
Una extensa épica española de tres vertientes interpreta el pasado para encontrar sentido en el presente, pero no termina de encontrar su final.
Hay mucho que admirar en La bola negra, un íntimo drama español con un épico alcance histórico y aspiraciones aún más majestuosas.
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Dirigida por Javier Calvo y Javier Ambrossi a partir de un guion que escribieron con Alberto Conejero, la cinta toca casi todos los aspectos de la vida: el amor, el deseo, la vergüenza, el conflicto familiar y el anhelo de hacer algo con tu futuro. Y casi todo el tiempo --dura un poco más de dos horas y media-- te envuelve en sus misterios y su magia.
La película navega por tres líneas temporales y se inspira en dos obras de teatro: la reciente La piedra oscura de Conejero y la mucho más antigua e inconclusa La bola negra de Federico García Lorca, de la cual solo se conservan fragmentos. La primera línea temporal, que comienza en Granada en 1932, trata sobre Carlos (el debutante Milo Quifes), quien ha solicitado afiliarse a un exclusivo club privado. Pero a través de un intenso sistema de votación en el que grandes bolas blancas parecidas a canicas indican un voto afirmativo y bolas negras representan uno negativo, se entera de que ha sido rechazado. El motivo se susurra, pero de todas formas resuena: se presume que es gay, y eso es suficiente para impedirle la entrada.
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En la trama de 1937, ambientada durante la guerra civil española, Sebastián (Guitarricadelafuente) es un trompetista que se une a los nacionalistas fascistas a favor de Franco para evitar que lo maten después de que su pueblo es bombardeado por las fuerzas de Mussolini. Con el tiempo, lo ponen a cargo de custodiar a un prisionero republicano herido llamado Rafael (Miguel Bernardeau), un exfutbolista increíblemente hermoso. Rafael guarda un secreto. Sebastián lo desea, casi sin saber por qué.
Avanzamos a 2017 en Madrid, donde Alberto (Carlos González), estudiante de historia y dramaturgo ocasional, descubre, para su asombro, que su desconocido abuelo materno le dejó una misteriosa herencia que debe recoger en persona. Animado por su pareja (Julio Torres), pero bajo la prohibición de su combativa madre (Lola Dueñas), se dirige con cierta incertidumbre al campo, solo para descubrir que los secretos que dejó su abuelo son más personales de lo que podría haber imaginado.
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Buena parte de la película transcurre entrelazando una línea temporal con otra, y cada una --al principio de manera extraña, luego de forma comprensible-- funciona en un registro ligeramente distinto. La línea temporal de 1932 resulta onírica, casi como un cuento de hadas; el segmento de 1937 es al principio tragicómico y luego simplemente desgarrador; el tercero es realista y sobria. Además del elenco principal, Penélope Cruz y Glenn Close hacen apariciones cortas, pero importantes. Calvo y Ambrossi (quienes trabajan juntos bajo el seudónimo de Los Javis) varían el ritmo de la narración, las señales musicales e incluso los colores de las imágenes para mantenernos orientados, y funciona. Toma un tiempo descifrar por qué y cómo encajan estas historias, pero una vez que lo hacen, la estructura resulta ingeniosamente satisfactoria.
Este es el relato de hombres enamorados, o de hombres que desean estar enamorados, o de hombres que no pueden estar enamorados. La clave de su atractivo visual son esos hombres: Guitarricadelafuente es particularmente bueno, con unos ojos gigantes que alternativamente transmiten asombro, miedo y deseo, un joven que ha sido sacudido por la vida y busca desesperadamente un ancla. Sin embargo, fue González quien más me cautivó, tal vez porque su propia historia no trata sobre un deseo trágico, sino sobre el profundo anhelo que puede hacerte buscar raíces sólidas. Su actuación tiene un magnetismo que hace que las inverosímiles circunstancias de la historia se sientan reales y vivas.
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La historia de 1937 proporciona el eje alrededor del cual gira el resto de la película, y su ubicación en una época de feroz conflicto entre el fascismo y los revolucionarios no es casualidad. La mayoría de estos personajes intentan, de una forma u otra, vivir siendo ellos mismos en un mundo que exige conformidad y rechaza todo lo demás. (Después de todo, la práctica de votación a la que alude el título es el origen de la frase "dar bola negra").
Sin embargo, en su conjunto, la película trata realmente de otra cosa: lo que se deja sin decir, y no solo sobre la sexualidad. España, como muchos países después de la caída de sus regímenes brutales y fascistas, optó por adoptar una política de silencio. El Pacto del Olvido fue un acuerdo, tanto social como legal, de no hablar de las crueldades perpetradas durante el régimen del dictador Francisco Franco después de su muerte en 1975. Entre ellas está la muerte de Lorca, quien fue ejecutado por las fuerzas nacionalistas al comienzo de la guerra. Sus restos no han sido encontrados.
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En décadas recientes, las generaciones más jóvenes se han enfrentado a este silencio, con una ley de 2007 que ordenaba la retirada de los monumentos locales a Franco y la cooperación del Estado para ayudar a los familiares de los muertos durante la guerra o por el régimen a exhumar a sus seres queridos. Calvo, Ambrossi y Conejero pertenecen a esa generación más joven, y esta película es claramente parte del esfuerzo por decir lo que no siempre se ha dicho, y también por insuflar nueva vida al legado de Lorca.
Todo esto es admirable. Donde la película flaquea es en su tercer acto, innecesariamente sobrecargado, en el que la contención previa da paso a gestos melodramáticos. No es que este tramo pierda sentido; es solo que empieza a resultar pesado, repite sus momentos emotivos, con pasajes imaginativos que aparecen en una vertiente de la historia y se sienten desconectados del resto. Y hay un elemento narrativo final que --sin revelar nada-- resulta extrañamente pulcro para una historia tan extensa. Curiosamente, La bola negra podría haberse beneficiado de una mayor sensación de libertad vigorizante.
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La Bola NegraClasificación R por escenas sexuales, violencia y algunas peleas a gritos con lenguaje profano. En español, inglés e italiano, con subtítulos. Duración: 2 horas y 35 minutos. En cines.
Alissa Wilkinson es crítica de cine del Times. Escribe sobre películas desde 2005.
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