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El matrimonio que tanto apreciaba ya no existía

Reportajes Especiales - Lifestyle

BC-MODERN-LOVE-CHERISHED-MARRIAGE-ART-NYTSF — The Marriage I Cherished No Longer Existed. (Brian Rea/The New York Times) — FOR USE ONLY WITH MODERN LOVE STORY SLUGGED BC-MODERN-LOVE-CHERISHED-MARRIAGE-ART-NYTSF FOR MAY 31, 2023. ALL OTHER USE PROHIBITED.
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El esposo que tanto amaba ya no estaba. ¿Por qué estaba contenta?

Benni y yo estuvimos casados casi 61 años, hasta finales de nuestros ochentas. No éramos la pareja perfecta. Él era madrugador, yo nocturna. Él veía deportes y noticias; yo me devoraba series policíacas británicas. A él le gustaba estar en casa, a mí salir.

Por otro lado, él se interesaba mucho en mi trabajo, me llevaba en auto a donde tuviera que ir y siempre me dejaba las últimas cerezas del tazón. Criamos a un hijo maravilloso. Viajamos. Tuvimos una buena vida.

Luego envejecimos y la diversión se acabó. Benni padeció todo tipo de enfermedades: la próstata, el riñón, el corazón, los ojos, la tiroides, artritis, sepsis. Pasé horas en salas de emergencia y unidades de cuidados intensivos. Pasé días enteros con compañías de seguros, bancos y agencias de atención médica a domicilio.

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Siempre pensé que era muy egoísta y quisquillosa como para ser cuidadora, pero de alguna manera me las arreglé para limpiar las heridas quirúrgicas, cambiar los catéteres y ayudarlo a bañarse. Fue difícil, pero fue aún más difícil ver cómo la mente de Benni se iba nublando.

De repente, se preparaba un refrigerio matutino hirviendo un kilo de papas y después se le olvidaba apagar la estufa hasta que sonaba la alarma de humo. No recordaba cómo usar el control de la tele y pasaba horas simplemente mirando al vacío. En los momentos más oscuros, releí una cita budista que un amigo me había compartido: "El sufrimiento empieza cuando la mente espera permanencia de lo que está destinado a cambiar. Acepta que nada permanecerá igual".

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Tuve que aceptar que el matrimonio que tanto apreciaba ya no existía y que el esposo al que tanto quería había desaparecido.

Cuidar de Benni se convirtió en una ocupación de tiempo completo y puse mi propia vida en pausa. Aplacé las citas para cortarme el cabello, cancelé citas con el dentista e hice algo que ningún actor o escritor independiente habría hecho jamás: rechacé trabajos. Perdí todo interés en socializar (¿de qué iba a hablar?). Sí llegué a tener pequeños momentos de placer: un breve paseo al atardecer por nuestro barrio en Los Ángeles, una siesta por la tarde, una dieta reconfortante a base de grasa animal y chocolate. Aun así, cuando me despertaba por la mañana, me aterrorizaba el día sombrío que me esperaba y temía la vida desoladora que tenía por delante.

Por el contrario, Benni creía que su condición era solo algo temporal y les aseguraba a todos que mejoraba cada día. Vivir en la negación a veces puede ser una bendición. Fue entonces cuando un día Benni de repente se cayó y sin sentir miedo ni dolor, se fue. (Si puedes elegir cómo irte de este mundo, elige un paro cardíaco).

Llamé al 911 y me comuniqué con un vecino. Pronto llegaron una docena más de personas que se quedaron y me ayudaron a superar las interminables horas con la ambulancia, la policía, la recolección del cuerpo y la búsqueda de diversos documentos. No me puedo imaginar cómo hubiera manejado todo eso por mi cuenta.

Nuestro grupo venía de Alemania, México, India y Texas. Trajeron vino y bocadillos. Tocamos la canción favorita de Benni de Louis Armstrong, "What a Wonderful World", y nos reímos con las anécdotas sobre el comportamiento a menudo excéntrico de mi esposo. Esa vigilia sencilla y espontánea fue el homenaje que mi esposo, tan sencillo y poco complicado, hubiera querido.

Al día siguiente me regalé una larga caminata y después de una ducha suave, el cielo sobre nuestra casa se iluminó con el arcoíris más espectacular que jamás había visto. Minutos más tarde, unos amigos llamaron para decir que un halcón se había parado en su ventana y los había mirado fijamente durante 15 minutos antes de volar. Dijeron que el halcón era Benni, que venía a saludar y a despedirse.

