
Con motivo de los 50 años de la capitulación alemana, que se cumplieron el 8 de marzo pasado, vale la pena revisar la película El Hundimiento (Der Untergang, 2004), dirigida por Oliver Hirschbiegel. Basada en las memorias de la secretaria personal de Hitler, Traudl Junge, así como en diversos documentos históricos, ofrece un escalofriante retrato psicológico del dictador nazi, a la vez que explora el fenómeno del fanatismo y el seguidismo ciego que lleva a toda una nación a una tragedia con millones de víctimas.
Encerrados en el búnker de la Cancillería, Adolf Hitler y sus últimos y fieles seguidores viven las últimas horas del Tercer Reich entre la negación, el miedo y la alucinada obediencia. Mientras Berlín se desmorona bajo las bombas, ellos permanecen en el subsuelo de la capital alemana, negando la realidad.
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Al revisar la cinta desde el contexto actual, es imposible no trazar ciertos paralelismos con la situación en Gaza e imaginar ese mismo estado desquiciado en los líderes y altos mandos de Hamas que se enfrentan a lo que aparentan ser los últimos días del grupo, si sus aliados occidentales no lo impiden. Y es que, más allá de la historia alemana, El naufragio pone de relieve mecanismos universales: el fanatismo, la ideología llevada al absurdo y el sacrificio de los pueblos adoctrinados en nombre de un mito. Así como Hitler, atrincherado en su búnker afirma que no le importa lo que le pase a su pueblo; Hamas se esconde en sus túneles condenando a la población civil a pagar un precio sangriento por un conflicto que ellos mismos iniciaron. Igual que Hitler, el fallecido líder de Hamás en Gaza, Yahya Sinwar, exponía en 2018 el mismo desprecio: “… decidimos convertir lo que nos es más querido – los cuerpos de nuestras mujeres y niños- en un muro de contención…”.

Y es que, en ambos casos, la narrativa heroica del sacrificio, la negación de la realidad y la manipulación de las masas confluyen en escenarios de muerte, sufrimiento y colapso moral. El búnker de Hitler y los túneles de Hamas simbolizan no solo refugios físicos, sino sobre todo trincheras ideológicas que permite a sus líderes aislarse del sufrimiento que provocan, mientras arrastran a miles de personas a una catástrofe evitable.
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Durante las dos horas y media que dura El Hundimiento, el espectador asiste al desplome de un régimen que, hasta el último minuto, se niega a aceptar la derrota. Hitler, rodeado de una corte de funcionarios y militares leales, ordena movimientos militares inexistentes, sueña con contraofensivas imposibles y castiga a sus generales por “traición”. Es en este entorno claustrofóbico, donde se revela el núcleo patológico del fanatismo: la incapacidad de aceptar el fracaso, la deshumanización del otro y la disposición a sacrificarlo todo —incluso a su propio pueblo— por una idea que ya no tiene ningún contacto con el mundo real.

En Gaza, Hamas se hunde en una lógica igual de mortífera, y como en Berlín en 1945, la estrategia militar ya no tiene como objetivo la victoria, sino la supervivencia de una narrativa ideológica, a costa de la realidad y del martirio de su pueblo. El liderazgo de Hamas se ha caracterizado por convertir a las personas en escudos, por instalar arsenales en zonas densamente pobladas y refugiarse en estructuras subterráneas mientras la superficie es arrasada. La muerte de sus ciudadanos no es un fallo, sino la sustancia misma de su narrativa. El cálculo es claro: maximizar el sufrimiento civil para obtener una victoria “moral”, simbólica o mediática.
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Es la glorificación nihilista del dolor. Mientras tanto, los medios internacionales compran ese relato, repiten eslóganes, adoptan cifras sin verificar, y raramente cuestionan la responsabilidad del régimen islamista en el sufrimiento que ellos mismos han causado.
La relación ideológica entre el islamismo radical y el nazismo no es simplemente metodológica, sino que comparte un corpus ideológico que, como un túnel en el tiempo, conecta y actualiza la colaboración del muftí de Jerusalén, Amin al-Husseini, con los nazis – propaganda y reclutamiento de musulmanes para las Waffen SS -, y los pasillos subterráneos donde Hamas se oculta de la realidad y del pavor.
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Además, la antropóloga francesa Florence Bergeaud-Blackler, en su libro Le Frérisme et ses réseaux, documenta los vínculos entre los Hermanos Musulmanes —origen de Hamas— y el Tercer Reich. Hassan al-Banna, su fundador, admiraba la disciplina del nacionalsocialismo y compartía su antisemitismo virulento. Por su parte, el periodista Mohamed Sifaoui ha ido más allá, identificando no solo afinidades ideológicas sino también estrategias de propaganda, victimismo y manipulación emocional comunes entre ambas corrientes. El odio compartido a los judíos y la oposición al orden occidental crearon un puente ideológico cuyos ecos aún resuenan en los túneles de Gaza.
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