¿Fui una hija horrible o una simplemente honesta?

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Necesitaba distancia para escribir con honestidad sobre mi infancia. Pero la ficción no nos protegió a ninguno del dolor.

Durante tres días en 2002, mi madre se encerró en nuestra habitación para visitas en Santa Mónica, furiosa y deprimida por mi segundo cuento publicado. Sabía que vería mi obra como un cruel espejo de feria, así que cuando el cuento se publicó en la Santa Monica Review, guardé mis cuatro ejemplares en una respisa muy alta.

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Al ser tan llamativamente idénticos, le llamaron la atención.

La madre de la historia, Helen, se privaba de la comida y privaba a su hija adolescente, Leah, de afecto. Hija de supervivientes del Holocausto, Helen era una madre "fría" que crió a una niña nerviosa atraída por la ciencia y la seguridad de los hechos.

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En cambio, mi madre me abrazaba y me besaba. Me enseñó a leer, me seleccionaba novelas conforme crecía y crió a una escritora que producía --como se lo señalé cuando mi primer cuento publicado la angustió-- ficción.

Aun así, en mi obra se escondía una verdad encriptada sobre cómo me había criado cuando era joven. Ella se autodenominaba "psicoanalista por matrimonio", dada la profesión de mi padre, así que sabía que percibiría esa verdad en la relación de Helen con Leah.

Antes de cumplir 12 años, mi madre constantemente pasaba de ser cariñosa y protectora a caer en estados depresivos tan profundos que la volvían fría como el hielo, estoica y verbalmente indiferente. Esa madre robótica preparaba la cena y planchaba las camisas de mi padre, pero si me quería, o siquiera me conocía de verdad, yo no lo sabía.

Me aterrorizaba.

Envuelta en ese miedo, también quedé entumecida. En mi memoria está grabada la imagen de una niña y su madre reflejándose una a la otra en silencio en un pequeño y oscuro apartamento: la madre, en su angustia, mirando al vacío; la hija, asustada, observando con cuidado por el blanco de sus ojos.

Siempre sentía un enorme alivio cuando volvía a ser la de siempre, cariñosa, leyéndome y acariciándome la mejilla.

Aquella vez en Santa Mónica, pasé de puntillas frente a la puerta de la habitación de visitas y vi a mi padre llevarle la comida en una bandeja. "Dyl", dijo, "está enfadada por cómo has retratado a Helen".

Tenía mil preguntas y no hice ninguna. ¿Estaba teniendo un "flashback"? ¿Me odiaba? ¿Mi escritura me convertía en una hija horrible? Mi padre no dijo nada. Amaba a mi madre con locura; quería que volviera a ser como antes.

No la había visto así en décadas. A los 46 años, me sentí como si tuviera 4 otra vez, presa de esa antigua angustia de que mi madre pudiera desentenderse de mí. Durante tres días me sentí paralizada, con miedo de llamar a su puerta.

Al mismo tiempo, quería irrumpir en su habitación y defenderme. "Es solo un cuento corto", habría dicho. "¡A veces un puro es simplemente un puro!".

Cuando por fin salió, mi madre se mostró ecuánime. No habló de Helen, y mi padre y yo no la presionamos, no más de lo que ya habíamos hecho en mi infancia. En ese entonces actuábamos como si ella estuviera bien durante los episodios depresivos. Servía las comidas en silencio, como si fueran de arcilla, y mi padre, que apenas estaba en la universidad cursando el doctorado en psicología, intentaba valientemente romper el hechizo con una conversación alegre.

Quizá era su inexperiencia como psicoanalista en formación, pero no recuerdo que alguna vez me confirmara que algo le estaba pasando a mi madre. Se hubiera sentido devastado al saber que su actitud optimista me hacía sentir asustada y muy sola.

Ahora entiendo que mi madre tenía recuerdos recurrentes de su propia infancia brutal por aquella época. Salían a la luz en las historias horribles que a veces me contaba cuando me arropaba: los experimentos médicos realizados en los campos nazis, o cómo su propia madre la golpeó sin piedad durante años.

Recuerdo cómo me abrumaban los detalles minuciosos, cómo me dejaban sin palabras. Los recuerdos de esa violencia infantil debían haberla afectado mucho; si no, ¿por qué se desahogaba con una niña?

Muchos años después, en Santa Mónica, debió haber sentido un golpe de juicio en mi inocente --o no tan inocente-- cuento corto.

Cinco años después de la crisis de la habitación de visitas, mi madre me estaba ayudando a atar los cojines a las tumbonas del patio cuando se detuvo de repente y se quedó mirando al infinito con una expresión dura.

"No tienes ni idea lo difícil que fue para mí en aquel entonces", dijo.

La miré consternada; habíamos estado hablando de preparar mi casa para venderla.

