
Mi optimista y romántico esposo nunca se hubiera imaginado lo que nos iba a pasar.
Cuando estábamos recién casados, mi esposo sugirió que fundáramos el Club del millón de besos. Me encantó la idea, pero tenía mis dudas.
No había sido miembro de ningún club desde que huí de las Brownies a los 8 años, ya que no tenía interés en escalar al siguiente nivel de las Girl Scouts, con sus bandas paramilitares y camaradería forzada. Resultó que no era muy de unirme a grupos.
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"¿Un club?", pregunté. "¿Para besarse?".
"Sí, para un millón de besos. Tú y yo". Era bastante irresistible cuando me lo sugirió.
"¿Un millón?", lo miré. "¿Has hecho los cálculos? No nos va a alacanzar la vida".
Estábamos en la cama en una de esas mañanas de domingo amodorradas y despreocupadas; una tranquilidad que parece estar reservada para los más jóvenes o los recién enamorados y que a menudo es difícil de revivir en años posteriores cuando la vida se vuelve tan ajetreada.
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"Entonces", me preguntó, "¿cuántas veces crees que ya nos hayamos besado?".
A mi esposo no le interesaba acumular trofeos, como a muchos hombres de nuestra edad que les encanta presumir. Él no era el tipo de hombre que llevaba la cuenta de sus parejas o una libretita negra donde calificaba sus hazañas sexuales.
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No, él hablaba de besos y de besos de todo tipo. Un beso en los labios, un piquito en la mejilla. Un beso al aire, un beso francés, un beso suave en una frente febril. Un beso de despedida, lleno de añoranza, en la puerta de embarque y un beso en la zona de llegadas de "por fin regresaste", que te hace flotar en el aire.
Y, por supuesto, también se refería a los besos que se recuerdan para siempre. Sí, mi esposo también se refería a esos besos intensos y embriagantes, esos que te matan de deseo, esos besos que te doblan la espalda y no terminan nunca, retratados en las películas noir europeas y en las historias de amor más apasionadas.
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"¿Y si hacemos las cuentas?", le dije, como buena aguafiestas.
"¿Hacer las cuentas?", me miró levantando las cejas.
"Las cuentas", dije. "El continuo tiempo y espacio, llámalo como quieras. ¿Un millón? Son muchísimos besos".
"Digamos que nos besamos, no sé, 20 veces al día; eso se suma bastante rápido". Sus ojos estaban llenos de esperanza.
Suspiré, busqué una calculadora y metí algunos números. "Menos mal que estás bien guapo", le dije mientras le mostraba el total. "Si nos besamos 20 veces al día, nos tomará 109,6 años llegar al millón".
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"Está bien", dijo, sin desanimarse. "¿Qué tal 50 besos al día?"
Tecleé los números. "Mejor", dije. "Eso son solo 54,8 años".
"¿Y 100 besos al día?"
Hice el cálculo. "Se reduce a 27,4 años".
"¡Entonces, no hay problema!", dijo. "Tenemos unas cuantas buenas décadas por delante".
Mi esposo era de Dinamarca, uno de esos países con campos salpicados de amapolas, una sólida red de seguridad social y un índice de felicidad altísimo. Su alegre crianza y dócil temperamento estaban a un mundo de distancia de mi sombría tierra natal, el norte de Nueva Jersey. Yo era más bien una persona independiente, de esas que sobrepiensan todo, criada con la idea de que tendría que abrirme camino por mi cuenta lo mejor que pudiera y de que la vida sería más amarga que dulce.
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Cuando nos conocimos, él lanzó una campaña para adoctrinarme con su optimismo: nuestra tostadora no estaba rota, solo era caprichosa. ¿Las interminables lluvias torrenciales? Un afortunado comienzo de una primavera vibrante. ¿Llegar a un nuevo país casi sin un centavo? Una excelente aventura.
Deseaba creer en el mundo al que él intentaba reclutarme, pero dado mi propio temperamento y educación, no me compraba la idea tan fácilmente. Su positividad parecía desinfectada, como si fuera ingenuo ante el arduo trabajo de ser una persona. Así que yo, al mismo tiempo, intenté arrastrarlo a mi cautela: ¿Nuestra tostadora malhumorada? Un incendio eléctrico en potencia. ¿Ese aguacero? Un sótano empapado que limpiar. Y siempre, el hacha de la mala suerte a punto de caer en cualquier momento partiendo nuestra felicidad.
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El optimista conoce al pesimista. Se enamoran y, aunque aprecian las diferencias que los atrajeron, siempre intentan pasar al otro de su bando.
Entonces, él propuso la idea del Club del millón de besos.
