
Existe un movimiento que reivindica la autonomía corporal durante el parto.
Las historias de nacimiento constituyen un rito iniciático. En muchas culturas, las madres se enorgullecen de contar su experiencia al dar a luz a sus hijos. Como madre de dos hijos, yo también me identifico con ese sentimiento; me resulta fascinante la capacidad que tienen las madres de recordar hasta el último detalle del momento en que sus hijos llegaron al mundo, por mucho sufrimiento que les costara.
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Sin embargo, muchos nacimientos de la cultura de nuestros días no dan lugar a historias tan alegres, incluso cuando el bebé nace sano. Hay alumbramientos marcados por momentos en los que la madre ve sus derechos menoscabados o incluso violados.
Conozco a mujeres a las que obligaron (a veces mediante el uso de la fuerza) a dar a luz tumbada boca arriba, una práctica que muchos hospitales siguen utilizando pese a que no existen pruebas de su efectividad, prolonga el parto y provoca más nacimientos por cesárea.
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Incluso he hablado con amigas a las que han amenazado con iniciar investigaciones por parte de los servicios sociales por negarse a que les practicaran una cesárea cuando no existía razón alguna para ello.
Yo misma sufrí estos abusos hace siete años, cuando di a luz por primera vez y me obligaron a permanecer tumbada boca arriba mientras me sometían a una serie de dolorosos procedimientos cuya eficacia no ha sido demostrada por ninguna evidencia científica. Uno de esos procedimientos, la episiotomía (un corte practicado en el perineo justo antes del nacimiento), me provocó unos dolores agónicos durante meses, obligándome a volver al médico en dos ocasiones porque me habían cosido mal una incisión innecesaria y para la que yo no había dado mi consentimiento.
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La lucha por preservar nuestra autonomía corporal es una realidad. Y tengo la certeza absoluta de que mi experiencia con el parto es un paseo por el campo en comparación con la de muchas otras madres. Está el caso de Caroline Malatesta, por ejemplo, una madre de Alabama que ganó una ardua batalla jurídica contra la violencia obstétrica en agosto de 2016. El jurado declaró a una enfermera del centro médico Brookwood culpable de haber provocado una lesión nerviosa permanente al obligarla a permanecer tumbada boca arriba mientras daba a luz y mantener la cabeza del bebé en su interior durante seis minutos.
Dos meses antes, Kimberly Turbin, de Los Ángeles, interpuso una demanda contra un médico que le practicó doce cortes en una episiotomía forzada, pese a que ella le pidió por favor que no lo hiciera en repetidas ocasiones. El vídeo en que relata su angustiosa experiencia se hizo viral. Existen otros casos de este tipo de violaciones de los derechos de la mujer durante el parto. Lamentablemente, son pocos los que acaban en los tribunales, y menos aún las mujeres que pueden demostrar las injusticias cometidas contra su integridad.
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Helen Loeffleer, comadrona en el hospital de Baltimore, apunta a varias razones por las que se producen más vulneraciones de los derechos de la mujer durante el parto que en otras formas de atención sanitaria.
"Un factor podría ser esa separación cultural y tecnológica que se hace de la madre y el bebé, tratándolos como dos individuos / pacientes distintos, en lugar de verlos como una unidad; el personal sanitario se centra mucho en el bienestar del feto mediante monitoreo fetal electrónico constante, hasta el punto de que acaban priorizando su estado en detrimento de la autonomía de la madre".
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Sin embargo, no se ha probado la eficacia del monitoreo electrónico constante del feto; sí se ha demostrado, en cambio, que esta práctica da como resultado una cantidad mayor de partos por cesárea que usando el monitoreo intermitente.
Las lesiones graves y de carácter permanente como las que les provocaron a Turbin y Malatesta son muy poco frecuentes, aunque los largos periodos de convalecencia debidos a intervenciones innecesarias son bastante más comunes.
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Resulta preocupante, en cambio, lo extendido que está el trauma emocional que provoca el parto, cuyo origen algunos expertos atribuyen a la falta de atención que se presta a la autonomía corporal de la madre durante el proceso. Según datos de 2000-2012 recogidos por la American Psychiatric Association, entre el 25 y el 34 por ciento de las madres estadounidenses afirman haber sufrido algún trauma al dar a luz. Un tercio de esas mujeres mostraron síntomas que se ajustaban al trastorno de estrés postraumático posparto (TEPTPP).
A finales de 2016, la obstetra y ginecóloga Katherine Morrison abordó con vehemencia los abusos a los que se ven sujetas las mujeres durante el parto en una encendida carta al editor del New York Times que nunca llegó a publicarse y que posteriormente sacó a la luz The Buffalo News como respuesta a un artículo sobre la tasa de mortalidad materna en EUA en el que no se hacía mención alguna al índice de prácticas médicas forzadas e innecesarias durante el parto como posibles causas.
