Fotos de Bruno Grappa
Fotos de Bruno Grappa

Mitos y promesas en las tierras más altas de Sudamérica. ¿Cómo hacen los Mallkus para afrontar la peor sequía en décadas?

Lleva dos awayos encima: en el más grande sobresalen palas, pico y una azada; en el segundo hay comida: queso recién elaborado, huevo y papas. Debajo de los awayos camina Flora Quispe Mayta, Uma Mallku de la comunidad de Achica Bajo, en el Altiplano boliviano.

Un awayo es un tejido, tipo manta, que habitualmente tiene diseños andinos y es útil para cargar lo que sea: papas, pan, charqui, cuadernos y libros, fardos, bidones, palas picos azadas o hijos. Los awayos aparecen en revistas de geografía y en publicidades turísticas, siempre como un símbolo del altiplano; las papas se han transformado en el cultivo —no cereal— más importante del mundo; la región gana, cada tanto, titulares trágicos en los grandes medios y tiene en su haber varios videos virales. Los objetos andinos son icónicos, reconocibles; no así las comunidades, mucho menos las personas. ¿Quiénes son los Mallku?

Algunos traducen Mallku como "autoridad, líder", aunque en la disposición orgánica Aymara el concepto está lejos de la noción moderna de jerarquía o liderazgo en la que se reproducen lógicas verticalistas. El Mallku es el "responsable". Tal responsabilidad, según la organización social Aymara, se renueva año a año en asambleas en las que participa la comunidad para decidir quien tendrá que encargarse de proteger la tierra, los cultivos, el ganado, la educación, la justicia o Uma: el agua. Los Mallku no mandan a otros, les corresponde hacer a ellos mismos; no ordenan, cumplen por compromiso comunitario el rol al que fueron asignados y que aceptan o rechazan en la asamblea.

Entre sus tareas, cada Uma Mallku debía buscar fuentes de agua para riego, para los animales y para toda la comunidad. Antes, esas fuentes se reducían a cotas que —en términos más gráficos— eran pozos, charcos, hondonadas naturales o hechas a pulso. De esos charcos se abastecían las familias y el ganado; los animales orinaban, defecaban y contaminaban el agua, que de por sí ya era turbia y sucia, provocando diarreas, infecciones y enfermedades gastrointestinales agudas. "Pero no quedaba otra", dice Armando Condorí Pocoaca, responsable del agua; "era lo que había. Pero con las sequías, ni eso. La lluvia no llegaba y tocaba buscar cotas más lejanas, o castigar zorros".

Achica es una de las comunidades de la provincia de Ingavi, una de las regiones más combativas de la historia andina. En Achica la sequía se envalentono y la abuela Noemí cuenta, mientras enciende el fuego, que los Uma Mallku subían al cerro angustiados en búsqueda de zorros: "perseguían zorros, los atrapaban y los golpeaban porque creían que el lamento de los animales tenía la facultad de atraer la lluvia".

La abuela Noemí prepara quínoa en una vasija de arcilla, a fuego de bosta, en su cocinita de piedra y barro. Sopla para animar la brasa y el sonido se funde con el viento de afuera; su voz se confunde con la brisa, adentro. Habla suave, pausado, sin apuro invita el plato cargado y humeante: "este año será duro, sigue sin llover y la última helada le ha hecho daño a la siembra, mire cómo ha quemado las plantas", dice sin alterarse y señala a través de la pequeña ventana. "Sírvase bebida, cebada nuestra".

Cada familia de Achica tiene su parcela para hacer pastar alguna vaca o cabras, para sembrar papas, avena, quínoa y cebada —los principales cultivos—. La tierra es hostil, reacia, pero la conocen bien y saben trabajarla. Es, como dicen los que dicen que saben: economía de subsistencia. Cada domingo caminan o pagan un flete para llevar sus productos a la feria de Viacha, a varios kilómetros del lugar. En la feria venden, se abastecen, hacen trueque y se informan: vuelven a ver a la vecina de Ayo Ayo que trae charqui; compran útiles o ropa para hijos y nietos; escuchan al orador de turno que conquistó un rincón de la plaza donde instaló su parlante para pedir arrepentimiento y prometer perdón o abundancia de bendiciones. En el edificio bordó se reúnen los Mallkus de educación; en la esquina hay un puesto con mojarritas del Titicaca, al lado recargan celulares y venden tarjetas, al lado herramientas, al lado helados: raspaditas, para ser precisos. La feria es vital desde hace siglos y una de las razones más contundentes para explicar la supervivencia en territorios tan vulnerables como desfavorables.

