Una nueva crisis de la COVID-19: aumenta la violencia doméstica a nivel mundial

Por Amanda Taub

Las limitaciones de circulación impuestas por los países alrededor del mundo han forzado a sus ciudadanos a pasar más tiempo dentro de sus casas, llevando a un incremento de casos de violencia doméstica (Federico Rios/The New York Times)
Las limitaciones de circulación impuestas por los países alrededor del mundo han forzado a sus ciudadanos a pasar más tiempo dentro de sus casas, llevando a un incremento de casos de violencia doméstica (Federico Rios/The New York Times)

Se suma otra crisis de salud pública al daño del nuevo coronavirus: hay cada vez más datos que indican que el abuso doméstico está comportándose como una infección oportunista, prosperando en las condiciones creadas por la pandemia.

Para Marianne Hester, socióloga de la Universidad de Bristol, quien estudia las relaciones abusivas, las razones para suponer que las restricciones impuestas contra la propagación del virus tendrían este efecto siempre estuvieron allí. La violencia doméstica siempre se incrementa cuando las familias pasan más tiempo juntas, como en Navidad y las vacaciones de verano, afirmó.

Ahora, con familias en confinamiento a nivel mundial, las líneas de atención telefónica suenan constantemente con denuncias de abuso, lo que ha causado que los gobiernos intenten atender una crisis que, según los expertos, debieron haber visto venir.

El 5 de abril, las Naciones Unidas hicieron un llamado a realizar acciones urgentes para combatir el aumento mundial de la violencia doméstica.

Les pido a todos los gobiernos a que le den prioridad a la seguridad de las mujeres mientras responden a la pandemia”, escribió en Twitter el secretario general António Guterres.

Sin embargo, en general, los gobiernos han fracasado en prepararse para responder a las nuevas oportunidades generadas por las nuevas medidas de salud pública para que los abusadores aterroricen a sus víctimas. Ahora, muchos gobiernos están teniendo dificultades para ofrecer asistencia a los que están en riesgo.

Pero, al igual que con la respuesta al mismo virus, las demoras implican la posibilidad de que ya se haya realizado un daño irreparable.

Confinamiento y ‘terrorismo íntimo’

Mientras las ciudades y pueblos por toda China iban cerrando sus puertas, una mujer de 26 años llamada Lele empezó a discutir cada vez más seguido con su esposo, con quien ahora tiene que pasar todo el tiempo en la casa que comparten en la provincia de Anhui, al este de China.

El 1 de marzo, mientras Lele cargaba a su hija de 11 meses, su esposo empezó a golpearla con una silla alta para bebés. Lele no está segura de cuántas veces la golpeó. En algún momento, dijo, una de sus piernas perdió la sensibilidad y ella cayó al piso con su bebé aún en sus brazos.

Una fotografía que tomó tras el incidente muestra la silla para bebés tirada en el piso, en pedazos, con dos de sus patas metálicas arrancadas, lo que demuestra la fuerza con la que su esposo la usó contra ella. Otra imagen registra las heridas de Lele: prácticamente cada centímetro de la parte inferior de sus piernas estaba cubierta de moretones y tenía un enorme hematoma en su pantorrilla izquierda.

Lele —su nombre completo no es usado por su seguridad— dijo que su esposo había abusado de ella durante su relación de seis años, pero que el brote de la COVID-19 había empeorado mucho más las cosas.

“Durante la epidemia no podíamos salir, y nuestras disputas no hacían sino crecer y crecer y ser cada vez más frecuentes”, afirmó Lele. “Todo estaba expuesto”.

Una calle prácticamente vacía durante el brote de coronavirus en el centro de Shanghái, el 8 de febrero de 2020. (Yuyang Liu/The New York Times).
Una calle prácticamente vacía durante el brote de coronavirus en el centro de Shanghái, el 8 de febrero de 2020. (Yuyang Liu/The New York Times).

A medida que se han establecido cuarentenas alrededor del mundo, ese tipo de “terrorismo íntimo” —un término que muchos expertos prefieren para referirse a la violencia doméstica— está floreciendo.

En China, Equality, una ONG establecida en Pekín dedicada a combatir la violencia contra la mujer, ha registrado un crecimiento en las llamadas a su línea de ayuda desde principios de febrero, cuando el gobierno ordenó el confinamiento en ciudades de la provincia de Hubei, en aquel momento el epicentro del brote.

En España, el número de emergencia para violencia doméstica recibió un 18 por ciento más llamadas en las primeras dos semanas de confinamiento que en el mismo periodo un mes antes.

“Hemos estado recibiendo llamadas muy preocupantes, que nos muestran claramente cuán intenso puede llegar a ser el maltrato psicológico y físico cuando las personas son forzadas a pasar las 24 horas del día juntas en un espacio reducido”, afirmó Ana Bella, quien creó una fundación para ayudar a otras mujeres tras sobrevivir ella misma a la violencia doméstica.

El 2 de abril, la policía francesa reportó un repunte a nivel nacional de violencia doméstica de alrededor de un 30 por ciento. Christophe Castaner, el ministro del Interior de Francia, dijo que le había pedido a los agentes que estuvieran atentos a los casos de abuso.