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"Su editorial ha pasado por alto la verdadera razón del intolerable aumento de la mortalidad en las mujeres embarazadas en Estados Unidos: las prácticas obstétricas de este país. Como obstetra y ginecóloga certificada, soy testigo de primera mano de los múltiples protocolos médicos y hospitalarios acientíficos a los que se somete a las mujeres embarazadas".
Morrison continuó enumerando las prácticas peligrosas más comunes, como las inducciones prematuras, el uso del monitoreo fetal electrónico continuo, la privación de comida o bebida durante el parto, el uso de fármacos o procedimientos para acelerarlo o las políticas de parto vaginal después de cesárea (PVDC), con las que se desaconseja o niega a las mujeres ejercer su derecho a tener un parto vaginal.
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"Todo ello pese a la existencia de abundantes pruebas científicas", añade "de que estas prácticas no solo no benefician al bebé, sino que son perjudiciales para sus madres; esta situación ha desembocado en una tasa alarmante de cesáreas y un aumento tanto de la tasa de mortalidad maternal como de accidentes cuasi mortales".
Pese a que últimamente el debate sobre la autonomía corporal durante el embarazo ha vuelto a surgir con fuerza, sobre todo después de hacerse públicos distintos casos de abusos, la maquinaria para garantizarla va a ritmo lento. Un problema que puede perpetuar este ciclo de abusos es el silencio que suelen guardar las mujeres que han sufridos experiencias traumáticas durante el parto.
Emiliano Chavira, especialista en medicina maternofetal que ejerce como obstetra en el Hospital Medical Center de California, señala que ese silencio es fruto del miedo a que se reste importancia a su experiencia traumática. "Uno de los procesos mentales más comunes es el de decir, 'Bueno, da gracias de que al menos el bebé ha nacido sano'", añade. "Existe esa creencia de que lo que sea que te hicieran durante el embarazo era necesario para garantizar tu bienestar y el del bebé, cuando en realidad no es cierto".
Las organizaciones que luchan por mejorar el trato a las madres durante el parto llevan mucho tiempo haciendo presión para que estas hablen abiertamente de su experiencia. Campañas como Break the Silence animaban a las mujeres a denunciar a través de una serie de fotografías el maltrato verbal que tuvieron que soportar durante el parto y allanaron el terreno para la creación de otras iniciativas y expresiones artísticas de denuncia contra los procedimientos coercitivos, forzados o denigrantes utilizados durante el parto y que a menudo dejan en la mujer la huella del trauma. Este tipo de proyectos son de suma importancia para cambiar el discurso sobre los derechos de la mujer durante el parto, una tarea de la que queda mucho por hacer.
Con demasiada frecuencia se acusa de egoístas o incluso irresponsables a las mujeres embarazas que quieren tomar decisiones sobre su cuerpo durante el parto. Todos hemos oído las generalizaciones sobre mujeres que expresan su deseo de tener un parto "natural, perfecto" y ponen en riesgo la vida de su bebé al negarse a seguir los consejos del médico.
El prejuicio es tal que palabras como "natural" o "sin medicación" se han convertido en términos prohibidos. "No confundas las búsquedas en Google con mi título de Medicina", reza un meme que se hizo viral hace unos meses. Se compartió en innumerables ocasiones en grupos de Facebook de madres, sugiriendo que nunca debe cuestionarse la autoridad de un facultativo.
"La era de la medicina paternalista ya ha terminado", asegura en Facebook Bobby Ghaheri, otorrinolaringólogo de Portland especializado en bebes con problemas de labio o lengua leporinos. "Ni padres ni pacientes aceptan con fe ciega (ni deberían) todo lo que les dice el médico. Si no existe una cooperación entre médico y paciente para optimizar la salud de este último, considero que el profesional no está obrando como debería. Como profesionales de la medicina, tenemos que empezar a acostumbrarnos a tragarnos el orgullo y a mostrar más disposición a aprender".
Sin duda, en el sector de la maternidad hacen falta más médicos de este tipo y pacientes con voluntad férrea dispuestas a defender su autonomía corporal. Chavira considera que para que se produzca el cambio es crucial ejercer presión al sistema —médicos y hospitales. Una cosa está cada vez más clara: cuantas más mujeres hablen entre ellas sobre la autonomía corporal durante el parto, mayor será la posibilidad de que se respeten nuestros derechos en la sala de partos y, por extensión, en cualquier otro escenario.
Publicado originalmente en VICE.com
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