La abuela dice que "puede faltar abrigo o pan por un tiempo y difícil es, pero sin agua no se puede". Gruber es su sombra y su eco: "no se puede", repite el nieto de Noemí y se acomoda junto a ella esperando el plato de quínua y queso. Debe tener seis o siete años; no le pregunto porque me distrae la portada de un librito que saca de su pequeña mochila azulgrana motivo spiderman. El librito es el primero de una serie de cinco que les dan en la escuela para leer y estudiar. Es una obra infantil biográfica del presidente Evo. Gruber dice que se sabe el himno nacional.

Evo se llama Juan también: Juan Evo.

Su segundo nombre no hace alusión a la mujer de la costilla y Juan no es por el bautista. Los Morales Ayma vivían tiempos apocalípticos en Orinoca, Oruro, una de las poblaciones más empobrecidas del altiplano boliviano. Las heladas y las sequías se sucedían destruyendo sus cultivos. Dionisio, padre de familia, decidió buscar fortuna como trabajador golondrina en la zafra del norte argentino. Los vientos que soplaban desde allí traían rumores de bonanza y la leyenda de una pareja que cuidaba a los humildes: el presidente Perón y su mujer Evita. Quizá por eso decidieron migrar. Seguro por eso el nombre para su hijo.

Y Juan Evo creció.

Creció tanto que llegó a ser presidente. El presidente más exitoso —el más auténtico— del populismo latinoamericano, según dicen. Aunque sufrió una derrota electoral en un referendo para prolongar su mandato, el Tribunal Constitucional Plurinacional emitió un fallo a favor de sus intenciones, permitiéndole perpetuarse en el poder como ningún otro en Bolivia; Evo se siente imprescindible.

No se puede decir que sus padres le signaron el destino con el nombre, pero Juan Evo intenta hacerle honor: no sólo por las estatizaciones; no sólo por su política social-paternalista; no solo por la ambigüedad; también en los libritos. Así, en diminutivo: libritos de él, con él, sobre él y sus andanzas: Las aventuras de Evito.

"Los niños deben tener la conciencia que ha tenido el Presidente desde pequeño, porque nuestros hijos nacieron sin carencias", dijo la autora, Alejandra Claros Borda, en la promoción inaugural realizada en el principal recinto de la Embajada de Venezuela. Claros Borda fue modelo, luego jefa de gabinete por seis años y ahora se presenta como escritora. Su libro fue difundido y parcialmente distribuido por el Ministerio de Comunicación. Al final de cada historia hay un mensaje acerca de los programas gubernamentales. No podía ser de otra manera: la impresión corrió a cuenta del erario.

Caso similar al venezolano, donde el Ministerio del Poder Popular para la Comunicación y la Información del Gobierno Bolivariano de Venezuela o emepepeceijebevé —que viene a ser lo mismo—, publicó Hugo Chávez, una biografía que es como un cuento; de 10 capítulos "realizados con un estilo fresco e innovador para que los pequeños conozcan la obra del Gigante", según reza la promoción oficial del libro que el gobierno de Maduro distribuyó en las escuelas junto con una "Constitución Ilustrada" que incluye dibujos de Chávez con una sonrisa paternal, jugando con niños bajo el título de "Suprema Felicidad".

La niebla insiste; un gallo cacarea afónico y el perro torea para avisar que una silueta se acerca; la silueta se corporiza y se convierte en Nestor Patzi, uno de los Uma Mallku que llega con su atuendo típico: el poncho colorado, el chicote y la ch'uspa (morral pequeño tejido para portar hojas de coca). Nestor saluda largo y gentil; es un hombre sencillo, de mirada calma. Espera sonriendo al resto de Uma Mallku. Son las 5:45 am y van a ir a cavar.

"Antes no teníamos otra que tomar agua atajada" dice Nestor para referirse a las cotas, "ahora el agua llega a todas las casas de la comunidad; en todas las casas tenemos baño seco también, y muy bueno es". La cooperación española financió gran parte del proyecto "acceso al agua potable y saneamiento básico en comunidades rurales". Las comunidades perforaron pozos, instalaron cañerías, bombas y levantaron tanques de agua; la agencia capacitó a las comunidades para administración, operación y mantenimiento técnico de la red, además de brindar módulos de cálculo tarifario y educación sanitaria. En cada hogar se construyó un baño ecológico, donde los vecinos tienen la posibilidad de enterrar sus desechos o transformarlos en abono y utilizar la orina como fertilizante. "Los Uma Mallku ahora lecturamos casa por casa la cantidad de metros cúbicos que se consumen, hacemos un inventario y cobramos", sigue Nestor y explica: "con el haber construimos, arreglamos o invertimos en nuevos proyectos". Se muestra agradecido; hace frío, son las 6 am y tienen que ir a cavar, a punta de pico y pala, para arreglar una de las cañerías principales que pierde; y Nestor sonríe agradecido. Challa, comparte y sonríe: es gratitud por el agua. No se lo pregunto, él lo cuenta: "la sequía que aflige nuestra región es la peor en muchos años. El gobierno boliviano ha declarado emergencia nacional por lo grave de la situación. En La Paz, en El Alto y los alrededores falta agua potable. Aquí también duro es, pero nosotros tenemos uma kori (agua valiosa) y podemos compartir. Este año los cultivos no han crecido tanto o los ha quemado la helada, por eso ahora queremos hacer riego e invernaderos".

