
Hubo un momento, en agosto, cuando Dale Sanders, apodado Grey Beard (Barba gris), pensó en retirarse del camino.
En el medio del desierto de 160 kilómetros de Maine empezó a tener una hemorragia interna y palpitaciones cardíacas. No era algo raro ya que la mayoría de las personas que había conocido en el sendero de los Apalaches tenían 50 o 60 años menos que él.
Sanders llamó a su esposa que estaba en Bartlett (Tennessee), pero ella lo instó a seguir. Con el visto bueno de los médicos, lo hizo, y Sanders, con 82 años, se convirtió oficialmente en la persona más anciana en recorrer todo el sendero de 3,524 kilómetros a lo largo de todo un año.
Hizo la mayor parte de la travesía solo, pero en el último kilómetro, que finalizaba en la sede de Appalachian Trail Conservancy en Harpers Ferry (West Virginia), Sanders se unió a amigos, familiares y otros excursionistas, incluyendo a dos perros, con los que se había encontrado en el recorrido.
Al final, él se animó a bailar.
"¡Me siento eufórico! Sigo pensando en que alguien va a salir y va a decir que lo hizo el año pasado y que tenía 83… pero nadie ha dicho nada de eso", comentó.

"Alguien me dijo: '¡No puedes hacerlo! Solo una persona mayor que lo haya hecho antes podrá caminar por los Apalaches'. Eso me desafió", relató a su llegada.
Sanders había completado otras hazañas impresionantes. Hace un par de años, él estuvo remando a lo largo del río Mississippi. Rompió el récord de retención de aire bajo el agua en 1959 y fue atleta de pesca submarina en 1965. Pero nunca había hecho una caminata de más de dos semanas. Para esta hazaña, que comenzó en Georgia en enero de 2017, estuvo en el camino un total de 7 meses.
Por cierto, él es dos años mayor que el sendero de los Apalaches, que oficialmente fue "conectado" en 1937 y permitió que la gente podría caminar en su totalidad desde Georgia hasta Maine.
Una persona primordialmente gregaria, Sanders tuvo períodos de depresión mientras estaba solo en el camino. Fue ayudado por lo que él llama "ángeles del sendero", personas que lo reconocieron al verlo en Internet, que gritaban su apodo Grey Beard, y que caminaron junto a él durante un tramo (la larga barba de Sanders es blanca, pero se nombró a sí mismo de esa forma por un jefe indio Cherokee al que admira).
"El mejor comentario de uno de ellos fue: 'Cuando tenga tu edad quiero ser como tú'. Eso me mantuvo firme", confiesa.
La mayoría de sus compañeros de excursionismo tenían poco más de 20 años. No tenían que llevar un registro de los medicamentos para la presión arterial o los dos tipos de diferentes gotas para los ojos que Sanders necesita para el glaucoma.
"Como somos personas mayores tenemos muchos más desafíos", admite. Las lesiones tardan más tiempo en curarse, incluida su cadera que se dañó tras una caída en el Monte Kisman en New Hampshire y sufrió dolores durante dos meses.
Durante la caminata, él utilizó un rastreador para que la gente en su casa pudiera ubicar su posición en todo momento. Se cayó "unas 100 veces" a lo largo del sendero rocoso y montañoso, pero solo la caída de Kinsman fue lo más grave de la aventura.
"Algunas veces jugué la carta de la edad, lo admito, y funcionó siempre. No hice autostop, señalé a los autos y les contaba mi historia. La gente me decía: 'Entre'", confiesa.
La historia personal de Sanders también cuenta con una carrera de 50 años como administrador del programa de Parques y Recreación. Pasó su infancia en una plantación de tabaco en Kentucky, trabajó como salvavidas y fue un acróbata de circo y vendedor de dulces de algodón.
"Siempre hacía acrobacias. Siempre fue el centro de atención porque era alguien inusual y siempre hacía cosas inusuales", comenta su hermana, Elaine Bush, que vive en Nashville, y que fue uno de los familiares que lo esperaba al final del camino junto a su esposa, una hija, su yerno y dos nietos que también vinieron.
Los pasos de Sanders son como de 75 centímetros, por lo que cree que tomó alrededor de 4,625,256 pasos para culminar la caminata. En la travesía pasó numerosas marcas blancas que indican el camino. Cuando pasó la última, se detuvo, se quitó la gorra y la besó.
Unos metros más tarde, abrazó a su esposa y aceptó un vaso de sidra. Con toda la honestidad de un hombre de 82 años anunció su próximo movimiento.
"Terminé. Estoy cansado. Ya puedo irme a casa", expresó.
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