
Para cualquiera que pretenda entender a cabalidad la tragedia cubana, uno de los mayores desafíos consiste en identificar quiénes integran el elenco principal, cuál es la contribución de cada uno al espectáculo y, sobre todo, cuál debe ser la conducta de los espectadores mientras continúa la función.
En efecto, al igual que en el aclamado Rocky Horror Show de los años setenta, los últimos acontecimientos en Cuba producen horror, desconcierto y frustración.
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Horror ante la gravísima crisis humanitaria que mantiene postrada a buena parte de la población. Desconcierto ante las noticias sobre la posible conclusión de un acuerdo entre el régimen cubano y el gobierno de Estados Unidos que pretendería replicar la fórmula aplicada al régimen de Venezuela. Y frustración ante el evidente estancamiento de una situación que desangra al pueblo cubano sin acercarlo a su verdadero destino: vivir en libertad.
Cuba pareciera estar atrapada en un laberinto cuyas salidas conducen, una tras otra, al debilitamiento de la sociedad civil y, por consiguiente, a la postergación del desarrollo democrático. Mientras eso continúe, la isla seguirá prisionera de caudillos y aventureros más interesados en preservar su poder y su fortuna que en procurar el bienestar de los cubanos.
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Al igual que en The Rocky Horror Show, en la tragedia cubana encontramos tres protagonistas.
El primero es el pueblo cubano, neutralizado durante décadas mediante sofisticados mecanismos de represión y mediante la válvula de escape de la emigración —principalmente hacia Miami y, en menor medida, hacia otros destinos—, que ha servido para reducir periódicamente las tensiones internas. En nuestra analogía, los desprevenidos Brad y Janet representan al pueblo cubano.
El segundo protagonista es Estados Unidos, que desempeña un papel semejante al del Dr. Frank-N-Furter: el extravagante científico empeñado en realizar experimentos cuyos resultados difícilmente puede controlar. Su creación es Rocky, un humanoide de musculatura perfecta que pronto adquiere voluntad propia.
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En nuestra tragedia, Rocky es el régimen cubano.
El drama se desarrolla a partir de la interacción de estos tres personajes. Brad y Janet padecen los desvaríos, extravagancias y asedios de un universo poblado por seres inquietantes. Frank-N-Furter se regocija con sus experimentos, convencido de poder controlar aquello que ha contribuido a crear. Y Rocky descubre rápidamente que también puede manipular a quienes lo rodean.
Algo semejante ha ocurrido durante décadas con Cuba. Estados Unidos ha ensayado sucesivamente aislamiento, sanciones, negociación, apertura y presión, siempre buscando una fórmula capaz de conducir a una transición democrática. Pero esa transición resulta extraordinariamente difícil en una nación cuya sociedad civil ha sido sistemáticamente debilitada durante casi setenta años.
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Mientras tanto, sus gobernantes han perfeccionado un talento particular: extraer rentas primero dentro de sus propias fronteras y después fuera de ellas, justificándolo todo mediante la narrativa de estar construyendo un orden nuevo, supuestamente libre de explotadores y explotados. Con esa promesa sometieron al pueblo cubano durante casi siete décadas.
Pero todo espectáculo llega alguna vez a su acto final.
Así como Brad y Janet consiguen finalmente escapar del universo delirante de Frank-N-Furter, el pueblo cubano comienza a comprender que ninguna potencia extranjera podrá sustituirlo en la tarea fundamental: recuperar su libertad.
Estados Unidos podrá facilitar, presionar, negociar o equivocarse. El régimen podrá intentar prolongar indefinidamente la función. Pero el desenlace dependerá, en última instancia, de los propios cubanos.
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Porque para que termine el Rocky Horror Show cubano no basta con cambiar el guión. Hay que conseguir que Rocky abandone definitivamente el escenario.
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