Hay acontecimientos cuya verdadera dimensión solo se comprende cuando dejan de ser observados como episodios aislados. La crisis desatada en Ceuta -con el ingreso masivo de decenas de miles de personas en apenas unas horas- pertenece a esa categoría. Reducirla a un problema migratorio sería tan limitado como analizar la caída del Muro de Berlín únicamente como un cambio urbanístico en una ciudad alemana. En ambos casos, el hecho visible remite a una transformación mucho más profunda.
Durante buena parte de las últimas tres décadas, Europa construyó su política exterior sobre una premisa que parecía indiscutible: la globalización reduciría progresivamente el peso de la geografía, la interdependencia económica desalentaría los conflictos y las fronteras perderían centralidad como factor de poder. La ampliación de la Unión, la libre circulación de personas y mercancías y la consolidación del mercado único reforzaron esa percepción. Sin embargo, la realidad internacional siguió un camino muy diferente.
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La invasión rusa de Ucrania, la competencia por el Ártico, la militarización creciente del Indo-Pacífico, la disputa por los minerales estratégicos y la crisis de Ceuta parecieran acontecimientos inconexos, aunque no lo sean. Todos forman parte de un mismo proceso, que no es otro que el regreso de la geografía como elemento central de la política internacional.
No porque el territorio haya recuperado la importancia que tenía en los conflictos clásicos, sino porque el concepto mismo de frontera ha cambiado.
Durante siglos, una frontera se concebía como una línea destinada a impedir el avance de un ejército. Hoy continúa cumpliendo esa función, aunque cada vez resulta más evidente que también debe responder a formas de presión mucho más sofisticadas. Los Estados ya no proyectan influencia únicamente mediante capacidades militares, sino que lo hacen, además, utilizando la energía, la tecnología, las cadenas logísticas, los minerales críticos, los datos, la información y -en determinadas circunstancias- incluso los movimientos migratorios.
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No resulta casual que muchos de los principales episodios de tensión internacional de los últimos años compartan esa lógica. Bielorrusia facilitó el desplazamiento de miles de migrantes hacia las fronteras de Polonia y Lituania para ejercer presión sobre la Unión Europea. Turquía convirtió en más de una oportunidad la gestión de los refugiados sirios en un elemento de negociación con Bruselas. Rusia comprendió que el suministro energético podía condicionar decisiones políticas con una eficacia comparable a la de un despliegue militar. China hizo algo similar mediante el control de minerales estratégicos indispensables para la transición tecnológica. Así, la naturaleza del poder no ha cambiado, sino que han cambiado los instrumentos mediante los cuales ese poder es ejercido.
Es en el marco de tal contexto donde debe interpretarse lo ocurrido en Ceuta. Sería un error transformar este episodio en un juicio simplista sobre Marruecos. Rabat constituye uno de los socios estratégicos más relevantes de la Unión Europea en el Mediterráneo. La cooperación en materia migratoria, comercial, antiterrorista y de estabilidad regional convierte esa relación en una necesidad compartida y no en una opción política circunstancial. Precisamente por ello, cualquier alteración significativa del equilibrio fronterizo adquiere inevitablemente una dimensión estratégica. Entre actores profundamente interdependientes, los gestos suelen tener un impacto mayor que las declaraciones diplomáticas.
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La cuestión, por lo tanto, trasciende la discusión sobre responsabilidades inmediatas. Lo verdaderamente relevante es advertir que una frontera exterior de la Unión Europea puede transformarse, en muy poco tiempo, en un espacio donde confluyen intereses políticos, vulnerabilidades institucionales y mensajes dirigidos tanto al vecino como al conjunto de la comunidad internacional.
Aquí aparece, quizá, la principal enseñanza para Europa. Durante años, la Unión consolidó una enorme capacidad para proyectar normas, estándares regulatorios y principios jurídicos más allá de sus fronteras. Esa condición de “potencia normativa” le permitió ejercer una influencia considerable sin necesidad de recurrir a instrumentos tradicionales de poder. Sin embargo, el escenario internacional actual exige complementar esa fortaleza con una capacidad igualmente sólida para proteger sus intereses estratégicos. El respeto al Derecho Internacional, la defensa de la integridad territorial y la estabilidad regional solo conservan credibilidad cuando van acompañados de la capacidad efectiva de preservar las propias fronteras exteriores.
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No se trata pues, de militarizar la política migratoria ni de renunciar a los valores que caracterizan al proyecto comunitario, sino de comprender que la defensa de una frontera ya no depende exclusivamente de patrullas, vallas o sistemas de vigilancia. Depende también de la calidad de las alianzas, de la confianza política entre los Estados y de la capacidad para reducir aquellas vulnerabilidades que otros actores pueden convertir en mecanismos de influencia.
Existe, además, un aspecto que suele pasar inadvertido. Durante siglos, el objetivo de las potencias consistió en conquistar territorio. Hoy, en muchas ocasiones, resulta suficiente con proyectar la imagen de que otro actor ha perdido la capacidad de ejercer un control efectivo sobre el suyo. La disputa deja entonces de medirse en kilómetros cuadrados y comienza a medirse en percepción, credibilidad y capacidad de disuasión. Es una forma distinta de ejercer poder, aunque no por ello menos eficaz.
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Tal vez esa sea la razón por la cual la crisis de Ceuta merece ser observada con una perspectiva más amplia. No anticipa únicamente los desafíos migratorios que Europa deberá afrontar en los próximos años, sino que muestra un escenario internacional en donde las fronteras volverán a ocupar un lugar central, aunque ya no como simples límites territoriales, sino como espacios en los que converjan seguridad, cibertecnología, economía, diplomacia e influencia política.
Así, paradójicamente, la globalización no eliminó la importancia de las fronteras, sino que las hizo mucho más complejas. Y comprender esa paradoja será una de las condiciones indispensables para que la Unión Europea pueda desenvolverse con eficacia en un orden internacional que, lejos de estabilizarse, parece dirigirse hacia una competencia cada vez más intensa por el control de las nuevas formas del poder.
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El autor es Director de la Cátedra Unión Europea-UCES y Director Ejecutivo del Centro de Estudios en Ciberentornos y Sociedad Digital
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