
Hace 66 millones de años, cuando se estrelló contra la Tierra, el asteroide se desplazó 24 veces más rápido que una bala de rifle. Su onda expansiva supersónica arrasó con los árboles de Norte y Sudamérica, y su onda de calor desencadenó incendios forestales de una magnitud inimaginable.
El suceso arrojó tantos restos a la atmósfera que se suspendió la fotosíntesis. Los dinosaurios no aviares desaparecieron. Y se extinguió casi el 75 por ciento de todas las especies.
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En el sitio del impacto, el panorama fue incluso más nefasto. La roca espacial dejó un cráter estéril de casi 32 kilómetros de profundidad donde ahora está el Golfo de México. Era imposible que sobreviviera algún ser vivo.
Sin embargo, incluso en la zona del impacto, la vida se las arregló para regresar, y rápidamente.
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Nuevos hallazgos publicados la semana pasada en la revista Geology revelaron que la cianobacteria —el alga verdeazulada responsable de proliferaciones tóxicas dañinas— se movió al interior del cráter unos años después del impacto (en términos biológicos sucedió en un abrir y cerrar de ojos). Este hecho sirve para iluminar la forma en que se recupera la vida en la Tierra después de eventos cataclísmicos, incluso en los medioambientes más devastados.
En 2016, un equipo de científicos perforó en el corazón del cráter, llamado Chicxulub, y excavaron un núcleo de sedimentos de 838 metros de largo que les permitió a científicos de todo el mundo, como Bettina Schaefer de la Universidad de Curtin en Australia, diseccionar las rocas para sus propias investigaciones.
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Esas muestras han respondido una serie de preguntas en torno a la colisión, pero Schaefer quería comprender mejor cómo se recuperó la vida en la zona del impacto. Aunque los científicos ya habían encontrado pistas sobre la vida temprana, había pocas y no podían retratar todo el escenario.
El problema es que no todos los microorganismos dejan evidencias fósiles. En cambio, los organismos con cuerpos blandos pueden ser identificados gracias a las madrigueras que dejan y las moléculas que depositan. Por ejemplo, las cianobacterias produjeron grasas que se pueden conservar en rocas sedimentarias durante cientos de millones de años.
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Por lo tanto, cuando el equipo de Schaefer vio esas grasas que se conservaron en el núcleo cerca del momento del impacto, supo que tuvo que haber cianobacterias presentes. De forma crucial, el tsunami posterior arrastró las grasas al cráter, estas quedaron depositadas encima de una capa de plantas fosilizadas, pero debajo de otra capa de iridio que se depositó cuando los restos en la atmósfera cayeron de nuevo a la Tierra en forma de lluvia después de unos cuantos años. Esto sugiere que las bacterias comenzaron a poblar el cráter después del impacto del tsunami, pero antes de que se limpiara la atmósfera y regresara por completo la luz del sol.
“Las que fueron capaces de entrar de inmediato, las oportunistas, por así decirlo, fueron estas cianobacterias”, comentó Sean P. S. Gulick, un geofísico marino de la Universidad de Texas, campus Austin, científico que participó en la expedición de la perforación y es coautor del estudio junto con Schaefer.
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Además, el equipo logró detectar un montón de otros organismos que después entraron en escena, lo cual sirvió para caracterizar las aguas tóxicas que se acumularon en el cráter. Por ejemplo, algunos de los fósiles moleculares que descubrieron solo se originan a partir de organismos que viven en aguas desprovistas de oxígeno: una denominada zona muerta similar a la que ocurre actualmente durante los veranos en el Golfo de México.
Chris Lowery, un paleo-oceanógrafo de la Universidad de Texas, campus Austin, y uno de los autores del estudio reciente, sospecha que el cráter solo estaba parcialmente muerto, en parte porque el equipo también encontró evidencia de fósiles de plancton que dependen del oxígeno. Tal vez las aguas con poco oxígeno del cráter existían solo en ciertas capas de su columna de agua. O, como sucede con la zona muerta del golfo actual, tal vez esas aguas solo eran estacionales.
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Saber que la vida prosperó en el cráter Chicxulub recién formado les podría servir a los científicos para comprender cómo se adaptan las criaturas vivientes a las catástrofes en la actualidad, comentó Jason Sylvan, un oceanógrafo de la Universidad Texas A&M que no estuvo involucrado en la investigación.
El cambio climático ha elevado las temperaturas, ha agotado el oxígeno y ha acidificado las aguas en los océanos del mundo. No obstante, los científicos todavía no saben bien cómo responderán las comunidades microbianas, las cuales sirven para controlar la cantidad de oxígeno en la atmósfera.
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Para predecir mejor nuestro futuro, los científicos seguirán desenterrando los fósiles del pasado, en particular los de una de las extinciones más grandes en la Tierra.
©2020 The New York Times Company
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