El nuevo orden mundial

Vivimos un mundo de relaciones internacionales marcadas por los designios de las superpotencias, las cuales ostensiblemente han asumido y ejercen ese rol

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Vladimir Putin, Donald Trump y
Vladimir Putin, Donald Trump y Xi Jinping (Imágenes IA Infobae)

Nuevamente vivimos un mundo de relaciones internacionales marcadas por los designios de las superpotencias, las cuales ostensiblemente han asumido y ejercen ese rol. Los liderazgos intermedios han claramente perdido pie y no tienen la misma capacidad para influir o detener las acciones de las tres grandes potencias. Simplemente porque en la arena internacional (nunca mejor llamada arena) las ofertas de liderazgo no pueden ser vacías.

En función de su tamaño o de su economía, esos liderazgos intermedios pueden tener mejores o peores políticas de aproximación a las superpotencias. ¿Pero respecto a los otros países? Estos se pueden preguntar: ¿Qué tienes para ofrecer como líder? ¿Toda esa nada? Las buenas intenciones, que cuesta pensar que fueran tan buenas, son completamente insuficientes y además parecían construirnos un mundo con crisis superpuestas. Estos poderes intermedios estaban muy posicionados y, por lo tanto, este nuevo orden internacional los ha molestado e incomodado especialmente.

La realidad nos muestra a las superpotencias ejerciendo su rol como tales, ya sea en el área política, en el área militar o en el área económico-comercial. Y los demás ajustándose a ello para no padecer consecuencias, pero ya sus papeles de intermediarios son mucho más sufridos y mucho menos prepotentes.

De alguna manera, el nuevo orden, ha dado pasos y ha venido resolviendo el caos en que se encontraban las relaciones internacionales, uno a uno problemas que parecían irresolubles fueron encontrando respuesta: la crisis en Gaza, el programa nuclear bélico iraní, la crisis de Derechos Humanos en el Darien, en la frontera sur, Venezuela y el narcotráfico, y tantos otros conflictos menos expuestos a la opinión pública.

Queda Ucrania, ¿cuál es la razón por la que un país podría renunciar a sus reivindicaciones territoriales? Es simplemente la derrota, lo más terriblemente convincente que existe en el mundo de la política internacional. Obviamente, no queremos que Ucrania sea derrotada, queremos que mantenga su integridad territorial, queremos que salga bien de esta guerra de agresión. Pero parece obvio también que Rusia no quiere irse de Ucrania en ninguna circunstancia. Esto mantiene el problema en una trampa mortal, a un costo altísimo para la comunidad internacional, pero Rusia nunca va a dejar de pensar en Ucrania sino en términos militares. Y ni una derrota los va a convencer de que Ucrania no es importante para ellos en su lógica de defensa.

Estados Unidos, con su nueva imagen del mundo, nos coloca en un contexto en que todo cambia constantemente. Sus políticas y su ejercicio del poder han modificado en poco tiempo la forma en que las personas se ven a sí mismas cuando hacen política, cuando actúan socialmente, cómo expresan sus ideas. Hemos visto que es imposible hablar objetivamente de su Presidente sin que sea analizado en clave de amor-odio, en clave de emotividad confrontativa.

Y en ese marco de actuación, el mundo se transforma radicalmente, la perspectiva política se vuelve más realista, la fuerza militar y las sanciones tarifarias comerciales se aventuran en mundos extraños y desconocidos, con nuevos instrumentos políticos, creando nuevos mapas políticos. Las fuerzas navales demostraron que el mundo es muy pequeño, simplemente un campo político de convulsiones también en materia de creencias, dogmas, ideas respecto a las cuales quizás América Latina pensó que era inaccesible y que podía seguir por fuera como había hecho muchas veces en el pasado, sin reparar que sus problemas ya habían adquirido dimensión global y era cada vez más difícil mantenerlos pendientes.

Donald Trump, presidente de Estados
Donald Trump, presidente de Estados Unidos (REUTERS/Kevin Lamarque)

La historia, especialmente la historia moderna, demuestra que la ideología y la violencia son muy compatibles entre sí. En el siglo XX, las nuevas denominaciones de la izquierda y la derecha cometieron los más graves atentados y millones de personas perdieron sus vidas desde sus posiciones filosóficas.

Hoy, en nombre de la libertad y la justicia, se enfrentan en la economía y el comercio como campos de batalla potencias que llevan adelante un enfrentamiento muy particular, que no lo es, pero tiene el potencial de ser el más peligroso que la humanidad haya conocido, quizás porque los humanos no tendremos completo control de los conflictos como hemos tenido en el pasado. La evolución de la inteligencia artificial y la robótica tienen la posibilidad de transformar las capacidades de control humano de una confrontación en secundarias.

