
Alan Greenspan, quien durante casi dos décadas como presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos impulsó un largo periodo de prosperidad, superó varias crisis y fue una figura poderosa y controversial a la hora de confeccionar políticas favorables al mercado, murió el lunes en su casa de Washington. Tenía 100 años.
La causa fue una complicación de la enfermedad de Parkinson, dijo su esposa, Andrea Mitchell, corresponsal jefa en Washington y corresponsal jefa de asuntos exteriores de NBC News.
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Greenspan, el legislador más destacado de su época y posiblemente el economista más reconocido de todos los tiempos, dirigió el banco central estadounidense durante cuatro presidentes de ambos partidos entre 1987 y 2006.
Gran parte de su mandato coincidió con una racha de prosperidad en la que se erigió como la encarnación de una corriente triunfante del capitalismo estadounidense de la pos Guerra Fría: optimista, fiel en el poder de los mercados para mejorar el nivel de vida, cautivado por el poder de la tecnología y reacio a la regulación.
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Pero el sello ideológico que Greenspan impuso a la formulación de políticas acabó por asociarse también a las consecuencias destructivas de las fuerzas que surgieron bajo su mandato, entre ellas la desregulación a Wall Street y a los bancos, la pérdida de puestos de trabajo estadounidenses a causa del libre comercio y las persistentes preocupaciones sobre las burbujas en los precios de las acciones y la vivienda.
Aunque Greenspan gestionó con destreza los tipos de interés para mantener la economía en marcha, se mostró receloso al momento de enfrentar un peligro que conocía bien: que el entorno de baja inflación y política monetaria expansiva que él mismo había ayudado a crear ponía en riesgo a Estados Unidos al impulsar auges de inversión insostenibles. Y siguió mostrándose reacio a actuar mientras los bancos y las empresas de inversión adoptaban nuevas y complejas técnicas de negociación que acabarían causando un enorme daño.
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En la Reserva Federal, conocida en inglés como la Fed, tuvo un éxito notable en lo que él consideraba la principal labor de un responsable de banco central: mantener controlada la inflación. También ayudó a Estados Unidos a enfrentar crisis periódicas, como la caída de la bolsa apenas unas semanas después de asumir el cargo, el colapso casi total de los mercados financieros asiáticos una década más tarde y las secuelas de los atentados terroristas del 11 de septiembre.
Solo después de que renunció a principios de 2006 --y sobre todo tras la crisis de Wall Street en 2008, el colapso casi total del mercado hipotecario y la profunda recesión posterior-- su legado y su filosofía se vieron cuestionados de forma concertada.
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Para entonces, un grupo de críticos lo culpaba de no haber evitado la burbuja inmobiliaria subiendo los tipos de interés. Otro lo acusaba de promover un fundamentalismo de libre mercado corrosivo que dejó que el sistema financiero funcionara sin control mientras adoptaba medidas cada vez más arriesgadas.
Tras haber supervisado un periodo de enorme creación de riqueza, a menudo se le presentaba como uno de los responsables de la crisis de 2008 y de las sacudidas económicas y políticas que le siguieron.
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Este obituario se actualizará pronto. Mientras tanto, se puede leer completo en inglés aquí.
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