¿Cómo saber si tengo ailurofobia y la cinofobia?

Se trata de la fobia a los gatos y a los perros. Cuáles son las técnicas para tratar este miedo irracional

El miedo irracional a determinados animales es un temor que se da muchas veces. Serpientes y arañas, suelen ser las fobias que más se generan. Sin embargo, hay fobia a los gatos y a los perros. En el caso de los gatos, se llama ailurofobia y en el caso de los perros, se la conoce como cinofobia.

Siempre es bueno tener un animal de compañía. Sin embargo, hay que gente que no puede tenerlos por varios motivos. ¿Lo más común?, alergias . Pero hay otra variante: las fobias.

No hay que confundir entre el miedo lógico que nos puede dar el hecho de que un gato o perro nos pueda morder, por dar un ejemplo. Pero este no es el caso. La ailurofobia se da cuando este miedo nos paraliza y es irracional, cuando nos causa síntomas como ansiedad o pánico. Ahí se trata entonces de una fobia.

Si esto se produce cuando estamos cerca de un gato o también de solo de pensar en su presencia. Siempre es un miedo exagerado e irracional a estos felinos.

Pero, ¿cómo sabemos cuando tenemos esta fobia? Básicamente cuando aparecen una serie de señales o como por ejemplo, la hipervigilancia. Si el gato está presente no se puede pensar en otra cosa, hay nerviosismo a veces solo con escuchar un maullido. La persona con ailurofobia puede tener incluso reacciones fisiológicas como taquicardias, mareos, sudoración, dolor en el pecho y náuseas.

Lo más habitual es que la fobia a los gatos esté presente desde la infancia (Shutterstock)
Lo más habitual es que la fobia a los gatos esté presente desde la infancia (Shutterstock)

Otra cuestión a tener en cuenta son las conductas de evitación: evitar ir a visitar a un familiar o amigo solo por el hecho de que tenga un gato en casa.

Lo más habitual es que la fobia a los gatos esté presente desde la infancia y las causas puede ser varias. Las más comunes son: haber padecido un hecho traumático en el pasado, como por ejemplo haber sido atacado por un gato siendo niños, o haber visto una pelea entre gatos que nos haya marcado por alguna razón.

Existe lo que se llama, condicionamiento vicario, que es la ‘fobia aprendida’ o por observación. Si alguien en nuestro entorno cercano reaccionan de manera exagerada al ver un gato o nos dicen que nos alejemos, nuestro cerebro aprenderá que hay que tener miedo a los gatos.

La mejor forma la fobia es exponerse a la causa que la provoca
REUTERS/Khalil Ashawi
La mejor forma la fobia es exponerse a la causa que la provoca REUTERS/Khalil Ashawi

Y cuando no, siempre aparecen -y contribuyen a esta fobia- las creencias populares. Tradicionalmente los gatos, especialmente los negros, se han asociado a supersticiones y la mala suerte. La mejor forma la fobia es exponerse a la causa que la provoca, con la ayuda de un profesional. Exisiten lo que se llama las terapias de exposición, donde hay exponer al paciente de manera progresiva a la causa de la fobia, en este caso los gatos. Para conseguirlo, siempre hay que adaptarse a los ritmos del paciente.

La terapia cognitivo conductual es otro camino: se centra en la modificación de los pensamientos y el comportamiento de una persona que padece la fobia. Las técnicas de relajación tales como la respiración también son efectivas en estos casos.

Fobia a los perros

La terapia de exposición gradual, al igual que con los gatos, al objeto de la fobia ha demostrado grandes resultados
La terapia de exposición gradual, al igual que con los gatos, al objeto de la fobia ha demostrado grandes resultados

La cinofobia es aún más habitual en la infancia. Más allá de la predisposición genética que se pueda tener a padecer este tipo de miedos, hay dos aspectos que marcan de forma irremediable el inicio de la fobia: por un lado estaría el haber vivido durante la infancia una experiencia en cierto modo traumática con algún perro. Ya sea que éste haya mordido por más que haya sido jugando. También, que haya saltado encima y tirado al suelo. Esto puede generar un temor inicial que va empeorando con el paso del tiempo.

Por otro estaría el miedo generado por otros adultos de referencia, ya sea porque estos también tengan miedo al perro y el niño lo adquiera a base de observar sus reacciones; o porque los padres les insistan mucho en tener cuidado con los perros y les hablen de lo peligrosos que pueden resultar.

Entre los síntomas más habituales de las personas que padecen cinofobia está el miedo irracional e incontrolable al ver un perro, las ganas de salir corriendo, la sudoración excesiva y el aumento del ritmo cardíaco, así como en sus casos más extremos la ansiedad y los ataques de pánico.

En ese sentido, la terapia de exposición gradual, al igual que con los gatos, al objeto de la fobia ha demostrado grandes resultados en personas cinofóbicas, sobre todo en combinación con técnicas de relajación y respiración.

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