
El gobierno de España cree que usted y yo estamos en riesgo de ser desinformados durante las próximas campañas electorales y ha creado una unidad específica para luchar contra las noticias falsas y su difusión en las redes sociales. La Unión Europea también cree que usted y yo corremos el mismo peligro y ha pedido a todas las grandes plataformas de internet que, de aquí a los comicios europeos del 26 de mayo, cuantifiquen con datos y comuniquen a Bruselas los resultados de su combate contra la desinformación.
Cómo será el peligro que incluso esas mismas plataformas también creen que todos somos el objetivo de interferencias maliciosas. Por eso Facebook ha anunciado el fichaje de tres verificadores, maldita.es, Newtral y la agencia AFP, que chequearán los contenidos en español con el objetivo de reducir hasta en un 80 por ciento la circulación de noticias falsas en esta red social.
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Las redes sociales pueden ser un igualador social e incluso un arma subversiva para los más débiles. En Venezuela, en una situación de ataque frontal y censura al periodismo libre y profesional, la oposición ha encontrado en las plataformas digitales una herramienta insustituible para difundir su mensaje. Por otro lado, como acabamos de ver, también pueden ser una trampa que se les tiende a las masas para manipularles o hacer que renuncien a su privacidad.
Sin embargo, una gran parte de la responsabilidad también es nuestra. El ansia de reconocimiento del ser humano tiene en las redes un potenciador que lleva, en muchos casos, a una situación de servidumbre voluntaria a las propias redes, a las cuales cedemos mucho más que nuestros datos personales.
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Arma de dominación política
La idea de un público que da permiso para ser dominado no es ni mucho menos nueva. Podemos retrotraernos al concepto de servidumbre voluntaria descrito por Étienne de la Boétie en el siglo XVI en su célebre tratado del mismo nombre. El filósofo francés consideraba la servidumbre voluntaria como un arma de dominación política. El estudio publicado en 2015 titulado What is the future of data sharing? confirmaba que en una variedad de países la gente estaba dispuesta a ceder datos a cambio de los potenciales beneficios que recibe por participar en las redes sociales. Esa resignación es servidumbre voluntaria en estado puro.
Bajo esta premisa, y aunque nos separa una distancia de cinco siglos, podemos hallar un sentido similar de arbitrariedad en la sumisión voluntaria de los sujetos al tirano, que en la relación entre los usuarios y las grandes redes sociales en las que los términos no están claramente definidos y tienen el poder potencial para hacer aquello que consideran conveniente. El caso reciente de Facebook vendiendo datos a Cambridge Analytics demuestra que dar nuestros datos gratuitamente y sin control a cualquier organización es casi tan serio como la servidumbre voluntaria a un tirano.
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Pero todas estas cuestiones no nos deben hacer olvidar que, aunque las organizaciones tengan su responsabilidad, los públicos tampoco son (somos) víctimas inocentes. En su último libro titulado Identidad: La demanda de dignidad y las políticas de resentimiento, Francis Fukuyama desarrolla una idea que no por sabida acaba de ser tenida en cuenta: el ansia de reconocimiento como motor de la vida de muchas personas es una característica primigenia del ser humano. La globalización habría duplicado la apuesta al respecto. En un mundo líquido, monetarizado y hambriento de identidad se produce la "vuelta a la tribu" de la que habla Zygmunt Baumann y que halla su reflejo en la victoria de Trump o el Brexit.
No hay duda de que las redes sociales ofrecen un escaparate absolutamente tentador al alcance de cualquiera para lograr un reconocimiento social que se antoja un móvil de conducta humana mucho más importante que los tópicos argumentos monetaristas. Cuando hay tanto que ganar, ninguna servidumbre parece tanta.
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Marca personal
De hecho, la educación actual a todos los niveles hace un esfuerzo constante por estar al día en esta materia. Se multiplican los cursos y workshops para dejar una buena impronta (digital footprint) en el ciberespacio que obtenga el reconocimiento y quizás admiración de los demás en el ámbito personal y profesional. Hacer marca personal en las redes sociales se convierte en requisito indispensable para ser tratado con dignidad por los compañeros de estudios o por los colegas del mundo profesional.
Es verdad que no faltan voces y datos discrepantes que alertan de los riesgos que acarrea esta monomanía por el reconocimiento, que en muchos casos ocupa tantas horas del día como el tiempo denominado productivo. En su libro sobre los iGen, Jean Twenge habla de una generación de jóvenes apocados, introvertidos, infelices y que disfrutan de relaciones personales de baja calidad.
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Joe Clement y Matt Miles publicaron en 2017 otro estudio que exponía las carencias intelectuales de los jóvenes que se han criado con un excesivo consumo de tecnología. No en vano, incluso Bill Gates y Steve Jobs se refirieron en numerosas ocasiones a cómo habían limitado a sus hijos el uso de nuevas tecnologías para su entretenimiento. Hace pocos días, se publicaba una información acerca del aumento de los suicidios de adolescentes, "la generación más infeliz de la historia", en el Reino Unido de tres a más de cinco por cada 100.000 habitantes.
Pero al final la pelota está en nuestro campo. De mantener a raya nuestro afán de reconocimiento dependerá que las redes sociales puedan ser más herramientas de emancipación que de sumisión y servidumbre voluntaria. En este sentido, la educación seguirá siendo una baza decisiva. El reto es construir un discurso viable al respecto que seamos capaces de llevar a la práctica.
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Publicado originalmente en The Conversation.
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