Chimamanda Ngozi Adichie enfrenta su historia más dolorosa: la muerte de su hijo y alejarse de Nigeria

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FILE — Chimamanda Ngozi Adichie in Maryland, Feb. 21, 2025. Adichie has moved countless readers with her novels about Nigerians at home and abroad. After the death in Lagos of her toddler son, her homeland no longer feels as much like home. (Schaun Champion/The New York Times)
FILE — Chimamanda Ngozi Adichie in Maryland, Feb. 21, 2025. Adichie has moved countless readers with her novels about Nigerians at home and abroad. After the death in Lagos of her toddler son, her homeland no longer feels as much like home. (Schaun Champion/The New York Times)
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La autora ha conmovido a incontables lectores con sus novelas sobre nigerianos dentro y fuera de su país. Tras la muerte de su hijo pequeño en Lagos, su tierra natal ya no se siente tanto como su hogar.

La escritora Chimamanda Ngozi Adichie y su esposo estaban pasando las fiestas en su casa de Lagos, Nigeria, el pasado diciembre cuando uno de sus hijos gemelos contrajo lo que parecía ser un resfriado. El niño, Nkanu, tenía 21 meses --"precioso" y "un bebé muy gracioso", en palabras de su padre, Ivara Esege--. Todavía estaba juguetón, pero cuando empezó a tener fiebre, Esege, que es médico, comenzó a darle antibióticos.

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Para el Día de Año Nuevo, Nkanu no había mejorado, así que la pareja lo llevó a un hospital infantil de la ciudad. Preocupado de que pudiera tener la enfermedad de Kawasaki atípica, una afección infantil que puede provocar ataques cardíacos y accidentes cerebrovasculares, Esege también se comunicó con el Hospital Johns Hopkins, cerca de la casa de la pareja en Estados Unidos, en los suburbios de Maryland. Johns Hopkins aceptó recibir a Nkanu como paciente, pero los médicos pidieron que le hicieran pruebas adicionales para asegurarse de que podía viajar sin peligro. Adichie y Esege llevaron a Nkanu a Euracare, otro hospital de Lagos, para que le hicieran los estudios.

El niño fue sedado con propofol, un anestésico de uso común, para que permaneciera inmóvil durante una resonancia magnética de su cerebro. Adichie estaba esperando afuera cuando un médico pasó a toda velocidad junto a ella y entró en la sala de cateterismo. Fue alarmante: ¿por qué corría hacia la sala donde le estaban haciendo el estudio a Nkanu? Esperó presa del "pánico absoluto", dijo, hasta que el médico regresó. "Estaba muy tranquilo y me dijo: 'Bueno, mira, le dieron demasiado propofol'", recordó Adichie. "Esas fueron sus palabras exactas, que no olvidaré hasta el día de mi muerte".

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Nkanu había sufrido un paro cardíaco. En menos de 24 horas --no está claro exactamente cuándo--, había muerto.

Adichie y Esege me contaron esta historia en julio, en su casa en Maryland. En la mesa, había una bandeja con bocadillos saludables: varios tazones de cerezas frescas y otro con semillas y frutos secos. Adichie, de 48 años, estaba vestida con un vestido sencillo y holgado, con el cabello recogido en dos trenzas simples. Esege, alto y con el cabello afro rizado y entrecano, llevaba una camiseta amarilla y pantalones deportivos cortos. Tiene 57 años y, al igual que su esposa, es oriundo de Nigeria.

Entre la pareja había una coordinación natural, pero también un cansancio palpable. Mientras me conducían al comedor, donde conversamos durante varias horas, se movían despacio, como si el duelo fuera una especie de artritis, un dolor que se lleva en los huesos. La casa estaba más que silenciosa. Su hija, de 10 años, estaba en un campamento de día, y el menor de los gemelos dormía en el piso de arriba. (La pareja pidió a The New York Times que no utilizara los nombres de sus hijos para proteger su privacidad).