"Cuando naciste en la Avenida B, subía y bajaba seis pisos con las bolsas del súper, la carreola y la ropa sucia. Nadie me ayudaba. No fuiste nada justa con Helen".

Llevaba cinco años dándole vueltas a eso. Quería gritarle: Helen es un personaje de ficción, ¿todavía sigues con eso?

En su crítica, solo oí reproche, no el dolor subyacente, y balbuceé una respuesta a la defensiva de la que aún me arrepiento. Ella había intentado entablar un diálogo. Fui yo quien no supo afrontar su enfado. Ahora desearía haber dicho: "Tienes razón. Mis historias no logran contar la verdad de Helen: el peso de la desesperación, lo enfadada e invisible que debiste haberte sentido".

Habría sido un gran acto de amor. De haberlo hecho, quizá habría añadido: "¿Podemos hablar también de la verdad emocional que las historias sí cuentan?".

Pero eso nunca sucedió. La puerta cerrada seguía asustándome. Una vez le pregunté si había recibido terapia cuando era una madre joven, y dijo que no teníamos dinero para eso. Sin embargo, consultó a un psiquiatra, que le recetó Elavil. Le daba sueño, así que lo tiró. La psiquiatría de principios de los años sesenta tenía poco que ofrecer a una mujer como ella: brillante, literaria, marchitándose en casa mientras su marido florecía en la universidad.

Philip Roth le dijo alguna vez al joven Ian McEwan: "Tienes que escribir como si tus padres estuvieran muertos". Un consejo directo, incluso cruel, sí. Pero tal y como yo lo entiendo, no tiene desperdicio. Hablaba de honrar la propia singularidad y la verdad privada como artista, aunque eso cause dolor a quienes amamos. Por lo tanto, uno esperaría trabajar para lidiar con ese dolor.

Tal vez sea un buen consejo para cualquiera que intente trazar su propio camino hacia la verdad, como cuando se lucha para salir del clóset ante una familia conservadora o cuando hay que explicar a unos padres empeñados en criar a un médico que uno anhela ser arbolista. En cualquier caso, seguí escribiendo así mucho después de que mi madre saliera de la habitación de visitas.

Así que podría sonar lógico que empezara a ocultar todos mis trabajos publicados, para no herir los sentimientos de mi madre y comprar mi libertad literaria.

Pero mis padres se habrían enterado. ¡Tenían alertas de Google! Mi madre, una gran lectora, estaba tremendamente orgullosa de tener una hija escritora. Si hubiera ocultado mis éxitos, incluso con una explicación cariñosa, ella y mi padre se habrían sentido heridos.

Era una carga con la que decidí lidiar. Cuando venían a las lecturas, seleccionaba los textos para causar el menor daño emocional posible. Disfruté del orgullo de mis padres cuando salió mi primera colección de cuentos en 2009. Aun así, ambos se sumergieron en los cuentos como si analizaran mis sueños. Yo esquivé sus preguntas, ansiando privacidad.

"La ficción no es un espejo", protesté en algún momento.

Mi padre, con el brazo alrededor de mi madre en el sofá, se rió y dijo: "Sí, sí lo es".

Si hubiera tenido en la cabeza un material más suave, lo habría escrito. Sin embargo, los temas familiares seguían obsesionándome mientras tomaba notas para una novela. La escritura de ficción sigue siendo el único lenguaje que he encontrado para expresar y expurgar ese terror onírico que recuerdo de la infancia.

Seguía escribiendo como si mis padres estuvieran muertos cuando su salud comenzó a deteriorarse. Pasé cinco años de pánico en un estado de devoción. En mi familia, uno no "visitaba" el hospital, uno se mudaba al hospital, y así me encontraba a menudo escribiendo en un estrecho banco de la habitación de mi padre durante el día, para luego dirigirme a la habitación de mi madre a dormir.

Cada vez que se recuperaban, me preguntaban por mi trabajo, pero, cuando me sentía débil, simplemte respondía: "¡Me va muy bien, gracias!".

Echaba de menos a mis padres llenos de energía. Pero me hicieron un regalo inesperado y liberador, porque el segundo manuscrito era aún más controvertido que el primero.

Cuando salió la edición de tapa dura en 2014, mis padres estaban en silla de ruedas, incapaces de fijar la vista en el papel y lamentando la pérdida de la lectura.

Recuerdo a mi madre recibiendo la novela en su regazo como si le hubiera entregado un gatito y la ternura del tacto mientras sopesaba el libro en sus delicadas manos. Acarició la cubierta rosa y naranja, luego la levantó para que mi padre la admirara.

"Ay, cariño", dijo, y su tono me llenó el corazón, porque ahí estaba la madre cariñosa cuya constancia había anhelado de niña y que ahora, por fin, tenía. "Qué libro tan bonito".

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