Ahora bien, no creo en fantasmas, espíritus ni nada de eso. Cuando alguna de mis amigas más fantasiosas me dice que "mantenga la mente abierta", yo le respondo: "No mantengas la mente tan abierta que se te caiga el cerebro". Pero, por muy incrédula que sea, aun así, encontré un gran consuelo en la poesía de los arcoíris y las visitas de las aves el día después de la muerte de mi esposo.

Nuestro hijo Jonathan voló desde la otra costa y decidimos recibir visitas de 5 a 7 p. m. todas las noches durante su estancia. Estas fiestas de cóctel/shivá poco convencionales fueron una forma maravillosa para mí de volver al mundo de los vivos. Me deshice de los pantalones deportivos que había estado usando durante meses y redescubrí los placeres del lápiz labial rojo brillante y los collares llamativos. Mi hijo se hizo cargo de todas las tareas del hogar, lo cual fue una bendición porque odio las tareas del hogar y había sido responsable de ellas durante el deterioro de Benni.

Después de que Jonathan se fue tuve que aprender a vivir sola. Ya no era un "nosotros", sino un "yo". Establecí cuatro reglas para mi nueva vida como soltera.

Primero, busca toda la ayuda que puedas para los asuntos prácticos. El Seguro Social me negó los beneficios de ser viuda porque habían perdido la copia de mi acta de matrimonio. Me tomó a mí y a un trabajador social muchas llamadas telefónicas y una visita a la oficina para resolver el lío.

Segundo, mantente ocupada. Todos los días me asignaba una tarea doméstica: un estante, un cajón, un armario. Fue liberador organizar el caos que Benni había dejado atrás. Además, me topé con algunos objetos entrañables que había olvidado, como un dibujo encantador que él había garabateado de los dos.

Tercero, consiéntete. Me di el lujo de un masaje, un tratamiento facial y una manicura y pedicura por primera vez en mucho tiempo y todo me pareció maravilloso. Quizás solo necesitaba que me tocaran.

Cuarto, interactúa con un ser humano al menos una vez al día. Reinicié activamente mi vida social y cuando no tenía una cita, me acercaba a la tienda de segunda mano local para hacer un poco de terapia de compras y por lo general me encontraba con alguien que se detenía a charlar.

Esas cuatro reglas me han ayudado a adaptarme a mi nueva vida en solitario y ha habido algunos momentos sorprendentes. Mientras la joven mamá detrás de mí en el supermercado tenía un carrito repleto de galones de leche, cajas de cereal y bolsas de papas fritas, mi carrito era un triste contraste que contenía un pequeño envase de leche, unos rollitos de huevo congelados y un plátano. Me sorprendió darme cuenta de que no me gustaría estar en su lugar.

Claro, ella tiene una vida plena, pero se dirigía a un hogar caótico con una familia que la necesitaba, mientras que yo esperaba con ansias regresar a un santuario de descanso, respiro y recuperación. Por primera vez en mucho tiempo, la única persona de la que me debo ocupar es de mí misma y no me considero muy exigente.

Cuando la gente me ofrece sus condolencias entre lágrimas parecen sorprendidos cuando les aseguro, con los ojos secos, que estoy bastante bien. No soy la viuda afligida que esperaban y yo misma me pregunto qué me pasa. ¿Por qué no siento la tristeza abrumadora que se supone debería sentir ante la muerte de un esposo amado?

Creo que la respuesta es que perdí a Benni mientras aún estaba vivo y fue entonces cuando lo lloré, en secreto y durante mucho tiempo. Lo que ahora experimento, más que dolor, es una agradable sensación de alivio. Me encantaba estar casada con Benni y ahora me encanta estar sola. ¿Cómo pueden ser ciertas ambas cosas? "Acepta que nada permanecerá igual".

Por supuesto, todavía hay momentos melancólicos. Una vez acerté un Wordle a la primera y Benni no estaba ahí para festejarlo conmigo. A veces me sorprendo poniendo la mesa para dos y sacudiendo la almohada en su lado de la cama. Cuando escucho un buen chiste, no veo la hora de compartirlo con él. He dejado de leer sobre viajes al extranjero porque no quiero acordarme de los viajes que Benni y yo soñábamos con hacer. Al mismo tiempo, estoy agradecida por mi nueva libertad. Como cuando quiero, veo lo que quiero y duermo toda la noche sin despertarme de un sueño perturbador a una realidad aún más inquietante.

Estoy pensando en cambiarme el color del cabello y en tener un perro. He redescubierto las alegrías sencillas de la vida cotidiana y para mi gran sorpresa, tengo frecuentes destellos de algo que pensé que nunca volvería a sentir: creo que se llama felicidad. No me juzgues, por favor.

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