Adichie y Esege todavía intentan comprender cómo pudo morir su hijo de manera tan repentina e inexplicable. Han instado a un tribunal forense a realizar una investigación --y el tribunal lo está haciendo-- con la esperanza de poder ayudar a otros nigerianos que han sufrido daños a causa de los problemas del sistema de salud del país, pero que carecen de los recursos y la influencia necesarios para impulsar cambios. Destacan que no están demandando al hospital ni a los médicos y que solo quieren un mejor sistema de salud.

"Eso es lo único que podemos hacer para ayudar", me dijo Esege. "Ojalá nadie más tenga que pasar por esto".

El dolor por la muerte de Nkanu ha complicado la relación de Adichie con Nigeria. El país, con su mezcla de resiliencia, vitalidad, corrupción y desesperación económica, es un entorno vívido en su obra, que ejerce una fuerte atracción magnética sobre los personajes que se marchan.

En su novela más conocida, Americanah, el personaje principal, Ifemelu, es una joven mujer nigeriana que, al igual que la autora, llega a Estados Unidos para estudiar y vivir, pero termina experimentando un agotamiento y una alienación que siente como "cemento en el alma". Nigeria, escribe Adichie, era "donde se suponía que ella debía estar, el único lugar en el que podía echar raíces sin el impulso constante de arrancarlas y sacudirse la tierra".

Ahora Adichie se siente desarraigada. "Mis sentimientos hacia Nigeria han cambiado", dijo. La muerte de su hijo fue la primera pérdida irrevocable; su país natal, la segunda.

El sistema de salud en Nigeria sufre de un apoyo gubernamental relativamente bajo, infraestructura limitada y un éxodo de trabajadores cualificados. Según una estimación reciente del Banco Mundial, Nigeria tiene 0,4 médicos por cada 1000 habitantes (en Estados Unidos, la cifra es de 3,7).

Pero Adichie dijo que confiaba en Euracare, que, según le habían dicho, funcionaba de acuerdo con estándares internacionales. "Lo presentaban como uno de los mejores hospitales de Lagos", explicó.

Dio la casualidad de que conocía al médico que había hablado con ella afuera de la sala de cateterismo. Se llamaba Tosin Majekodunmi y Adichie lo había conocido cuando acompañaba a sus padres a sus chequeos anuales en Euracare.

"A mi padre le caía muy bien", dijo Adichie. "Llegué a considerarlo un amigo. Cuando mi padre murió, fue muy amable y me llamó".

Según Adichie, Majekodunmi le dijo que los médicos habían salvado a Nkanu y que ahora estaba estable: "Me dijo: 'Pero ahora todo está bien porque logramos recuperarlo'. Y yo me sentí… me sentí muy confundida".

Sacudió la cabeza y habló más despacio, con la voz entrecortada por las lágrimas. "Confiaba en él", dijo.

Majekodunmi no respondió a las solicitudes de entrevista del Times.

La noche en que Nkanu enfermó, Adichie regresó a casa para reunir los documentos y hacer los pagos necesarios para trasladarlo de vuelta a Estados Unidos a la mañana siguiente en una ambulancia aérea. Ella se fue y Esege se quedó en el hospital.

Esege, que se jubiló de su trabajo como médico de familia en Baltimore cuando nacieron los gemelos, seguía en el hospital cuando revisó el informe que el personal había preparado para la empresa de ambulancias aéreas. Quedó consternado al ver que decía que las pupilas de Nkanu estaban fijas y dilatadas. Y en la escala de coma de Blantyre, los médicos habían asignado a su hijo un cero en una escala de uno a cinco, lo que significaba que no había mostrado movimiento ocular ni respondía al dolor.

A Esege se le quebró la voz al contarme cómo reaccionó: "Nadie me dijo nada de esto. Es decir, esto básicamente significa que Nkanu ya no está".

Aún no estaba muerto, pero carecía de cualquier función cerebral significativa. Esege dijo que, basándose en el informe, creía que Majekodunmi sabía que ya no era posible salvar a Nkanu después del primer paro cardíaco, pero que no quiso decírselo a Adichie debido a la cercanía que tenía con ella y su familia.

