
En voz baja, muchos funcionarios de las cancillerías latinoamericanas admiten en Washington su creciente frustración por el retroceso democrático en Venezuela. Sienten sus manos atadas. Los países de la región entienden que agotaron los mecanismos de presión política y no ven viable ningún otro camino. La sensación de urgencia que transmiten las imágenes del éxodo y las penurias que atraviesan cientos de miles de migrantes venezolanos encuentran muestras claras de solidaridad en toda la región, pero chocan con la impotencia a la hora de encontrarle una solución a la raíz del problema: la continuidad del régimen de Nicolás Maduro, que no da señales de retroceder o de buscar una salida negociada. "Es triste pero no podemos hacer mucho más", resumió un diplomático.
No hay un plan B. Las sanciones económicas que impuso Estados Unidos contra jerarcas del régimen de Caracas —y que algunos países replicaron— tienen efecto limitado, aunque avanza el intercambio de datos entre las agencias antilavado. La estrategia sigue siendo personalizar el castigo. No hay consenso todavía para avanzar con una medida más drástica, como un embargo comercial o petrolero. Las consecuencias sociales de una decisión de este tipo, sostienen en las representaciones diplomáticas en esta capital, serían un remedio peor que la enfermedad. Mucho menor es el consenso para algún otro tipo de intervención internacional, algo que sólo reclaman algunas voces aisladas.

La diplomacia norteamericana rescata dos datos a su favor. Estados Unidos ya está ayudando a nueve países de la región a paliar el costo humanitario de la migración masiva de venezolanos, el grueso de los cuales, unos 130.000 por mes, cruzan a Colombia. El otro dato es que los beneficiarios venezolanos de asilo político en suelo norteamericano superaron en 2017 a los beneficiarios chinos. Hubo casi 30.000 peticiones. Aunque es una pregunta recurrente en todos los foros de Washington donde se discute la situación venezolana, el gobierno de Donald Trump no tiene por ahora planes de instrumentar un TPS (Temporary Protected Status) como se hizo ante otras crisis humanitarias para recibir refugiados.
Así y todo, Washington admite que nada parece suficiente. "Se necesita hacer más en relación con la crisis humanitaria", evaluó el lunes Michael Fitzpatrick, subsecretario para el Hemisferio Occidental del Departamento de Estado. El funcionario dejó otras dos definiciones en un diálogo del que participó Infobae. Sostuvo que la crisis humanitaria es "consecuencia de las malas políticas del gobierno" de Venezuela y advirtió que Estados Unidos "no va a ser cómplice del saqueo de Venezuela por parte de sus gobernantes, sólo si rectifican y cambian el rumbo se levantarán las sanciones".

Son muy pocos los puentes tendidos con el gobierno de Maduro. La diplomacia norteamericana opera apenas a nivel legislativo, con un ida y vuelta que hasta ahora no produjo frutos. "No hay negociaciones abiertas con el régimen", confió un diplomático latinoamericano. Maduro se muestra impenetrable y la interpretación más extendida es que sabe que nada bueno le aguarda si accede ceder el poder que maneja con mano firme. De ahí la frustración de las cancillerías regionales. Sin diálogo son nulos los resquicios para proponer un cambio en Venezuela. Sólo resta mantener la presión sobre Caracas, desde instancias como la OEA y el Grupo de Lima, y esperar un desenlace positivo. Parece insuficiente.
Un gran interrogante es el día después. También en ese terreno la preparación es poca y las fuentes admiten que los contactos que hay son apenas "preliminares". Si de un día a otro cae el régimen de Maduro, lo que va a primar muy probablemente es la improvisación. El ministro de Hacienda de Colombia, Mauricio Cárdenas, levantó días atrás el velo sobre un plan en etapa embrionaria en el que trabaja junto con sus pares de la región, incluido el secretario del Tesoro Steven Mnuchin.
El cálculo es que Venezuela va a necesitar unos 60.000 millones de dólares para estabilizar su economía una vez que se produzca un cambio de gobierno o Maduro gire drásticamente en dirección democrática. Es sólo un número. Los preparativos no van más allá de eso porque, en definitiva, la crisis económica y social en Venezuela desciende por un espiral sin fondo a la vista.
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