangre derramada en la Colombia de los últimos decenios”, afirmó Jorge Mario Bergoglio en ese conmovedor encuentro.
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Insistió en que a pesar de ese cruento momento, la figura religiosa conservó su rostro que era un símbolo de cómo Dios aún así seguía acompañándolos, hasta en sus propio dolor y muerte.
“Ver a Cristo así, mutilado y herido, nos interpela. Ya no tiene brazos y su cuerpo ya no está, pero conserva su rostro y con él nos mira y nos ama. Cristo roto y amputado, para nosotros es más Cristo aún, porque nos muestra una vez más que Él vino para sufrir por su pueblo y con su pueblo; y para enseñarnos también que el odio no tiene la última palabra, que el amor es más fuerte que la muerte y la violencia”, expresó.
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A raíz de este encuentro y toda la carga simbólica que significó para Bojayá y para Colombia entera la muerte de todas estas personas, el Papa Francisco elaboró una plegaria para ese icono del cristianismo, con el que adquirió un nuevo significado.
Oración del Papa Francisco ante el Cristo Negro de Bojayá
Oh Cristo negro de Bojayá, que nos recuerdas tu pasión y muerte; junto con tus brazos y pies te han arrancado a tus hijos que buscaron refugio en ti.
Oh Cristo negro de Bojayá, que nos miras con ternura y en tu rostro hay serenidad; palpita también tu corazón para acogernos en tu amor.
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Oh Cristo negro de Bojayá, haz que nos comprometamos a restaurar tu cuerpo.
Que seamos tus pies para salir al encuentro del hermano necesitado; tus brazos para abrazar al que ha perdido su dignidad; tus manos para bendecir y consolar al que llora en soledad.
Haz que seamos testigos de tu amor y de tu infinita misericordia.

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