Michael Bloomberg, ex alcalde de Nueva York aspirante a ser candidato a la presidencia por el partido demócrata. (REUTERS/Brendan McDermid)
Michael Bloomberg, ex alcalde de Nueva York aspirante a ser candidato a la presidencia por el partido demócrata. (REUTERS/Brendan McDermid)

Ser inmensamente rico no es bueno para tener sentido de la realidad.

Los multimillonarios no son necesariamente malas personas y la mayoría probablemente no lo sean. Sin embargo, algunos lo son y mi intuición anticientífica me dice que es más probable que los megarricos demuestren un mal juicio deformado por su ego incontrolado que el resto de nosotros, en particular en la esfera política.

No es difícil ver por qué: la gran riqueza atrae a gente dispuesta a decirle a un hombre extremadamente rico (o mujer, pero el egoísmo político es primordialmente una característica masculina) lo que quiere oír. En la arena política esto significa decirles a los multimillonarios que sus abundantes retribuciones financieras son tan solo una fracción de la enorme contribución que han hecho a la sociedad y que el pueblo les suplica que asuman el papel de líderes que les corresponde.

Pongámoslo de esta manera: hoy en día, a muchas facciones políticas se les acusa, con más o menos razón, de vivir en alguna especie de burbuja, fuera de contacto con la realidad estadounidense. Pero pocos viven tan inmersos en una burbuja como la élite multimillonaria y su séquito.

Ahora los multimillonarios en la burbuja se encuentran en un entorno en el que las preocupaciones sobre la creciente desigualdad, y la extraordinaria concentración de la riqueza en muy pocas manos, por fin parecen estar cobrando impulso político. Y no lo están tomando muy bien que digamos.

Por razones obvias, hablaré de Michael Bloomberg más adelante, pero, primero, permítanme hablar sobre la economía y la política de los multimillonarios en general.

Así que ¿los multimillonarios en general hacen enormes contribuciones a la sociedad? Para decir eso, no basta con argumentar que se han ganado su riqueza haciendo cosas productivas. Hay que argumentar que su riqueza no es lo único que han añadido al ingreso nacional.

Y ese es un argumento difícil de hacer cuando analizamos cómo la mayoría de estas personas han hecho sus fortunas. Después de todo, muchos de ellos se hicieron ricos en las finanzas y la industria inmobiliaria.

Ahora bien, no hace mucho tiempo, la economía mundial estaba por los suelos debido al estallido de una enorme burbuja inmobiliaria, que desestabilizó un sistema financiero ya bastante debilitado por “innovaciones” que supuestamente nos trajeron más riqueza —y que ciertamente enriquecieron a algunos embaucadores—, cosa que no fue así, y que acabaron por ponernos en un mayor riesgo de crisis. ¿Realmente quieren pronunciarse a favor de que los multimillonarios de la industria financiera han sido grandes benefactores?

El siguiente grupo más grande de adinerados, por cierto, hizo su fortuna en la moda y las ventas minoristas. La tecnología apenas ocupa el cuarto lugar, y cualquiera que siga las noticias lo sabe, existen algunas preguntas serias sobre hasta qué punto las grandes fortunas tecnológicas son versiones modernas de los botines monopólicos obtenidos por capitalistas obsoletos y sin escrúpulos.

También vale la pena destacar que a la economía estadounidense solía irle bien sin tantos millonarios como los que tiene ahora.

La historia económica estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial casi se puede dividir en dos mitades: una primera era, que termina por ahí de 1980, durante la cual la fiscalización progresiva, los sindicatos fuertes y las normas sociales limitaron la acumulación de extrema riqueza en el estrato más alto de la sociedad, y la era de la creciente desigualdad a partir de entonces. ¿Acaso la nueva prosperidad de los plutócratas “se filtró” al país en conjunto? No, al menos no según las medidas que yo conozco. Por ejemplo, la “productividad multifactorial”, la medida económica estándar del avance tecnológico (no pregunten), ha aumentado solo la mitad desde el punto de quiebre de 1980 en comparación con la era anterior.

¿Qué hay de la política? Muchos en Wall Street y una parte importante de la punditocracia son liberales en lo social, pero conservadores en lo económico, o al menos se inclinan hacia ese lado. Es decir, están a favor de la igualdad racial y los derechos LGBTQ, pero en contra de los aumentos de impuestos importantes a los ricos y la gran expansión de los programas sociales. Y ese es un punto de vista perfectamente coherente.

No obstante, en el interior de la burbuja de los multimillonarios, todos creen que sus posturas tienen un amplio atractivo popular. Pues no es así. La mayoría de la gente, incluidos muchos que se dicen republicanos, quieren ver impuestos más elevados a los ricos y un mayor gasto en programas sociales; pero, muy poca gente combina esos sentimientos con la hostilidad racial y el iliberalismo social, razón por la cual parecen votar en contra de sus propios intereses económicos.

A lo sumo, podemos decir que el distrito a favor del liberalismo social más el conservadurismo fiscal abarca solo un porcentaje mínimo del electorado. Cuando Howard Schultz (¿lo recuerdan?) apareció ondeando esa bandera para ver si alguien estaba de acuerdo, solo alrededor del 4 por ciento de los electores lo estuvieron. Y los primeros indicadores no muestran que a Bloomberg le esté yendo mejor, aun cuando, siendo alguien que dirigió con éxito Nueva York, tenga mejores argumentos que ofrecer.

No estoy diciendo que la sociedad estadounidense esté necesariamente lista para alguien como Elizabeth Warren o Bernie Sanders. Me preocupa en especial la política de “Medicare para todos”, no debido al costo, sino porque proponer la abolición de la seguridad privada podría inquietar a decenas de millones de electores de clase media.

Pero la idea de que Estados Unidos solo está esperando a que un empresario multimillonario sea el salvador que hace su entrada cabalgando sobre un corcel blanco, o más bien, como pasajero en una limusina negra, es sencillamente tonta. De hecho, es el tipo de cosas que solo un multimillonario podría creer.

*Copyright: c. 2019 The New York Times Company