Venezuela entierra a las víctimas de la incursión de EE. UU.

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La muerte tocó a las puertas de varias familias que, relacionadas o no con el régimen del depuesto presidente Maduro, se convirtieron en daño colateral de una operación militar.

A las 2 a. m. del sábado pasado, en el interior de su apartamento color azul celeste de Catia La Mar, ciudad de la costa norte de Venezuela, Wilfredo González dijo que se despertó sobresaltado por el sonido de silbidos y explosiones. Acababa de ponerse de pie cuando la onda expansiva de una explosión lo tiró al suelo.

La ciudad estaba siendo bombardeada, dijo que pensó.

Cuando todo terminó, sus familiares se apresuraron a buscar sobrevivientes entre los escombros de su unidad. González, de 61 años, dijo que encontró a su tía de 80 años, Rosa Elena González, atrapada bajo una lavadora. Dijo que no podía respirar y que murió poco después en un hospital.

Casi coincidiendo con el momento en el que las primeras luces del amanecer del sábado revelaban el destrozado apartamento de González, aviones estadounidenses transportaban al presidente capturado de Venezuela, Nicolás Maduro, y a su esposa, Cilia, a un buque de guerra estadounidense.

Fue entonces cuando los funcionarios estadounidenses "exhalaron", dijo el secretario de Defensa Pete Hegseth en el pódcast Charlie Kirk Show, y empezaron a celebrar una operación que Trump describió como "perfectamente ejecutada".

Para los venezolanos, la incursión nocturna fue el inicio de un periodo de profunda incertidumbre. Para gran parte del mundo, marcó una escalada en la estrategia del presidente Donald Trump para proyectar el poder de Estados Unidos en América Latina. Pero para decenas de familias venezolanas, representó el comienzo de la sombría tarea de enterrar a los familiares muertos en los ataques.

"Me duele el corazón", dijo un familiar del sargento primero César Augusto García Palma, de 30 años, miembro del círculo íntimo de seguridad de Maduro, quien murió en el ataque y fue parte de un funeral oficial. El familiar pidió no ser identificado por temor a represalias del gobierno.

Las autoridades venezolanas aún no han hecho pública una lista oficial de los muertos, y han ofrecido cálculos diferentes, mezclando la ofuscación y la propaganda en su comunicación sobre las muertes.

Recientemente, Diosdado Cabello, ministro del Interior de Venezuela, dijo que habían muerto 100 personas y al menos otras tantas habían resultado heridas. Al parecer, la mayoría de los muertos eran militares.

El gobierno cubano dijo que 32 de los muertos eran ciudadanos cubanos, miembros de las fuerzas armadas del país o de su ministerio del Interior, en misión en el país a petición de Venezuela.

El gobierno venezolano publicó los obituarios de 23 militares que, según dijo, habían muerto en la incursión, y The New York Times pudo confirmar la muerte de al menos dos civiles.

Algunos expertos jurídicos y militares cuestionaron la legalidad de los ataques. El Congreso no los autorizó y no había declarado la guerra a Venezuela. El máximo responsable de la ONU, el secretario general António Guterres, dijo que el gobierno de Trump había violado la Carta de las Naciones Unidas.

Funcionarios del gobierno de Estados Unidos calificaron el ataque como una operación de aplicación de la ley. Según los expertos, analizar la diferencia entre un conflicto armado y una acción policial influye en la manera en que se evalúan las víctimas.

"Las reglas de la guerra permiten bastantes daños colaterales", dijo Charli Carpenter, profesora de ciencias políticas de la Universidad de Massachusetts. "Para las operaciones policiales, la vara es mucho más alta".

El departamento de Defensa dijo que estaba llevando a cabo una evaluación de los daños resultantes del ataque. "Actualmente no tenemos constancia de ninguna baja civil", dijo el departamento en un correo electrónico. "Cada ataque se planificó con precisión para lograr objetivos operativos y en ningún momento se atacó intencionadamente a civiles".

La Casa Blanca dirigió las solicitudes de comentarios al Pentágono.

En Venezuela, funcionarios del gobierno acusaron a Estados Unidos de matar a civiles inocentes y rindieron homenaje a los militares que murieron como mártires en la lucha contra el "cobarde" ataque estadounidense.

"Sabe el imperialismo que ha cometido un terrible crimen; que han asesinado a civiles que estaban durmiendo y no tenían nada que ver", dijo Cabello, añadiendo que Estados Unidos ha generado un sentimiento antiestadounidense. Cabello, al igual que Maduro, también está imputado en Estados Unidos por cargos de narcotráfico.

En una nación asediada y desgastada por años de gobierno autoritario, las muertes también se convirtieron en una herramienta política. Maduro era un líder profundamente impopular, y mientras muchos venezolanos celebraban el ataque estadounidense, en las redes sociales algunos expresaron su desprecio por los soldados que murieron intentando proteger al presidente.

