Satélites como los pequeños CubeSat —uno de ellos, el primero de Bután— podrían cubrir el planeta. (Agencia Espacial Europea)
Satélites como los pequeños CubeSat —uno de ellos, el primero de Bután— podrían cubrir el planeta. (Agencia Espacial Europea)

Durante dos años Ashlee Vance, el autor de la biografía Elon Musk: Tesla, SpaceX, and the Quest for a Fantastic Future, viaja por el mundo en busca de las innovaciones tecnológicas emergentes de mayor importancia: Palestina, Israel, China, Rusia, Australia, Islandia y Chile son algunos de esos lugares "donde hay un grado de imitación de Silicon Valley, pero también una impresionante cantidad de ideas y enfoques nuevos para esculpir el futuro", escribió el conductor del ciclo de videos Hello World.

"La monocultura que surgió en la zona de San Francisco está siendo desafiada por algo nuevo, diverso y acaso más poderoso", concluyó tras esas exploraciones por el mundo. "En algún punto del camino el valle perdió de vista que la tecnología era una herramienta, o lo que a Steve Jobs le gustaba describir como 'una bicicleta para la mente'", escribió en Bloomberg Businessweek.

Los CubeSat son parte del proyecto Birds-2 de ingenieros de Bután, Filipinas y Malasia.
Los CubeSat son parte del proyecto Birds-2 de ingenieros de Bután, Filipinas y Malasia.

"En lo central, Google, Facebook, Twitter y sus pares son empresas de publicidad. Su trabajo es diseñar servicios adictivos y hacer que pasemos en ellos la mayor cantidad posible de tiempo. Nuestro tiempo, nuestros datos, nuestros seres virtuales son el producto", agregó. "Estos servicios son tecnología, pero la tecnología es mucho más, y todavía es una herramienta que conserva su poder".

Como ejemplo, Vance señaló la industria aeroespacial. "En Australia, China, Dinamarca, Israel, Japón y Nueva Zelanda surgen operaciones de cohetes y satélites. Pequeños grupos de personas construyen cosas que solían necesitar los recursos de los gobiernos nacionales".

Naomi Kurahara fundó Infostellar en Japón: en lugar de académica es CEO.
Naomi Kurahara fundó Infostellar en Japón: en lugar de académica es CEO.

Así el Dragon, de Space X, llevó a mediados de julio de 2018 el satélite Bután-1 a la Estación Espacial Internacional, que desde allí orbitó. Creado en el pequeño reino asiático del que tomó su nombre, es parte del proyecto de satélites Birds-2, que los ingenieros butaneses del Instituto de Tecnología Kishu hicieron dentro del programa de maestría, junto con colegas de Filipinas y Malasia.

"Cambios similares se han dado en el transporte, a medida que las mejoras en las baterías y los motores eléctricos, los software de control y la inteligencia artificial han dado a la gente la creencia de que sus sueños de ciencia ficción son posibles. Tomemos el caso de Naomi Kurahara", propuso.

El biohacker Meow-Ludo Disco Gamma Meow-Meow se implantó un chip en la mano para pagar directamente la tarifa del transporte público.
El biohacker Meow-Ludo Disco Gamma Meow-Meow se implantó un chip en la mano para pagar directamente la tarifa del transporte público.

Se trata de una ingeniera eléctrica de Japón que en 2016 fundó Infostellar, una empresa que creó una forma más económica para que los satélites lleven información en el mundo. "En los años anteriores Kurahara probablemente se hubiera quedado en el mundo académico o trabajado en un gran conglomerado tecnológico. En cambio, asumió un riesgo, formó una startup y consiguió capital de inversores mientras cargaba a su hijo recién nacido a las reuniones y lo hacía dormir en una caja a su lado".

Entre los otros casos que destacó en la nota se hallan el del biohacker australiano Meow-Ludo Disco Gamma Meow-Meow, quien se implantó en la mano un chip para pagar directamente el pasaje en el transporte público de Sidney (y llegó a los tribunales cuando lo multaron por no tener ticket: ganó el caso) y el director del Laboratorio de Robótica Inteligente de la Universidad de Osaka, Hiroshi Ishiguro, quien creó una androide que puede tener conversaciones con humanos gracias a una combinación de algoritmos de creación de habla, tecnología de reconocimiento facial y sensores infrarrojos.

Japón también es el hogar del laboratorio de robótica de Hiroshi Ishiguro, que creo una androide capaz de conversar con humanos.
Japón también es el hogar del laboratorio de robótica de Hiroshi Ishiguro, que creo una androide capaz de conversar con humanos.

También el robot social Furhat, desarrollado en Suecia, que manifiesta gestos y emociones similares a los humanos en expresiones complejas, sin las limitaciones mecánicas de otras tecnologías, se puede personalizar con distintas caras y tiene dirección virtual de sus palabras mediante dos parlantes, que se sincronizan con el movimiento de sus labios. Además de hablar 30 idiomas, tiene cámaras en los ojos que le permiten mantenerse atento.

"Es un lugar común en la bahía de San Francisco que alguien con una app o una tienda online diga que está mejorando el mundo. En otros lugares, sin embargo, esa creencia tiene un significado real", argumentó Vance. "Lo tiene sin dudas en los laboratorios de Jerusalén donde se hacen órganos artificiales y entre los ingenieros que en el desierto de Atacama producen dispositivos que sacan agua bebible del aire, y para los científicos de Siberia que trabajan en general energía limpia de la fusión".

El robot Furhat, de una startup de Suecia, domina 30 idiomas y se puede personalizar su aspecto.
El robot Furhat, de una startup de Suecia, domina 30 idiomas y se puede personalizar su aspecto.

En Ramala, durante una conferencia de Patrick Collison —el multimillonario cofundador de la firma de pago en línea Stripe—, el autor observó que más de un tercio del público eran mujeres. Entre ellas estaba  la fundadora de una empresa online de lencería, Kenz, cuyo principal mercado es Arabia Saudita, y a la directora de tecnología de RedCrow, un servicio que alerta a la gente sobre ataques y violencia en los alrededores.

"Personas que alguna vez estuvieron limitadas por el aislamiento geográfico y la pobreza hoy aspiran a vender productos y servicios al mundo", agregó. Y concluyó: "La tolerancia del riesgo, alimentada y perfeccionada en Silicon Valley, ha encontrado nuevos hogares".

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