Colonialismo europeo del siglo XIX versus geopolítica del siglo XXI

Londres tiene buenas razones para ser hipersensible a la situación y el estatus futuro de Groenlandia

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Las banderas de Groenlandia y
Las banderas de Groenlandia y Dinamarca (Steffen Trumpf/dpa)

Una masiva y repentina ola de solidaridad ha surgido de ámbitos periodísticos, académicos y políticos del mundo hacia Dinamarca y uno de los últimos enclave coloniales de la Europa del siglo XVIII y XIX.

Al pintoresco espectáculo, se ha sumado en los últimos días el envío de un muy reducido contingente de tropas de países de la Unión Europea a custodiar Groenlandia así como el presidente francés impulsando el uso de fuertes represalias económicas y comerciales a los EEUU en respuesta a la suba de aranceles decidida por Washington contra ocho países europeos que cuestionan la pretensión de la superpotencia sobre esa gigantesca isla. Cabe recordar, situada a menos de dos mil kilómetros de la costa americana. En otras palabras, casi una decena de países de la OTAN en un escenario de muy fuerte tensión. Algo muy pocas veces visto desde su creación en 1949.

Habría que remontarse a 1956 cuando Washington presionó masivamente a Gran Bretaña y Francia por su ataque a Egipto o más recientemente en 2003, cuando países claves de la Unión Europea y de la OTAN cuestionaron la invasión a Irak. Sin duda Londres tiene buenas razones para ser hipersensible a la situación y el estatus futuro de Groenlandia. No faltarán mentes en los EEUU que se estén preguntando y analizando sobre otro caso de un enclave colonial desde 1833, tal como son las Malvinas e Islas del Atlántico Sur.

El paso natural estratégico entre Atlántico y Pacífico así como puerta de acceso Polo Sur. Sin olvidar que ese espacio austral es uno de los puntos óptimos para lanzar misiles balísticos nucleares desde submarinos. El Pentágono y otras agencias federales americanas tienen muy claro el rol central que a nivel geopolítico y económico tienen y tendrán los dos Polos.

Asistimos y asistiremos, más allá de Trump, a un EEUU con un fuerte foco en el hemisferio americano, tal como se expresa contundentemente en la reciente Estrategia de Seguridad Nacional dada a conocer por la Casa Blanca. Algunos de los ejemplos más claros son las operaciones en Venezuela, la exigencia de un desplazamiento de la presencia china en el Canal de Panamá, el firme apoyo al candidato anticomunista en Honduras, el contundente respaldo del Departamento del Tesoro a la Argentina, el retiro de visas para ingresar a los EEUU a políticos de la Argentina y Brasil, así como a jueces del Tribunal Superior de Justicia de ese último país. Sumando a todo ello desde ya, el caso de la colonia danesa que estamos analizando.

Cabe recordar que desde mediados del siglo XIX Washington ya mostró reiteradamente su interés estratégico en controlar Groenlandia. En 1940 apenas las tropas alemanas entran en Dinamarca, el presidente demócrata F. D. Roosevelt ordenaba a sus FFAA la ocupación de esa isla continente y la instalación de más de una decena de bases militares.

Luego, en 1946 el también presidente Truman ofrecía 100 millones de dólares en oro por la misma. Será en 1951, en el tramo final de los dos mandatos del mismo, que se firmaría un amplio tratado entre ambos países que le daría a la superpotencia un amplísimo margen de maniobra para localizar bases e instalaciones militares en la misma. Tratado que vale recordar está plenamente vigente.

Pos fin de la Guerra Fría con la URSS, las bases americanas se redujeron a una y actualmente servicio. En síntesis, analizar el tema Groenlandia bajo el paraguas de focalizar en la mentalidad y ambiciones personales de Trump es sin duda más que parcial e incompleto. Al actual residente en la Casa Blanca no hay que tomarlo siempre literalmente pero sí, sin duda, seriamente.

En este caso en particular como en tantos otros, él le agrega pimienta e impacto mediático a cosas que las agencias permanente del poder estadounidense vienen analizando y maniobrando desde hace mucho tiempo. Sin duda los decisores de política exterior y Defensa de la Argentina deberían seguir muy de cerca este proceso así como contar con mente abierta e innovadora para ver su influencia sobre el tema Malvinas e Islas del Atlántico Sur. Un presidente como Trump con una fuerte inclinación por resolver conflictos internacionales, podría algún día poner el ojo en el litigio existente entre británicos y argentinos.

Más aún si se asume la alianza estratégica que tiene con ambos y la creciente importancia para Washington de esa zona con vistas a la puja hegemónica que la enfrenta a China. Resulta interesante repasar los documentos y borradores que pasaron por las manos de Perón entre 1973 y 1974 para concretar un acuerdo con Londres.

Condiciones realistas y prudentes que el por tres veces presidente estuvo por firmar y que se truncó con su fallecimiento. Se suele decir que si el general Perón hubiese vivido dos o tres años más, la derrota de los grupos guerrilleros hubiese estado a cargo de él y no de las FFAA con poder político pos marzo de 1976.

Lo mismo se podría decir probablemente de la cuestión Malvinas. Es de imaginar que en los años por venir algunas de esas ideas bien vistas por Perón son recuperadas para algún esquema de diálogo entre la Argentina, los EEUU y Gran Bretaña, no aparecerán autoproclamados peronistas (o izquierdistas simulando serlo) acusando a los negociadores argentinos de apátridas y traidores.

Si algo aprendemos en estas últimas décadas, es que la retórica Malvinas sin el respaldo de alianzas internacionales de primer nivel, poder económico y poder militar, no nos llevaron a ningún lado. Exactamente lo que Londres quiso post 14 de junio de 1982.