
El mundo entero y muy en particular América Latina se conmovió ante la sentida despedida que el pueblo y el gobierno chilenos le acordaran a Sebastián Pinera. Atónitos vimos a líderes políticos honrar la memoria de un rival, reconocer sus logros y proclamar sus virtudes. Aún más, vimos a un jefe de Estado actuar como líder espiritual de un país que lloraba y admitir errores en su conducta política para luego afirmar que el único camino del progreso es el de la contienda civilizada y la gestión republicana que priorice al país sobre los intereses parciales. En síntesis, de Chile surgió una vez más una guía para la política democrática.
Para quienes conocen la historia de Chile este renacer democrático no es nuevo. Cuando Andrés Bello se traslada a Chile descubre -según le confiara sus amistades y parentela venezolana- una nación pujante económicamente y poblada por ciudadanos que se distinguían por su sensatez y capacidad de concertar acciones. Y allí murió sin intentar jamás regresar a Venezuela.
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El juicio de Bello sobre el país y sus habitantes ha demostrado ser exacto. Chile es una de las naciones de América que ha sabido limitar sus conflictos y cambiar la dirección política en función del fortalecimiento democrático.
Así transformó una economía controlada por una oligarquía terrateniente en un ejercicio de agricultura exportadora moderna y la actividad minera en una de participación armónica del capital extranjero, capital nacional y mineros de menudeo que gozan del apoyo de instituciones públicas de financiamiento y colocación de sus metales en el mercado internacional. Es más, se trata de la economía mas diversificada del continente en términos de mercados de exportación en los que los vinos y el salmón chileno se ofrecen en Beijing, New York, Londres, San Pablo o Ciudad del Cabo.
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Destruyó así Chile el mito de que los países de mercados pequeños no pueden alcanzar el desarrollo. En lo político también destruyó dos mitos importantes. El primero en la década de los setenta Chile le demostró al mundo que una fuerza de izquierda podía llegar al poder por la vía democrática. Cuando el timonel llevó al país al caos, el país perdió su democracia y su libertad. Pero desde esa postración se recompuso y rompió otro mito. Se creía que un régimen de fuerza no podía ser depuesto de manera pacífica. Chile logró esa victoria cívica y derrotó a la dictadura en un referéndum, no en una batalla. Y el régimen arrió las banderas del autoritarismo para dar paso a la democracia.
Hoy se encamina a destruir otro mito. Se dice y se repite que toda manifestación de izquierda en América Latina ha sido sembrada, cultivada y dirigida por el Foro de Sao Paulo y los adalides del Socialismo del Siglo XXI. Quienes así opinan no parecen haber visto nunca las favelas, rancherías y villas miseria que albergan a la mayoría de los Latinoamericanos.
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Gabriel Boric pronto probará cuan equivocados están quienes así piensan. Las democracias sustentables son aquellas en las que predomina el centro. El centro tiene dos tendencias. La conservadora que crea capital. La liberal que abre las compuertas a la participación. Ambas tendencias imponen un equilibrio que es lo que se llama juego democrático. La primera victima del Socialismo del Siglo XXI fue la centro izquierda porque ella era el obstáculo a su proyecto de eternizarse en el poder, saquear la hacienda pública y crear pobreza. La conducta de Boric como presidente de Chile ha reivindicado a esa centro izquierda que hoy no solo le acompaña sino que es capaz de denunciar las horripilantes violaciones a los derechos humanos que se perpetran en Cuba, Nicaragua y Venezuela. Una centro izquierda cuyo objetivo principal es preservar y hacer crecer la democracia. Esa centro izquierda ha renacido en Chile. Ojalá enviase ramas al resto del continente empezando por Argentina.
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