Las personas detrás del mostrador son personas

Por Min Jin Lee

Una trabajadora detrás del mostrador en un comercio de Koreatown en Nueva York el 10 de mayo de 2020 (Celeste Sloman/The New York Times)
Una trabajadora detrás del mostrador en un comercio de Koreatown en Nueva York el 10 de mayo de 2020 (Celeste Sloman/The New York Times)

RECUERDA ESTO LA PRÓXIMA VEZ QUE PIDAS COMIDA PARA LLEVAR.

Me apetecían unos fideos.

Se puede conseguir jajangmyeon, la versión coreana de los fideos con salsa de frijoles negros chinos, en muchos lugares. Queens tiene una gran oferta de jajangmyeon, pero ahora vivo en Harlem, así que me es más fácil ir a la calle 32 en Manhattan.

Cuando llegué al restaurante, me dejé puesto el cubrebocas, los guantes desechables y la gorra de béisbol. Me quedé de pie entre la puerta frontal y la entrada, la cual estaba sellada con plástico grueso. Nadie podía entrar. En esa cubierta de plástico que hacía las veces de una puerta interior, había una pequeña ventanilla recortada, del tamaño de una puerta para mascotas, a nivel de la cintura para pagos y pedidos. El comedor estaba oscuro y la única luz provenía de la cocina.

Casi de inmediato, una pequeña mujer coreana se acercó al escritorio que hacía las veces de mostrador en su lado del plástico. Incluso con su cubrebocas puesto, pude distinguir su bonito rostro ovalado y su pequeño mentón. Llevaba una camiseta gris, pantalones negros, delantal y guantes. Nada de maquillaje. La mujer era más joven que yo. Yo tengo 51 años. Sus ojos lucían agotados y preocupados.

Me avergoncé un poco por mi cubrebocas de ciclista estilo “tecno” que había comprado por internet. Todos los modelos bonitos se habían agotado. Si quisiera que robarle a alguien, usaría esto.

“Hola”, dije en coreano, intentando sonar animada.

A la mujer se le iluminó el rostro. Sus ojos sonrieron.

“¿En qué puedo ayudarle?”

Pedí dos jajangmyeons.

“Diez minutos”, me dijo, señalando hacia afuera.

Con los brazos cruzados, esperé frente al restaurante y miré hacia el este. A menos de una cuadra, la familia de Mimi Fong solía tener un restaurante maravilloso, que cerró desde hace mucho tiempo. Mi amiga de la infancia Mimi y yo vivíamos en Elmhurst, Queens, y fuimos a las mismas escuelas de primaria y secundaria. Nuestros padres tenían pequeños negocios a menos de cinco cuadras entre sí, en el centro de Manhattan.

Nuestro negocio era una pequeña tienda mayorista que vendía bisutería, de unos 18 metros cuadrados. Desde 1977 hasta 1999, de lunes a viernes, mis padres abrían la tienda a las 7 y cerraban a las 7. Los sábados cerraban a las 3. Para darle un descanso a mi madre, mis dos hermanas y yo tomábamos turnos de trabajo los sábados y durante las vacaciones escolares. A veces, cuando estaba trabajando y sabía que Mimi también estaba ayudando a su padre, iba a visitarla.

Mimi solía estar encaramada en su taburete al lado de la caja registradora. Si no estaba ocupado, el señor Fong salía de su cocina, del tamaño de un armario de la ciudad de Nueva York, y le preguntaba a Mimi en cantonés si yo quería comer algo. A veces sus hermanas estaban por ahí trabajando. Al verlas, yo sabía que, si las servilletas estaban dobladas, las galletas de la fortuna y los paquetes de salsa estaban ordenados y guardados, el té estaba caliente, y las mesas estaban relucientes, era gracias a alguien de la familia.

Dos cuadras hacia el oeste y dos al sur de donde estaba esperando mi orden de jajangmyeon, solía estar la tienda de mis padres. Fue allí, detrás del mostrador, que aprendí que una cadena de suministro no era un concepto abstracto: una persona real forjaba cada eslabón.