Mientras Nestor habla, aparece Armando Condorí y Flora Quispe Mayta bajo sus awayos; al rato llega Emiliana Tapia Pinto y se completa el grupo de Uma Mallku de Achica Bajo. De camino a la bomba, hablan Aymara y español a gusto. Tan sólo en la comunidad de Achica Bajo se beneficiaron más de 200 familias con acceso al agua en su hogar: piensan el agua de forma comunitaria, recaudan para mantener en funcionamiento la infraestructura; tanto en el trabajo como en las decisiones, las mujeres tienen el mismo espacio, voz y responsabilidad. Aunque "el hombre, por tradición, va delante al caminar", dice Flora y comienza a hablar de perros salvajes sin más: "no es bueno caminar solo, andan perros salvajes por el campo. Cuentan que cerca de la cantera, atacaron a un abuelo y se lo comieron".

El primero de mayo de 2013, una multitud esperaba ansiosa la aparición del presidente en la característica plaza Murillo de La Paz. Flameaban wiphalas y se alternaban cantos en quichua y español a la espera del discurso por el Día del Trabajador. Cada año, desde que asumió en 2006, Evo aprovecha la ocasión para anunciar la nacionalización de una empresa en alguna de las áreas consideradas estratégicas (tanto para el gobierno como para la oposición): petróleo, minería, cemento, telecomunicaciones, energía. Pero ese día, el presidente plurinacional sorprendió a su auditorio: "No faltan instituciones de la Embajada de Estados Unidos para seguir conspirando contra este proceso, contra el pueblo y en especial contra el gobierno nacional y por eso, aprovechando el 1 de mayo, quiero informarles que hemos decidido expulsar a Usaid de Bolivia".

La organización de ayuda humanitaria norteamericana, que estaba presente en Bolivia desde 1964, se había transformado en la principal institución financiera de programas de desarrollo rural. Evo los consideraba una herramienta de intromisión política y desestabilización: "Al contrario de lo que predican, sus acciones limitan la autonomía de los pueblos. El dinero que bajan, queda en manos de consultores, instituciones y empresas intermedias que terminan acallando cualquier atisbo de análisis o crítica. Seguramente pensarán todavía que aquí se puede manipular políticamente y económicamente a los bolivianos, esos son tiempos pasados", exclamó el presidente y apuntó contra John Kerry —por entonces Secretario de Estado de Obama—, que días antes había calificado a toda América Latina como patio trasero de Estados Unidos.

"Hoy vamos a nacionalizar y profundizar la dignidad del pueblo boliviano", dijo Evo, y la multitud aplaudió con entusiasmo.

Para sectores empresariales y para la oposición la noticia fue un golpe inesperado, un cross rápido a la mandíbula. Tardaron algunas horas para entender qué pasaba, pero cuando lo hicieron arremetieron con dureza y ad hominem desmedidos diciendo que la decisión era la típica reacción ignorante y hormonal de un indio; y que con la expulsión de la agencia más importante de cooperación no lograría sino empeorar la situación de las zonas rurales vulnerables.

Los años y comunidades como Achica demuestran lo contrario.

Llegamos a un punto del campo donde un charco casi imperceptible indica el caño que pierde; no entiendo cómo se enteraron que existía la avería, cómo supieron que estaba allí. En medio de una planicie altiplánica, Flora baja su carga, sirve el awayo y comparte: sus papas, huevos, quesos y refrescos animan la jornada. Los Uma Mallku miran profundo mientras comen; luego empuñan picos, palas y arreglan el desperfecto con pericia. Se oye el agua fluir, y Flora dice "ya está, ahora sí". En el mismo instante, en la casa de la abuela Noemí, Gruber ya despierto, se lava la cara en la palangana y entona la primera estrofa del himno nacional:

Bolivianos el hado propicio / coronó nuestros votos y anhelos

repite mientras desayuna quínoa a cucharadas y mira el libro de las andanzas de Evito. De camino a la escuela sigue cantando:

es ya libre, ya libre este suelo / ya cesó su servil condición.

Al llegar se entera de que faltó la maestra y que tampoco asistirá al día siguiente. No se lo dicen, pero renunció.

Publicado originalmente en VICE.com