
Hace poco tiempo, visité el museo de Yad Vashem en Jerusalén. Mientras recorría las diversas exhibiciones, me quedé con una pregunta dando vueltas en mi cabeza: ¿por qué la sociedad alemana no reaccionó de manera rotunda en los propios inicios de la propaganda antisemita, por ejemplo, tras la publicación del libro Mein Kampf? Un pensamiento parecido resonó en mí la semana pasada, cuando vi las imágenes de la reciente quema del Corán ante una mezquita, en Suecia. Ya el hecho de que eligieran el día del sacrificio (que representa una de las celebraciones principales en la vida de un musulmán) para realizar su demostración contra los musulmanes me hizo acordar a los nazis que solían a propósito seleccionar fechas del calendario judío para manifestar su rencor.
Cabe aclarar que no comparo, ni es la intención asimilar la propaganda antijudía de Alemania durante la época prenazi con este acontecimiento islamófobo en Suecia, sino que me parece llamativo que a lo largo de la historia se diera siempre el mismo esquema: el supuesto derecho a la libertad de opinión ha servido como una licencia para el discurso de odio. Sea el genocidio más atroz del pasado o la persecución contemporánea contra cualquier minoría religiosa, política y étnica, la cuna de la propaganda fue y es siempre el discurso que luego evoluciona y adopta nuevas expresiones.
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De hecho, el debate sobre la libertad de expresión ha dividido a nuestras sociedades. En un extremo, hallamos sistemas totalitarios o teocráticos que silencian cualquier opinión opuesta y censuran la libertad de expresión bajo la presunción de blasfemia. Por otro lado, hay sectores que consideran que cualquier limitación a la libertad absoluta de opinión podría poner en peligro los valores democráticos.
Suecia misma es un buen ejemplo de esta discusión permanente en la búsqueda del equilibrio ideal entre la libertad y el control. En 1776, este país escandinavo se convirtió en el primero en declarar la libertad de prensa como un derecho protegido por la constitución. No obstante, en 2005, el caso del pastor evangélico Ake Green que, en su sermón, había categorizado públicamente a la homosexualidad como “un tumor canceroso” dividió no solo al sector civil, sino también a los expertos en leyes. Tras varias idas y vueltas, al final, el pastor fue declarado absuelto por la intervención de la comisión europea de los derechos humanos. Otro caso que puso a prueba la sensatez de las autoridades ocurrió en 2017 cuando el partido neonazi “NRM” quería realizar una manifestación el día de Yom Kippur cerca de la sinagoga principal de Gothenburg. Debido a la ambigüedad en sus respuestas y explicaciones, ni en aquella ocasión ni ahora, tras la quema del Corán, las autoridades lograron transmitir a sus minorías religiosas su compromiso absoluto. En esa ocasión, tras la presión de varios países musulmanes, el gobierno al final expresó su apoyo a los fieles y aclaró que tal acto islamofóbico es una ofensa contra los que profesan esta religión. Pero, a su vez afirmó que este tipo de manifestaciones no están prohibidas por la ley.
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Hoy creo que la demarcación precisa y coherente entre discurso de odio y libertad de opinión es la columna vertebral en pos de asegurar la paz en una sociedad pluralista. Según el islam, la libertad de opinión es un derecho fundamental, pero cada derecho requiere ciertas responsabilidades y normas. En nombre de la propia libertad, uno no puede insultar o atacar a los demás, ni ignorar sus derechos. Es un principio universal que la libertad de autodeterminación termina donde comienza el círculo del otro. Tomemos el sistema de tráfico como un ejemplo simple: cada conductor tiene derecho a manejar libremente su auto dónde y cómo quiera, solo si respeta el derecho y el espacio de los demás. Si se concediera una libertad ilimitada a cada conductor, habría un caos en las calles. Por lo tanto, en el intento de tener un sistema de tránsito exitoso y seguro, se requiere, por un lado, que cada conductor ejerza con responsabilidad su derecho a manejar su auto y, por otro lado, se requieren ciertos límites y normas que cada individuo debe respetar por el bienestar de todos.
En resumen, el islam apoya firmemente el hecho de expresar la propia opinión para analizar o cuestionar racionalmente las doctrinas y los asuntos religiosos. Lo que se prohíbe es provocar o injuriar a otros cobardemente escondidos bajo el escudo de la libertad de opinión.
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Por supuesto que en relación con los ataques espantosos contra los periodistas de Charlie Hebdo o contra Salman Rushdie es importante recalcar que no hay ningún permiso ni justificación para que un musulmán tome la ley en su mano y responda violentamente, incluso a provocaciones o actos blasfemos. Al contrario, el islam condena todas las formas de violencia y terrorismo que se realicen en nombre de la religión. No hay un solo versículo del Corán, ni un solo acto en toda la vida del Profeta Muhammad donde él hubiera mostrado alguna reacción violenta o hubiera castigado a alguien debido a sus actos blasfemos. Al contrario, enseñó a sus seguidores a obrar con paciencia y sabiduría ante tales situaciones.
En conclusión, queda pendiente para muchas sociedades marcar la diferencia entre la libertad de opinión y el discurso de odio. Al mantener el silencio y al seguir postergando la respuesta no se propone una salida, sino un camino hacia el abismo. Martin L. King solía decir: “No me preocupa la maldad de los malos, sino el silencio de los buenos.” Poner en palabras estos hechos puede ser entonces un primer paso para quebrar ese silencio en pos de la integración y el mutuo respeto interreligioso.
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Marwan Gill es Imam (teólogo islámico) y Presidente de la Comunidad Musulmana Ahmadía en Argentina.
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