Tan seductor. Una fantasía tan encantadora. Finalmente me rendí a su corazón romántico. A pesar de dudar al principio, se fundó el primer capítulo del Club del millón de besos, una sociedad exclusiva solo para nosotros dos. Nos refugiamos en nuestra burbuja, arrullados por el tiempo y la amplitud que nos brindaba la juventud.
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Pero nunca llegamos al millón de besos. Ni siquiera nos acercamos.
No nada más porque 100 besos diarios sean una cantidad estratosférica que te reseca los labios, sino porque se nos acabó el tiempo.
El cáncer se abalanzó sobre él como una mano salida de la tumba en una película de terror, lo agarró con fuerza y no lo soltó hasta hundirlo. Murió a los 34 años. Solo habíamos estado juntos 10 años.
El Club del millón de besos se disolvió sin ceremonias, enterrado junto a su miembro fundador y su alma poética.
Unos años más tarde, me enamoré de nuevo y me volví a casar. Una vez más, elegí a un hombre tan diferente a mí que, algunos días, nuestro matrimonio parecía un tango de negociaciones. Llegaron los hijos, los perros y el inefable torbellino de la vida. El Club de los millones de besos quedó en el olvido, enterrado bajo una montaña de deshechos domésticos: las fechas límite, el césped seco, la Agencia de Tránsito, los exámenes para ingresar a la universidad, los contratistas desaparecidos y los adolescentes descontrolados. Si llegó a haber un leve susurro por parte del Club de los millones de besos, yo estaba demasiado ocupada como para escucharlo.
Soy una persona seria. Sé que la vida es un asunto serio. Con la muerte de mi primer esposo, mi cosmovisión se había inclinado aún más hacia la cautela. Vivía con el lento latido de la preocupación. ¿Cómo podemos mantener a alguien a salvo en un mundo tan precario y cada vez más loco? Como a la gran mayoría, la vida nos dio una que otra buena sacudida a mí y a mi familia. La enfermedad llamó a la puerta. Los padres murieron. El trabajo se estancó. Los amigos sufrieron. El planeta parecía girar al azar, sumiéndonos a todos en un abismo.
Entonces nació mi nieto.
Para entonces, el ajetreo de la mediana edad se había calmado. En medio de una vida renovada y más tranquila, el susurro del Club de los millones de besos sonó demasiado fuerte como para ignorarlo. Mi nieto me permitió emprender un viaje de regreso a un círculo de dos; hay una intimidad en el vínculo con un bebé que se parece mucho al enamoramiento.
El mundo parecía renacer.
Así que mi cosmología interna cambió una vez más. Abracé la esperanza como nunca antes lo había hecho. ¿Será este tirón generacional una palmadita en la espalda por haber hecho un buen trabajo? ¡Hicimos lo nuestro para la continuidad de la especie humana!
¿O es será simplemente esa alegría que los abuelos suelen presumir tanto? ¿Un enorme nuevo amor que nos abraza casi en la recta final? ¿Un amor que, después de que la vida nos golpeó, o mimó, se nos deposita en nuestro último capítulo?
Mi nieto aún es demasiado pequeño para postularse al Club del millón de besos. Además, aún no ha dado su consentimiento, ya que aún no habla, ni nada de esas cosas.
Ahora, si mi hija me lo pasa cuando está inquieto, la solución infalible es sentarlo en mi regazo y darle docenas de besitos en el lado suave de la mejilla, justo debajo de la oreja izquierda. Ese es su punto débil. Se quedará felizmente sentado durante un buen rato, parpadeando, recostándose en mí. Espero que pase mucho tiempo antes de que ya no le gusten estos besos.
Aunque él es muy pequeño, yo no lo soy. Nuestros años juntos no se miden en décadas. No tenemos tanto tiempo para acumular un número récord de besos entre nosotros. La meta del Club del millón de besos parece muy lejana otra vez.
Entonces, justo el otro día, mientras sostenía la manita regordeta de mi nieto en mi mano arrugada y pecosa, me di cuenta: no hay razón para que el millón de besos deba compartirse solo con una persona. Qué tontería, qué mezquindad, tener una regla tan monógama para el club. No recibiré un millón de besos de este niño ni de ninguna otra persona en mi vida. (El viejo y molesto continuo del tiempo y espacio otra vez).
Sin embargo, si sumo todos los besos a lo largo de mis años en el planeta Tierra, con la esperanza de haya unos cuantos más, habré compartido muchos, muchos besos con todas las personas que he amado y que me han amado. Aunque no hay seguridad ni garantía de quién caerá después y quién seguirá en pie, mientras estemos aquí, todos podemos estar juntos en el club. Eso es más que suficiente.
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