El tono era diferente entre los muchos venezolanos que lloraban a los muertos. Y en la cuidadosamente controlada narrativa de la televisión estatal y en los discursos oficiales, el gobierno glorificó enfáticamente las acciones de los soldados.

En una ceremonia en memoria de los militares venezolanos asesinados, el general de división Javier Marcano Tábata intentó presentar a Anais Molina como una militar que murió heroicamente, prefiriendo morir con valentía y la "frente en alto" antes que ser evacuada.

En las redes sociales, los militares venezolanos difundieron una oleada de videos de tono cinematográfico de velatorios y funerales. Las imágenes mostraban ataúdes de madera envueltos en la bandera tricolor nacional y cubiertos de flores, izados al son de panegíricos patrióticos pronunciados por oficiales con uniforme de gala.

Detrás de la pompa y la propaganda, las familias estaban simplemente destrozadas.

En la madrugada del 3 de enero, cuando se enteraron del atentado, los familiares de García Palma dijeron que pensaron inmediatamente en él, pues sabían que formaba parte de la seguridad interna de Maduro.

Su familiar dijo que empezaron a escribirle, refiriéndose a los mensajes de texto que la familia le envió aquella mañana, pidiéndole que les dijera que estaba bien, que les escribiera algo o les llamara por teléfono.

Al día siguiente, recibieron una llamada para identificar su cadáver en el complejo militar Fuerte Tiuna, en el corazón de Caracas, donde Maduro se alojaba cuando fue capturado por las fuerzas especiales estadounidenses. El sargento, quien tenía 30 años y era un animado bailarín de salsa, estaba entre quienes habían sido asesinados allí.

El miércoles, García Palma fue homenajeado en un funeral multitudinario por los militares venezolanos.

El duelo se extendió por todo el Caribe, hasta La Habana, la capital de Cuba, donde las familias también habían perdido a parientes y amigos en la incursión. Maduro había recurrido cada vez más a los cubanos, conocidos por su aparato de seguridad altamente entrenado y eficiente, para su protección.

Superados por las fuerzas estadounidenses, decenas de ellos murieron, dijo el gobierno cubano. Al igual que en Venezuela, sus familiares temían las represalias del gobierno autocrático del país y muchos se negaron a hablar.

En Río Cauto, una zona remota y pobre al sureste de Cuba que recientemente fue devastada por el huracán Melissa, el asesinato de un joven residente fue el más reciente golpe asestado a una unida comunidad. La muerte de Fernando Antonio Báez Hidalgo, teniente de 26 años, sacudió a la comunidad, dijo Yoandrys, de 28 años, un amigo de la infancia que no quiso que se divulgara su apellido por temor a represalias del gobierno.

"Me siento con dolor, una mezcla de impotencia y dolor", dijo Yoandrys.

En Cuba, el periódico estatal Granma publicó un artículo de dos páginas con las fotos e identidades de los muertos bajo el titular "¡Honor y gloria!". Altos funcionarios destacaron su lealtad y enmarcaron sus muertes como resultado de lo que La Habana calificó de agresión militar extranjera.

En Venezuela, vecinos y amigos ayudaron a limpiar los escombros de las casas dañadas por los ataques. Uno de los edificios, dijeron los residentes, estaba habitado sobre todo por personas mayores, como Tibisay Suárez, quien tiene más de 80 años.

Su vecino, Jesús Linares, dijo que la encontró inconsciente entre las paredes derrumbadas y los cristales rotos de su apartamento. La cabeza le sangraba, dijo Linares, y pensó que estaba muerta. Con una sábana, improvisó un vendaje para contener la hemorragia. Dijo que había sobrevivido.

Johana Sierra, una cuidadora originaria en El Volcán, en el sur de Caracas, no sobrevivió.

Murió el 3 de enero, en un ataque dirigido presumiblemente contra antenas, incluidas algunas pertenecientes al gobierno, cerca de la casa donde trabajaba.

Un vecino, Maikel Linares, de 14 años, dijo que vio cómo la metralla impactaba a Sierra en el pecho.

Su hijo, Juan Alejandro Morales Sierra, que vive en Madrid, dijo que su madre, de 45 años, "amaba a su país", y añadió: "Ella esperaba una Venezuela mejor".

Patricia Sulbarán colaboró con reportería desde Nueva York y Hannah Berkeley Cohen colaboró con reportería desde Curazao.

Emma Bubola es una reportera del Times que cubre Argentina. Está basada en Buenos Aires.

Patricia Sulbarán colaboró con reportería desde Nueva York y Hannah Berkeley Cohen colaboró con reportería desde Curazao.