“El riesgo se incrementa debido al confinamiento”, afirmó en una entrevista en la televisión francesa.

Sin escape

En España, con la ayuda de algunas asociaciones, The New York Times contactó a algunas mujeres atrapadas en sus casas con un esposo o compañero abusivo y las entrevistó a través de WhatsApp.

Una de ellas, Ana —quien pidió que no se revelara su nombre completo— afirmó compartir un apartamento con su pareja y afirma que él ha estado abusando de ella regularmente. El hombre insiste en tener vigilancia total en todo momento. Si ella intenta encerrarse en una habitación, él patea la puerta hasta que ella la abra.

“Ni siquiera puedo tener privacidad en el baño, y ahora tengo que soportar esto durante el confinamiento”, escribió en un mensaje enviado muy tarde por la noche, para poder ocultar la comunicación a su esposo.

Judith Lewis Herman, una reconocida especialista en traumas de la Escuela de Medicina de la Universidad de Harvard, ha descubierto que los métodos coercitivos que los abusadores domésticos usan para controlar a sus parejas e hijos “tienen un parecido asombroso” con los que los secuestradores utilizan para controlar rehenes y los que los regímenes represivos usan para quebrar la voluntad de sus prisioneros políticos.

Un rascacielos en Tianjin, China, donde la policía ha estado demasiado sobrecargada durante el brote de coronavirus para gestionar llamadas de violencia doméstica, el 14 de febrero de 2020. (Yuyang Liu/The New York Times).
Un rascacielos en Tianjin, China, donde la policía ha estado demasiado sobrecargada durante el brote de coronavirus para gestionar llamadas de violencia doméstica, el 14 de febrero de 2020. (Yuyang Liu/The New York Times).

“Los métodos que permiten que un ser humano controle a otro son muy consecuentes”, escribió Lewis en un artículo de 1992 ampliamente citado. “Si bien los perpetradores de la explotación sexual o política organizada pueden enseñarse mutuamente sobre métodos coercitivos, los perpetradores de abuso doméstico parecen reinventarlos”.

Además de la violencia física, la cual no está presente en todas las relaciones abusivas, las herramientas comunes del abuso incluyen el aislamiento de los amigos, familiares y empleos; vigilancia constante; reglas estrictas y detalladas de comportamiento, y restricciones de acceso a necesidades básicas como alimentos, ropa e instalaciones sanitarias.

El aislamiento en los hogares, aunque vital para la lucha contra la pandemia, le está dando aún más poder al abusador, dijo Hester.

“Si de repente las personas tienen que quedarse en sus casas”, afirmó, “eso le da al abusador una oportunidad inesperada para establecer las reglas alrededor de esa situación y para decir lo que la mujer debería o no hacer”.

El aislamiento también ha quebrantado las redes de apoyo, dificultando aun más que las víctimas pidan ayuda o escapen.

En Europa, varios países parecen haber seguido el mismo camino siniestro: primero, los gobiernos imponen confinamiento sin realizar las suficientes provisiones para las víctimas de abuso doméstico. Aproximadamente unos diez días después, las llamadas de socorro se incrementan, lo que desata la indignación pública. Es solo en ese momento cuando los gobiernos salen apurados a improvisar soluciones.

Italia fue la primera.

Su confinamiento empezó a principios de marzo. Poco después, comenzaron a incrementarse los reportes de violencia doméstica, pero no había ningún lugar al que las mujeres desesperadas pudieran ir. Los refugios no podían recibirlas porque el riesgo de infección era muy grande.

Por lo tanto, el gobierno afirmó que las autoridades locales podían incautar habitaciones de hoteles para que sirvieran como refugios temporales donde las víctimas pudieran cumplir la cuarentena a salvo.

Poco después de entrar en cuarentena, los pedidos de refugio contra la violencia doméstica en Italia comenzaron a incrementarse (Alessandro Grassani/The New York Times)
Poco después de entrar en cuarentena, los pedidos de refugio contra la violencia doméstica en Italia comenzaron a incrementarse (Alessandro Grassani/The New York Times)

España anunció su confinamiento el 14 de marzo. Francia lo hizo tres días después. Alrededor de dos semanas después, debido al incremento alarmante de denuncias de abuso, las autoridades de esos lugares anunciaron que también planeaban convertir habitaciones de hoteles vacías en refugios, entre otras iniciativas de emergencia.

Con el tiempo, las cuarentenas terminarán. Pero mientras el confinamiento se siga prolongando, el peligro probablemente se intensificará. Los estudios muestran que los abusadores tienen más probabilidades de asesinar a sus parejas y a otros tras pasar por crisis personales, entre ellas pérdida de empleo o grandes fracasos financieros.

Con la COVID-19 devastando a la economía, este tipo de crisis se volverán mucho más frecuentes.


Raphael Minder colaboró con este reportaje desde España; Vivian Wang, desde Hong Kong; Constant Méheut, desde Francia, y Elisabetta Povoledo, desde Italia.

(c) The New York Times 2020

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