Las calles de Koreatown, al igual que la mayoría en la ciudad de Nueva York, se han quedado vacías por el coronavirus. Domingo, 10 de mayo de 2020. (Celeste Sloman/The New York Times)
Las calles de Koreatown, al igual que la mayoría en la ciudad de Nueva York, se han quedado vacías por el coronavirus. Domingo, 10 de mayo de 2020. (Celeste Sloman/The New York Times)

En algunas ocasiones, Harry, el proveedor de mi padre que tenía un negocio de joyería de metal en Tailandia, pasaba por la tienda. Era un hombre amable con una alegre sonrisa. Solía desplegar sus muestras de mercancía sobre la vitrina. El casero, el señor Justin, pasaba a recoger su cheque de la renta todos los meses. Él y mi padre se llevaban bien. El hombre de UPS pasaba a diario a entregar y llevarse paquetes.

Si le vendía seis pares de pendientes de oro chapado a un vendedor ambulante, a 1,50 dólares el par, eso se traducía en 9 dólares a la caja registradora. El fabricante de los pendientes le cobraba a mi padre unos 1,15 dólares por el par, lo que significaba que mi venta tenía una ganancia de 2,10 dólares. Incluso siendo una niña de secundaria, entendía lo que significaba ese dinero.

De esa ganancia y de lo que sea que hubiéramos ganado ese día y el resto del mes, mis padres tenían que apartar suficiente dinero para pagar la renta de la tienda y de nuestro apartamento; el salario de su empleado, el señor Shim, a quien también se le daba desayuno y almuerzo; servicios; seguro comercial; impuestos; alimentos; ropa; y seguro médico. Mis hermanas y yo siempre necesitábamos cosas: abrigos, zapatillas, dinero para el almuerzo.

Nunca salíamos de vacaciones. Si mis padres cerraban la tienda, entonces sus clientes —dueños de tiendas de regalos y buhoneros que vendían su mercancía en mesas de cartón en las estaciones del metro— se irían a otro lado. No nos podíamos permitir perder esas ventas.

Estudié en la Universidad de Yale, y para tener algo de dinero vendía ropa en una tienda de Ann Taylor en Chapel Street, en New Haven. Un sábado, una hermosa mujer y su hija llegaron a la tienda en busca de vestidos para una fiesta. Me lanzaron montones de ropa y yo organicé todo en el vestidor. Ese mes, el gerente de ventas había organizado un concurso: el mejor vendedor recibiría un premio en efectivo además de las comisiones. Quería ganarme ese dinero. Eran quizás unos cien dólares.

La madre y la hija prácticamente me ignoraron, así que me hice invisible, intentando anticipar solo lo que era necesario. La hija eligió dos vestidos de terciopelo que se le veían elegantes.

Mi residencia estudiantil, Trumbull, estaba a punto de celebrar su “Trumbaile”, así que me imaginé que la hija iba a asistir a la fiesta de su residencia universitaria.

“¿Vas al baile de invierno?”, le pregunté.

Madre e hija se sorprendieron.

“¿Estudias en Yale?”, me preguntó la madre.

Asentí, y luego procedí a despejar el vestidor.

Cuando cerré la venta, ambas sonrieron nerviosamente, algo apenadas por su frialdad. Me sentí mal por ellas. Pude haberlo dicho antes.

La puerta del restaurante de jajangmyeon se abrió repentinamente.

La mujer coreana con el delantal me entregó la bolsa de papel y retrocedió.

Ambas nos hicimos una reverencia, del mismo modo que lo habríamos hecho en una iglesia coreana.

“Su go ha se yo”, dije, lo cual se traduce en algo como: “Sigue esforzándote”, aunque no es la traducción exacta. La frase es un gesto de amabilidad que significa que reconozco que estás haciendo un esfuerzo, y que te aliento a seguir haciéndolo. También significa que admiro tu trabajo.

Mi ciudad tiene cinco distritos, y cada distrito tiene muchos vecindarios. Cada vecindario está compuesto de muchas cuadras y en cada cuadra hay negocios. En cada negocio hay un mostrador, y es allí donde tú y yo nos encontramos.

Espero que cuando podamos quitarnos nuestros cubrebocas, pueda decirte lo mucho que te necesito.

*Copyright: 2020 The New York Times Company

Este artículo es parte de The America We Need, una serie de la sección de Opinión de The New York Times que explora cómo EEUU puede salir de esta crisis convertido en una nación más fuerte, más justa y más libre. Min Jin Lee es autora de las novelas “Free Food for Millionaires” y“ Pachinko”.

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