Un monumento al chocolate envuelto en capas de historia mexicana

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Combinando una casa colonial y un añadido contemporáneo, el nuevo Museo del Cacao y el Chocolate se asienta sobre un espeluznante recuerdo azteca.

Este artículo forma parte de nuestra sección especial de Diseño sobre remodelaciones de edificios antiguos.

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En el centro de Ciudad de México, la historia es muy profunda. Bajo los edificios del siglo XIX erigidos tras la independencia de México y las estructuras barrocas que se conservan de la ciudad colonial española se encuentran las ruinas de la capital azteca de Tenochtitlán.

Conservar estructuras históricas en el centro de la ciudad es una tarea abrumadora y complicada, dijo Javier Sánchez, cuyo estudio de arquitectura JSa rehabilitó en días recientes una casa del siglo XVII situada a pocos pasos del Zócalo, la plaza principal. ¿Qué le animó a emprender el proyecto? El chocolate.

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"El cacao ofrece una conexión entre el pasado y el presente", dijo Agustín Otegui, cuya familia participó en el encargo a JSa en 2013 para convertir el edificio de tres plantas en el Museo del Cacao y el Chocolate de la ciudad. (La institución forma parte de una red en América y Europa dedicada a la historia del chocolate). En una entrevista en video, añadió que el grano, que fue utilizado por los mayas y los aztecas y que hoy es un manjar cotidiano, representa un vínculo con el pasado que sigue vigente.

Tras haber diseñado una ampliación del Centro Cultural de España a pocas puertas del museo, JSa estaba familiarizado con las complejidades de trabajar en el centro histórico. En aquel proyecto, que se terminó en 2012, se descubrieron las ruinas de una escuela prehispánica para la nobleza. Ahora, los arquitectos, extrapolando los mapas españoles de Tenochtitlán, tenían motivos para creer que encontrarían otra estructura antigua de este tipo.

Como respaldo de esa hipótesis estaba la inclinación del edificio del siglo XVII, dijo en una entrevista en video Aisha Ballesteros, la socia de JSa que dirigió el diseño del museo. Muchos edificios de Ciudad de México se hunden debido al asentamiento gradual del lecho del lago subterráneo; el ángulo en este caso concreto sugería que había algo bajo tierra que lo apuntalaba.

Ese algo resultó ser lo que el gobierno mexicano describe como uno de los hallazgos arqueológicos más importantes del país: una sección de un tzompantli, o estante de madera que exhibe más de 650 cráneos humanos pertenecientes a personas que se cree que fueron sacrificadas en el reinado de los reyes aztecas Itzcóatl, Ahuízotl y Moctezuma Ilhuicamina, en el siglo XV. Se han descubierto otros tzompantlis, pero éste --el Huei, o gran, Tzompantli-- es el más grande y mejor conservado.

Lo que siguió fue un esfuerzo de 11 años para excavar y estabilizar el Huei Tzompantli bajo tierra mientras se trabajaba en el edificio colonial de arriba. Además, los arquitectos diseñaron una ampliación del museo de cinco plantas --una de las pocas estructuras contemporáneas construidas en el casco histórico en los últimos veinte años-- para llenar el espacio vacío detrás del edificio del siglo XVII.

"Nos enfrentábamos a tres historias importantes", dijo Ballesteros. "La nuestra, la prehispánica y la colonial. Era importante recordar que solo somos una pequeña parte de esta línea de tiempo de 500 años".

El diseño se centró en un plan para mostrar de forma segura el antiguo estante de cráneos y dejar que brillara el edificio colonial, con el edificio contemporáneo concebido como una presencia discreta donde pudieran alojarse programas adicionales del museo.

Tras estabilizar el edificio colonial --Ballesteros dijo que era como colocar zapatas debajo de las patas de una mesa que se tambalea--, los constructores hundieron pilotes de 30 metros de profundidad para establecer unos cimientos sólidos para la nueva estructura. Este edificio contemporáneo se revistió de travertino local de color arena, un guiño a la piedra volcánica que compone gran parte de la arquitectura del centro histórico y una presencia discreta entre los lugares de exposición más venerables.

Las dos estructuras del museo se acercan, pero nunca se tocan. "Separamos el edificio nuevo para que se pudieran ver los muros históricos, pero ademas por requisitos sísmicos", dijo Ballesteros. En muchos lugares, los ángulos rectos del añadido contemporáneo llaman la atención sobre la inclinación del edificio colonial. "Se convierte en un juego entre lo viejo y lo nuevo, lo oblicuo y lo recto".

Entre ambos hay un patio que permite a cualquiera tomar una bebida en la cacaotería --una tienda de chocolate y café situada en la planta baja del museo-- y echar un vistazo a los chefs que elaboran chocolate en la cocina de preparación cercana. Un pasillo al aire libre iluminado por lámparas de cobre martillado a mano conduce a un patio con árboles de sombra y asientos. Finalmente, los visitantes podrán ver el antiguo estante de cráneos a través de una ventana situada junto a la taquilla.

Quienes tengan boleto podrán visitar las exposiciones que comienzan en el segundo nivel, que recorren la historia del cacao desde sus raíces mayas hasta el chocolate que consumimos hoy. El recorrido pasa del interior del edificio a las terrazas exteriores, lo que permite a los visitantes contemplar la arquitectura desde distintas perspectivas.

En la azotea del museo, JSa diseñó el nuevo restaurante Charco, que ofrece vistas del Palacio Nacional, el Templo Mayor, la Catedral Metropolitana y la Torre Latinoamericana, un rascacielos.

Allí, como en el resto del museo, puede verse el tejido arquitectónico en capas que conforma el pasado y el presente de la ciudad.

"El proyecto muestra la riqueza patrimonial de México sin restar importancia a nuestra herencia contemporánea", dijo Sánchez. "Es posible recuperar nuestra historia y, al mismo tiempo, permitir que nuestra ciudad viva".

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