
Marita creció en una familia donde no había opción: sus padres tenían un estudio de abogados prestigioso y ella sabía que, cuando llegara el momento, también estudiaría derecho. Siempre fue una alumna aplicada y no le interesaban las fiestas ni estaba pendiente de los chicos. Su único recreo fuera del colegio eran las vacaciones en Bariloche todos los inviernos.
El año en que conoció a Manuel acababa de cumplir 16. El era un poco más grande que ella y también amaba la montaña; esa temporada había decidido pagarse los gastos trabajando en una escuela de instructores. Los padres de Marita insistieron en que se anotara en un par de clases para perfeccionar la técnica y ella accedió a regañadientes. Esquiaba desde chica y no creía que hiciera falta. Le parecía una pérdida de tiempo.
Pero lo vio venir por la nieve y por primera vez en su vida, el corazón le dio un vuelco: “Era alto, rubio y con la piel dorada por el sol del cerro. Una aparición sobre tablas”, cuenta ahora y se ríe, pero después suspira: “¡Ojalá hubiera sido sólo eso!”. Marita dice que con Manuel sintió una familiaridad de entrada, la certeza de que no hacían falta demasiadas palabras para entenderse. Lo que iban a ser sólo dos lecciones rápidas –y aburridas– se transformaron en otra cosa: apenas un gesto y estaban bajando fuera de pista, ni siquiera tenían que mirarse detrás de las antiparras.
Ese invierno fue distinto. Manuel y Marita sólo se separaban mientras él trabajaba y los días de ski terminaban invariablemente junto al fuego, donde se contaban sus vidas y sus proyectos. Los padres de ella, siempre muy rígidos, estaban encantados con ese chico tan simpático y buenmozo que sin demasiado preámbulo había conquistado a su hija. Cuando volvieron a Buenos Aires ya eran novios, y el resto del año lo pasaron a los besos.
En diciembre Manuel terminó el colegio. A diferencia de Marita, no era el mejor alumno ni mucho menos y no tenía la voluntad de seguir una carrera. Lo intentó, más que nada por presión de Marita y de su familia, pero no hubo caso: dos meses de suplicio en Ingeniería fueron suficientes para que entendiera que su futuro estaba en otra parte. Marita estaba con él la noche en que le anunció a sus padres que su plan era instalarse en el Sur y comenzar un negocio turístico. A Marita le angustiaba la distancia, pero admiraba las agallas de su novio y confiaba en que, aunque era chico, iba a tener éxito en su empresa.
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Así fue como tomaron su primera decisión de pareja: él se mudaría a Bariloche y ella viajaría a visitarlo cada vez que tuviera vacaciones. Manuel también iba a volar seguido a Buenos Aires para ver a su familia y, cuando Marita se recibiera, se casarían. Pero claro, cuando dos años después ella tuvo su diploma de Bachiller, hubo que renovar el contrato y posponer el casamiento: ella no estaba dispuesta a renunciar a la tradición familiar de ser abogada y sus padres menos.
Total que siguieron viajando y encontrándose en el Sur o en Buenos Aires cada vez que podían, mientras ella avanzaba en la facultad y él se hacía cada vez más fuerte como guía de montaña de extranjeros. Marita se graduó con honores y Manuel estuvo ahí para festejar con ella. También la acompañó cuando se puso firme y declinó la posición asegurada que tenía en el estudio para irse a estudiar un posgrado en Londres. Después de todo, esos siete años entre ellos habían sido perfectos, entre otras cosas, porque siempre habían respetado sus espacios y sus tiempos. Ninguno invadía a ninguno, hablaban todos los días, la conexión entre ellos estaba intacta, y eran –como aquel primer día en la pista– grandes compañeros.
Manuel voló a verla todas las veces que pudo y ella hizo lo mismo. A esa altura no tenían dudas de que si habían tolerado la distancia tanto tiempo era porque estaban destinados a estar juntos. Pero cuando ella volvió a Buenos Aires con el título, estuvo claro que no había forma de que comenzara una vida con él en el Sur, recluida en una ciudad sin mayores posibilidades laborales y reducida a esperar que un marido volviera de su trabajo cada noche.
“El negocio de Manuel había crecido y cada vez tenía menos disponibilidad para venir a Buenos Aires; yo tenía que empezar a ejercer mi carrera y la verdad es que me llovían ofertas y muy buenas. Entendí que mi prioridad era esa –dice Marita–. Una mañana me cayó la ficha, no podíamos seguir dando vueltas”. Con mucha tristeza llamó a Manuel y le dijo lo que le pasaba. Para él tampoco era una sorpresa. Los dos sabían que habían demorado la decisión porque se querían demasiado, pero a la vez ninguno estaba dispuesto a sacrificar sus intereses ni ambiciones, que cada vez estaban más lejos. Ni Marita podía mudarse a Bariloche, ni él podía dejar su empresa.
