Ilustración de Mauricio Santos
Ilustración de Mauricio Santos

A pesar de ver continuamente decapitados, envenenados y 'rafagueados', Guillermo Soria asegura que le encanta su trabajo.

Como todos los martes y jueves desde hace 40 años, el doctor Guillermo Soria espera que llegue otro cadáver a la morgue más importante de la Ciudad de México en la colonia Doctores: El Instituto de Ciencias Forenses (INCIFO). Esto no ha sucedido desde hace varias horas y el perito forense luce aburrido.

Cabizbajo por esta razón, el doctor se acerca a una de las cámaras de almacenamiento con cerca de 30 cuerpos refrigerados desde hace una semana, la abre y asegura con evidente decepción: "Hoy no ha sido un buen día y eso es extraño: sólo tenemos a estos, así que habremos de esperar a que llegue algo nuevo".

El hombre tiene 65 años y ha visto de todo. A ello se debe que ya no perciba el penetrante olor a muerte que inunda el lugar, que ya no tenga pesadillas después de ver cómo filetean un corazón frente a sus ojos y que, más bien, asegure que su profesión es una cosa que disfruta casi tanto como escuchar la música de José José, su cantante favorito.

El intérprete de las muertes mudas

Un día normal en el Instituto de Ciencias Forenses (INCIFO) es un trajín necesario para la impartición de justicia en el país. El sitio recibe diario entre cinco y 20 cuerpos cuyos decesos ocurren en circunstancias violentas o sospechosas que luego de ser aclaradas por la ciencia, vuelven al curso legal.

Cada año, cerca de 5 mil de estos casos pasan por las salas de disección del instituto. Aquí llegan los cuerpos de los que amanecen sin vida en las cárceles, o de quienes se lanzan a las vías del metro y llegan irreconocibles. También el de los asesinados a puñaladas dentro de moteles de paso, a los que envenenan misteriosamente; los decapitados, los descuartizados y los rafagueados.

Guillermo Soria es el médico forense más antiguo de este anfiteatro y también uno de los dos únicos facultados para dar los veredictos de esas muertes raras.

Su labor consiste en supervisar las autopsias que, en sólo 15 minutos, hacen frente a él dos técnicos y un practicante; luego lee las señales de muerte que le sugiere cada cadáver y órgano diseccionado, posteriormente asienta en un documento su interpretación personal de las causas del deceso.

Se trata del perito que durante cuatro décadas ha dilucidado algunas de las muertes más misteriosas de la ciudad. Y dice que su trabajo le encanta, porque siente que contribuye a la resolución de casos intrincados que quizá le den un poco de paz a las familias de los fallecidos.

Fotografía de Félix Marquez/Cuartoscuro.com
Fotografía de Félix Marquez/Cuartoscuro.com

Durante sus turnos le ha tocado escuchar infinidad de historias de fantasmas que deambulan por el INCIFO en las madrugadas, así como hacer el dictamen de algunas muertes que se volvieron célebres en la ciudad.

"Hace años me tocó estar en la autopsia de La Parkita y el Espectrito Jr. —un par de luchadores enanos a los que encontraron muertos luego de recibir altas dosis de una sustancia oftálmica, en un motel del Centro Histórico—, así como de Viridiana Alatriste —la hija de la actriz Silvia Pinal que falleció en un aparatoso accidente automovilístico—".

Incluso recuerda que a un colega suyo le tocó hacer en 1997 la autopsia del famoso narcotraficante Amado Carrillo, mejor conocido como El Señor de los Cielos. Ese día a él no le tocó guardia en el instituto.

El arte de morir y la ciencia de la muerte

En el INCIFO no todo es horror presencial. En realidad una de las cosas que distinguen a este lugar de cualquier otro anfiteatro gubernamental del Servicio Médico Forense (SEMEFO) —al cuál pertenece— es su alto grado de especialización, así como toda la investigación que genera.

Luego de dar un paseo completo por las dos zonas principales de autopsias, el área donde se hacen disecciones en cubículos individuales, y el par adicional de congeladores que contienen un centenar de cadáveres —o partes de ellos— en todas las posiciones, colores y estados de descomposición, el hombre llega a un segundo piso en donde por fin cede el hedor. Acá, dice, es donde los tejidos —que así lo ameritan— se someten a estudios de alta precisión.

Mientras avanza lentamente a través de pasillos blancos e interminables. Sobre las puertas que se suceden a los costados van apareciendo los letreros que señalizan las áreas de dactiloscopia, genética y toxicología.

Luego llega hasta un espacio ocupado por decenas de pequeños consultorios exactamente iguales y al fondo emerge el departamento de fotografía forense. El doctor Soria saluda a todos los que se encuentra en el camino y finalmente escoge la silla de un rincón para sentarse.

Al lado tiene una mesa con varias torres de expedientes fotográficos de las autopsias de la semana. Toma uno y empieza a hojearlo con la parsimonia de quien se sienta a leer el periódico en domingos.

"Yo soy legista, pero el trabajo de estos fotógrafos me parece muy interesante. ¡Mira nada más qué colores, qué composiciones tan artísticas! De verdad que no mienten quienes aseguran que el cuerpo humano es una maravilla", dice mientras sostiene la foto de los pulmones azules de un indigente que recibieron esa misma mañana.

El terror de los vivos

Esa memoria visual es la que según el médico les ha permitido documentar la evolución de las muertes en la capital. Hasta hace unos diez años, lo común eran casos de choques espectaculares, quemados por un rayo o infartados en baños de restaurantes y aviones.

Los cadáveres que ahora reciben asemejan un catálogo de todas las expresiones posibles de la crueldad. Abundan los casos de balaceados a quemarropa, a los que tienen que unir como rompecabezas sobre la parrilla de disección, y a los que encuentran en huesos tras años de encierro en alguna cajuela abandonada.

Por eso es que aunque este hombre considera que su vida fuera de la morgue es bastante normal, y que es capaz de encontrar la felicidad en cosas tan mundanas como oír cantar a José José, o viajar cada que puede, o ver crecer a sus dos hijas, su trabajo sí lo entristece de vez en cuando.

Fotografía de Galo Cañas/Cuartoscuro.com
Fotografía de Galo Cañas/Cuartoscuro.com

Con todo y que ya está bastante acostumbrado a este ambiente en el que el formol preserva para la ciencia y para la impartición de justicia, hay días en que la realidad lo supera. Dice que con frecuencia llega a la conclusión de que algo dentro de una persona debe de dejar de ser humano, para atreverse a asesinar.

Y más aún, para hacerlo con la saña de la que por fuerza debe ser testigo cuando le toca jornada en el INCIFO.

Con un sobresalto, el hombre deja al lado el grueso engrapado de fotos y se levanta de la silla. "Por andar en el chisme se me olvidó revisar si ya llegó un nuevo cadáver", bromea. Entonces se abrocha el último botón de la bata, suspira fugazmente y baja de nuevo al inframundo.

Publicado originalmente en VICE.com