Esege dijo que el médico le había pedido que no llamara a Adichie hasta que el hospital pudiera hacerle una tomografía computarizada, pero él respondió que no podía ocultarle esa información. Le envió un mensaje de texto a su esposa y le pidió que regresara, y ella volvió alrededor de la medianoche. En las horas siguientes, el corazón de Nkanu se detuvo al menos otras dos veces.

"Así que básicamente estuvieron reanimando a este pobre niño durante más de cuatro horas, hasta las 8 de la mañana, cuando decidieron declararlo muerto", dijo Esege. "Nkanu, nuestro hijo, había muerto".

Parecía que Esege no había compartido con su esposa su teoría sobre el momento en que había muerto Nkanu. Adichie lo miró incrédula y preguntó: "Entonces, perdón. ¿En realidad no sabemos cuándo murió nuestro hijo?".

Hizo una pausa y luego repitió, aún incrédula: "No sabemos cuándo murió".

Volviéndose hacia mí, Adichie dijo: "En realidad, es la primera vez que escucho esto. Parte de esto". Luego se refirió a Esege por su apodo. "No sabía de la conversación de IV con el médico cuando volví a casa para intentar hacer los pagos de la ambulancia. Creo que IV trató de protegerme".

Cerca de nosotros, en el comedor, la silla alta de Nkanu seguía junto a la mesa, al lado de la de su hermano. Su ropa seguía doblada en su habitación, en el piso de arriba. Adichie mencionó que ahora tenía que comprar ropa para un solo niño, no para dos, pero que aún conservaba la costumbre de añadir dos unidades de cada prenda --camiseta, pantalones cortos, suéter-- al carrito de compras en línea.

De vez en cuando, a lo largo de nuestra conversación, sacaba el teléfono y me mostraba videos de Nkanu. Por breves momentos, se escuchaban ecos de su risa. En la pantalla del teléfono de su madre, Nkanu cantaba y bailaba, jugaba con sus joyas y se subía a la espalda de Esege mientras este fingía ser un caballo y lo llevaba al galope por campos imaginarios.

Poco después de la muerte de Nkanu, Adichie y Esege presentaron una denuncia ante el Consejo Médico y Dental de Nigeria --una entidad distinta de la que lleva a cabo la investigación forense-- y en febrero el consejo anunció una conclusión preliminar de negligencia por parte de tres médicos: Majekodunmi; Titus Ogundare, el anestesiólogo que sedó a Nkanu; y un médico del Hospital Pediátrico Atlantis, donde Nkanu recibió atención inicialmente. Los tres fueron suspendidos a la espera de una audiencia formal; desde entonces, el médico de Atlantis fue exonerado.

Ogundare no respondió a las solicitudes de comentarios.

La propia investigación forense se ha convertido en una batalla, y Adichie acusa a Euracare de estar jugando un "juego monstruoso y cínico" al provocar demoras innecesarias. (La investigación se ha aplazado hasta el otoño). Cuando Esege participó a distancia en una audiencia de la investigación en junio, Euracare sorprendió a la pareja al acusarlos de un delito: destruir pruebas al haber hecho cremar a su hijo. Según medios locales, el abogado del hospital, Taiwo Osipitan, dijo: "Lo que hicieron se castiga con 15 años de prisión. La cuestión es si alguien que ha cometido un acto contrario a la ley puede impulsar una investigación forense".

Sylvester Shih, el director de operaciones de Euracare, no respondió a una solicitud de comentarios.

"Me siento tan mal por IV", dijo Adichie. "Está en Zoom. Lo está escuchando todo. Está escuchando a alguien decir que destruyó evidencias, y cuando hablan de las evidencias, se refieren a nuestro hijo".

Incluso antes de la muerte de Nkanu, Adichie y Esege estaban adaptándose a la pérdida de los padres de ella y del hermano de Esege en los últimos años. Recordó una conversación que tuvo con su esposo el 7 de enero, el día después de que Nkanu muriera.