“Ahora es fácil pensar que con Internet y las redes tal vez yo hubiera podido instalarme en el Sur sin renunciar a mi carrera, pero hace quince años eso era imposible. Y aunque yo realmente quería una vida con Manuel, no podía renunciar a mi pasión, que era mi trabajo. Muchas veces me pregunté qué hubiera pasado con nosotros si hubiéramos nacido más tarde”, dice ella. Sin salida, después de ocho años acordaron separarse y ser tajantes: “Decidimos no volver a hablarnos para no hacer las cosas más difíciles. Cortar cuando todavía sentís tanto por el otro es muy doloroso”.
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Fue exactamente así. Marita no supo más de Manuel salvo por algún cuento de amigos en común hasta que, tres años después, sus padres recibieron la participación de su casamiento. Ella sabía que era la forma que él había encontrado para decirle que iba a seguir adelante sin romper el pacto de no hablarse. Y era justo: ellos nunca habían necesitado demasiadas palabras para entenderse. Ni eso, ni el hecho de que ella estuviera de novia hacía tiempo con un compañero de trabajo, impidieron que llorara toda una tarde.
“Es que a nosotros no nos había separado el desgaste ni la falta de amor, sino que empezamos cuando éramos muy jóvenes y las decisiones que tomamos nos fueron llevando por caminos distintos que en aquel momento parecían irreconciliables. Yo nunca había dejado de quererlo ni de preguntarme qué hubiera pasado, y creo que nunca dejé de hacerlo”, cuenta Marita como para justificar aquellas lágrimas.
Para entonces ya tenía una carrera sólida y exitosa como abogada corporativa y al poco tiempo la multinacional en la que era gerenta le ofreció un traslado a España. No lo dudó. Estaba muy segura de que lo que más le importaba era su profesión, así que ni siquiera intentó una relación a distancia con el novio del momento: simplemente hizo las valijas y partió.
Manuel estaba completamente fuera de su radar hasta el verano en que aprovechó unos días después de una conferencia para descansar en un pueblito de las afueras de Barcelona. Necesitaba despejarse y había ido sola a la playa, hacía rato que prefería moverse sola, en general. Era un mediodía caluroso y se había acercado a la orilla para refrescarse cuando escuchó su nombre. No tuvo ni que darse vuelta para reconocer la voz de Manuel. Cuando por fin lo hizo, temblorosa, lo vio acercarse, dorado y sonriente como la primera vez. Se abrazaron en silencio.
“Entonces vi, detrás de su hombro, una sombrilla y dos sillas. Si una era la de Manuel, la otra tenía que ser de su mujer –dice Marita–. Estábamos agarrados de las manos y se nos caían las lágrimas, pero no pude disimular: empecé a buscar con la mirada alrededor a ver dónde estaba la persona que ocupaba la silla vacía. El, que sabía todo antes de que se lo dijera, me interrumpió enseguida: ‘No la busques, subió un rato al hotel a descansar, va a bajar dentro de un rato’”.

Era un encuentro fortuito al otro lado del mundo, en el lugar más inesperado, y aunque se pusieron al día sobre trivialidades, pasaron la mayor parte de esa hora mudos y mirándose, sin soltarse las manos. “Era mucho más lo que nos pasaba desde el cuerpo y las sensaciones que las palabras. Creo que él me preguntó primero qué estaba haciendo ahí. Sé que cuando yo le pregunté lo mismo, hubo un silencio. Después tomó aire y me dijo que eran sus últimas vacaciones con su mujer como pareja. ‘En unos meses vamos a ser tres, vamos a tener un hijo’, me dijo, y yo sentí que se abría un agujero en la arena y me tragaba”, cuenta Marita ahora.
Fue un segundo eterno y ridículo en que se preguntó si había hecho bien en dejar a su gran amor para seguir su vocación. Dice que le bastó con mirarlo otra vez para volver en sí y felicitarlo. “Me puse genuinamente contenta por él, que siempre había deseado una familia”, asegura. No hubo tiempo para mucho más antes de darse cuenta de que en cualquier momento iba a bajar a la playa la mujer de Manuel.
“Otra vez fue entendernos sin palabras: ninguno de los dos quería pasar por un momento incómodo y menos poner incómoda a esa futura mamá que no tenía nada que ver con los que nos pasaba a nosotros. Pero, a la vez, no nos resignábamos a que ese momento de intimidad tan mágico en medio de la nada se terminara. Al final, tomé coraje y le dije que me iba, pero antes le pregunté si tenía sentido que volviéramos a encontrarnos con más tiempo y a solas. Manuel no dio vueltas. Me dijo que la vida nos había regalado ese instante en la playa sin haberlo buscado porque, de alguna manera, los dos habíamos seguido siempre atados. Pero lamentablemente teníamos que decidir de nuevo lo que ya habíamos aprendido muchos años antes: ‘Si nos volvemos a encontrar, no voy a poder dejarte’”.
No hubo un beso ni un abrazo, sino un apretón de las manos que nunca se habían soltado. Marita se alejó caminando por la arena. Mientras se alejaba vio venir en su dirección a una mujer embarazada. Se le notaba la panza y le sonreía a alguien que estaba a sus espaldas. “En su cara de felicidad estaba todo –dice ahora–: mi vida, la de Manuel, y la certeza de que habíamos hecho bien”.
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