Bueno, Europa, insatisfecha, no encuentra su puesto en el cosmos; sus posiciones han evolucionado de políticamente correctas a incidentales mientras el enfoque causal de las relaciones entre las superpotencias cambia el mundo sin que ella quiera.

Es muy difícil hablar del Presidente Trump, como dijimos, la emotividad que despierta es muy intensa, sea a favor o sea en contra. Si osamos decir algo a favor, despertaremos el odio de muchos, y si osamos decir algo en contra, lo mismo, pero de otros. El Presidente Trump probablemente se ve a sí mismo, como lo vieron muchos votantes, como la persona ideal, un individuo especial, un empresario que debía ofrecer este servicio al sistema público basado en los éxitos del capitalismo para resolver los problemas y las crisis que parecían haberse transformado en irresolubles. Otros piensan, por lo menos, que “Trump no tiene principios”, “solo quiere réditos” (ya sean comerciales, ya sea el premio Nobel, ya sean minerales raros), pero no resulta así, es como si su campo político estuviera maduro para más, las nuevas tecnologías militares, la revolución técnica que se convierte en una revolución política, una nueva dinámica que fomenta un abordaje directo y despiadado a los problemas que no solo permanecían allí, sino que crecían, un abordaje que se hace en una medida que antes era inimaginable. Especialmente por sus permanentes desafíos a la corrección política.

La autoridad moral de los líderes había llegado a su punto más bajo en la época pre-Trump, algo que también se aplica a la compañía de los seguidores de los líderes que gobernaron a través de la corrupción, la ineficiencia y la permanente tentación autocrática. Cuando la autoridad moral muere, estallan conflictos políticos abiertos en todas las regiones del mundo. La gente se desespera ante la situación intolerable, la corrupción del sistema. El propósito ético para muchos en la política no es un factor decisivo, solo un enfoque causal conservador, pero obstinado, que probablemente nunca resolvió sus problemas fundamentales de la región, pero es seguro que la falta definitiva de propósito ético dejó a la región aún más lejos de esa posibilidad.

La verdad es que los problemas se fueron profundizando: la pobreza, la desigualdad, la violencia, el crimen organizado, las dictaduras como casos extremos (con los crímenes de lesa humanidad y las violaciones sistemáticas de DDHH) que se fueron instalando profundamente en las dinámicas territoriales, jurisdiccionales e institucionales de la región bajo la atenta mirada de los líderes del poder.

El ex dictador venezolano, Nicolás
El ex dictador venezolano, Nicolás Maduro; el cubano, Miguel Díaz-Canel; y el nicaragüense, Daniel Ortega

Esta sustancia política lo cambió todo para nuestras sociedades; todo ello ocurría en nuestro mundo regional y en el global mientras se pretendía hacer creer que se vivía en un mundo con reglas. El mundo que permitió la generación de todo eso, la instalación de tres dictaduras de Cuba, Nicaragua y Venezuela, la comisión de crímenes de lesa humanidad, la violación sistemática de Derechos Humanos, la crisis humanitaria y migratoria de Venezuela, no tenía reglas en realidad y, si había quizás alguna escrita en algún lado, quedó demostrado que eran inaplicables o que no había la menor capacidad de hacerlas funcionar. La existencia de reglas inaplicables es igual (o peor) que la inexistencia de reglas.

El mundo político global admitirá que era escéptico, pero luego intentó asimilar el contenido de estas crisis y se dio cuenta de que su acción era necesaria. Las crisis regionales le llegaron en forma de migración, en forma de crimen organizado, en forma de inestabilidad regional, en forma de amenaza a la paz traducida del original global en América Latina.

Si los derechos humanos no han logrado los beneficios que les corresponden a los pueblos, es por la dejadez, la ineficiencia o la corrupción del poder. La cuestión es que, en su legado, cuando la gobernanza del futuro se pregunte si los derechos humanos pueden proporcionarle a la gente soluciones, debemos entender que sí, que son un instrumento esencial, que es la política transversal que puede sostener procesos reales de cambio y que dé soluciones a esos problemas estructurales que afligen a la gente. Pero necesita otra clase de compromisos por parte del liderazgo político internacional o nacional. Lo digo después de haber batallado en minoría el tema durante cinco años como canciller en Uruguay y 10 años como secretario general de la OEA.

El rival natural del socialismo, el capitalismo, parece que esta vez tampoco será derrotado; está demasiado instalado en las tres superpotencias. El capitalismo no ha perdido en ninguna serie de conflictos de las élites internacionales, de las interacciones entre las superpotencias; al contrario, sale fuerte de los mismos. Los éxitos del capitalismo van marcados por una competencia brutal por parte de la nueva lógica comercial global; puede ser que por ahora teman por la seguridad de su poder en alguna región del mundo, pero ya casi no hay quienes se oponen al capitalismo en el ámbito económico. El capitalismo mide la lógica de poder en las relaciones de las superpotencias. El socialismo se ha adaptado a él; quizás el fin de la historia que refería Fukuyama no tenía que ver con una conceptualización político-institucional sino con la definición capitalista.

