
Lo que parecía una tarde tranquila caminando por el Parque Simón Bolívar se convirtió en un momento de incertidumbre para el soldado @yancarlo_mbr, quien se encontró con una langosta roja asomando sus antenas desde la orilla del río.
El también cangrejo rojo o Procambarus clarkii llegó al país hace casi 40 años y, desde entonces, ha estado reproduciéndose sin control y desplazándose por cuerpos de agua dulce, hasta llegar a la sabana y tomarse Bogotá.
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Su mera presencia, al igual que con otras especies invasoras, representa un riesgo para el ecosistema y la fauna local, que no solo se ha visto obligada a competir con esta especie por el espacio y el alimento, sino también, quedó expuesta a un hongo peligroso.
“Al no existir enemigos naturales, sus poblaciones suelen aumentar exponencialmente, compitiendo así con las especies nativas por recursos como alimento, agua y espacio. Esto genera en algunos casos una presión tan fuerte que fácilmente pueden llevar a la extinción de los animales y plantas que han estado millones de años en estos ecosistemas”, como el cangrejo sabanero, explicó el investigador líder de la colección de entomología del Instituto Humboldt, Jhon César Neita.
En Colombia, como ha sucedido en el resto del mundo, la langosta roja fue introducida por los seres humanos para su comercialización, a pesar de que puede acumular sustancias tóxicas y enfermar a sus consumidores.
“Según varios artículos científicos, esta langosta es una especie que ha sido introducida en muchos ambientes a nivel mundial, con excepción de Australia y la Antártida. La especie fue introducida para su comercialización, ya que el uso de la cola hace parte de la exquisita gastronomía y su comercialización se da en los diferentes mercados locales, donde son ofrecidas vivas o procesadas”.

Pero, aun así, en la década de los 80 llegó al país y, por un descuido, algunos especímenes lograron escapara y su decadencia fue tomándose los cuerpos de agua dulce colombianos.
“En Colombia su introducción ocurrió en 1985, cuando fue permitida la expedición de un registro sanitario como especie experimental para cultivo con fines comerciales en el Valle del Cauca. Sin embargo, después de presentarse una fuga accidental de individuos, estos se dispersaron por los municipios de Palmira, Jamundí, Cali, Guacarí, Yotoco y Guadalajara de Buga, y en la cuenca del río Cauca”, hasta llegar a Bogotá, donde fue captada en video por Yancarlo.
Con todo y los peligros de su consumo e introducción en ecosistemas latinoamericanos, Yecsika Pachón y Mauricio Valderrama, expertos de la Fundación Humedales encontraron que, “la cola de la langostilla es comercializada en restaurantes de Bogotá. Su comercialización se presenta en las plazas de mercado como Corabastos, Restrepo, las Nieves y específicamente en puestos de venta de productos de vitaminas, fruterías y cevicherías. Se ofrece viva y es exhibida en peceras o acuarios junto con el cangrejo de la sabana”. De ahí que su erradicación siga tomando más tiempo.

Autoridades ya implementaron una estrategia para evitar su reproducción:
La Secretaría de Ambiente de Bogotá ha desarrollado un protocolo de manejo para controlar la expansión de esta especie, que se caracteriza por su agresividad, alta tasa de reproducción y amplia dieta, lo que le permite competir con especies nativas y ser un vector de enfermedades. Para combatir la propagación del cangrejo rojo, la administración de la ciudad está trabajando en un proyecto para transformar a estos crustáceos en croquetas destinadas al consumo de animales, siguiendo estrictas normas de seguridad para proteger la salud pública y los ecosistemas locales.
La Secretaría advierte sobre los riesgos de consumo humano de este animal debido a su capacidad de transmitir enfermedades y acumular sustancias tóxicas. Insta a la ciudadanía a reportar avistamientos de la especie y evitar su consumo. Por otro lado, el Instituto Nacional de Vigilancia de Medicamentos y Alimentos (Invima) ha emitido alertas sobre la venta de cangrejos rojos como producto comestible o afrodisiaco, enfatizando los peligros para la salud que esto representa.
Biólogos y expertos, como Ada Acevedo Alonso, bióloga carcinóloga, resaltan el impacto negativo de los cangrejos rojos en el ecosistema, ya que son depredadores agresivos que consumen una variedad de especies locales. Además, poseen una notable capacidad para desplazarse y adaptarse a diferentes ambientes, lo que aumenta el desafío de su manejo y control.
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