"Solo recuerdo haber mirado a IV y haberle dicho: '¿Tenemos que hacer otro funeral?'. IV dijo: 'No puedo'. Y IV dijo: 'Lo cremaremos. Nos lo llevaremos con nosotros porque no podemos dejarlo atrás'".

Junto con sus cuatro novelas Adichie ha dado populares charlas TED y ha publicado relatos, ensayos, literatura infantil y, tras la muerte de su padre en 2020, un libro llamado Sobre el duelo.

"Cuando murió mi padre, me impactó la dimensión física del duelo. Y esta vez, aún más", me dijo. "Lo siento. Está en mi estómago y está en mi pecho, y todos los días estás agotada. Todo es difícil. Todo. Y luego tienes que fingir. Tienes que fingir porque tienes hijos y estás aterrada por cómo lo están sobrellevando. A veces mi hijo no quiere que lo abrace porque lloro demasiado. Tiene 2 años. Así que de verdad lo intento. Siento que me es imposible vivir plenamente mi duelo por el hecho de ser madre".

En ese momento, el pequeño se despertó llorando a gritos y Esege subió a buscarlo.

Más tarde, entró corriendo a la habitación, con el suéter de su hermana sobre los hombros como la capa de un superhéroe. Se acurrucó en el regazo de su madre hasta que vio que su padre tenía un balón de fútbol y salió disparado tras él. Era la semana de las semifinales de la Copa Mundial y a la familia los partidos le resultaban una distracción entretenida.

Luego se abrió la puerta principal y la hija de la pareja entró dando saltos. Alta como su padre, iba vestida toda de rosa, su color favorito. Le susurró algo a su madre y Adichie sonrió. El lunes es día de hamburguesas y su hija quería asegurarse de que, aunque había comido una hamburguesa durante el fin de semana, podría comer su comida estadounidense favorita porque todavía era lunes.

Cuando hablamos, Adichie llevaba seis meses sin regresar al país donde nació, el lugar al que ha dado vida en novelas queridas por millones de lectores. Había mencionado que ella y Esege planeaban regresar pronto, y le pregunté si pensaban llevar consigo a su hijo y a su hija. Le han enseñado a sus hijos a amar a Nigeria incluso mientras aprenden sobre sus desafíos estructurales y políticos.

Adichie hizo una mueca y dijo: "Ellos son la razón por la que vamos".

"En realidad, hemos tenido dos hogares desde siempre", continuó. "Estábamos en Nigeria todas las Navidades, todas las Pascuas, todos los veranos. "Hace poco, nuestra hija me dijo: 'Mamá, Nigeria es mi lugar feliz'. Ella es la que quiere ir".

Le pregunté qué entendía su hijo pequeño sobre todo lo que había pasado. Sacudió la cabeza y dijo: "Él siempre dice que su hermano está en Lagos".

Adichie dijo que siempre había amado a Nigeria y que se sentía agradecida de tener un hogar allí y otro en Maryland. Llegó a Estados Unidos a los 19 años para estudiar en la Universidad Drexel, en Filadelfia, y luego obtuvo maestrías en Johns Hopkins y Yale.

"Creo que Estados Unidos hizo posible que yo escribiera, que es la vocación de mi vida", dijo. "Pero Nigeria me dio todo lo que necesitaba para poder escribir. Y me siento agradecida por eso".

¿Pero sigue siendo Nigeria el lugar donde se supone que debe estar?

Se secó las lágrimas del rostro y continuó: "Quiero decir, todo esto es tan surrealista. Todavía no puedo creer que estemos hablando de mi hijo, que murió. Estás pasando por algo, pero al mismo tiempo sientes como si estuvieras fuera de ello".

Después de un momento, dijo en voz baja: "No quiero volver a Nigeria".

Veronica Chambers es la editora de Proyectos Narrativos, un equipo dedicado a poner en marcha series y paquetes multimedia en el Times.

Deborah Segun (n. 1994) es una artista multidisciplinaria de Lagos, Nigeria, radicada en Londres.

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