El destino de la economía y el comercio es volátil, pero el capitalismo casi siempre sale victorioso. La gobernanza triunfa sobre el capitalismo débil, pero hasta ahora no ha podido en ningún lado con el capitalismo fuerte. Cabe decir que la economía de mercado es principalmente una ideología económica con poderosos grupos permanentemente involucrados en el campo político, sea del signo ideológico que sean.

Pero lo último a nivel global es que la economía comercial internacional se convierte en un conflicto secular, una lucha de poder en la que la ideología todavía juega un papel, aunque el mismo ya no es dominante. Las crisis políticas de la región tienen su sino trágico político-ideológico tratando de resolver vínculos de dominio con economías que se perpetúan a sí mismas, con los poderes políticos tomando posiciones de poder, al cual nadie domina por mucho tiempo, un poder que es generalmente por corto plazo, marcado por la alternancia.

La economía continúa su marcha; quizás las dinastías que la misma forja políticamente han encontrado la forma para asegurar su dominio, pero ahora están en conflicto para mantener sus existencias como potencia. Nada es más funcional que eso. Luego, este conflicto vuelve a asolar los derechos humanos, y ello lleva a que el pueblo se canse o del autoritarismo o de la ineficiencia o de las dos cosas juntas. Las grandes potencias, en tanto, no garantizan en ningún momento que no habrá hostilidades. La incertidumbre forma parte del poder.

El destino de la economía
El destino de la economía y el comercio es volátil, pero el capitalismo casi siempre sale victorioso (Foto: Shutterstock)

Por todas partes, el poder militar toma lo que necesita de los países, alimentándose de la economía. Muestra que el impacto político que genera acciona poder financiero y poder comercial; estos poderes militares asegurarán poder internacional y la lógica del conflicto latente o en curso les da ahora un propósito en sí mismo, una lógica de retroalimentación inmediata.

En la política, la base de poder es reclamada por la cantidad de los votantes y la energía de esos votantes; ello es suficiente para generar fe o creencia en la propia causa ética y que la suerte está de su lado. La ironía del destino la da la democracia que lleva a todos, llegado el momento, a ser despedidos de su Gobernanza.

En las relaciones internacionales es un permanente despliegue de capacidad de fuerza o de sanción y de negociaciones; los poderes son construidos y luego asaltados. Lo que sucede en la dimensión internacional no tiene paralelo; a lo largo de la historia hemos visto civilizaciones, naciones y pueblos enteros desaparecer, con absoluta brutalidad visual y auditiva las reglas pueden ser arrasadas. Y esto es generalmente algo asimétrico; no todo el mundo lo puede hacer.

Existe una política de poder muy presente; los Estados persiguen constantemente la victoria y derrotan sin contemplaciones a quienes interfieren en sus negociaciones y objetivos. Esto no es una metáfora sobre la política de poder, sino el origen de cada acción: la búsqueda de un nuevo equilibrio de poder, que implica establecer cierta congruencia cultural y un clientelismo que represente principios.

Las organizaciones internacionales, que deberían promover una acción política sostenida para al menos preservar su relevancia, languidecen en la inacción. En el ámbito multilateral, las negociaciones con objetivos mínimos son la realidad. Ante este panorama, no existen patrones estables de credibilidad en la arena internacional, ya que este ámbito está en constante cambio.

Los principios y valores parecerían estar en nueva formación; la agresión se ha vuelto tolerada, despojada de su carácter maligno y transformada en un recurso.

Los vínculos políticos condicionan los aspectos clave de la acción política y, por lo tanto, es esencial comprender cómo se construyen las amistades y las alianzas en el actual escenario internacional.

Las relaciones políticas internacionales están especialmente marcadas por el liderazgo, que, de hecho y hasta cierto punto, conlleva responsabilidades dentro de una dimensión de clientelismo. En el actual escenario internacional, quien ejerce poder determina las limitaciones. El equilibrio es problemático, ya que se basa en una situación de alianzas “poco santas”. Clientelistas. Las dinámicas sistémicas internacionales están definitivamente deterioradas en función de problemas de Estado de derecho, de justicia, de corrupción, de venganza política, de desigualdad ante la ley, de desigualdad ante el sistema, de pereza, de falta de civilidad, de imposibilidad de aplicación de la ley, de falta de formación para el ejercicio de determinadas funciones, etc. Las nuevas condiciones de un mundo en permanente cambio han creado los nuevos problemas de la arena internacional; la vida diplomática del sistema tendrá que adaptarse a ello para que el mismo logre cierta sustentabilidad en esas condiciones. La Junta de Paz para Gaza parece marcar el camino.

*Luis Almagro es director del Observatorio de Democracia de CASLA Institute.