La selección argentina llegó al Washington Post, aunque no por la grandeza de Leo Messi, ni por la expresión de incredulidad de Nahuel Molina al convertir ese gol producto de un pase de ensueño, ni tampoco por la fortaleza mental de Dibu Martínez, el que se come a todos los ejecutantes de penales que pueda haber en el planeta. Llegó por una columna de opinión de Erika Denise Edwards.
La autora interroga sobre la composición étnica del equipo argentino, ya que, a diferencia de tantas otras selecciones, carece de jugadores negros. Según la autora, ello sirve para reproducir el mito de Argentina como nación blanca, narrativa de aquella elite ilustrada de la segunda mitad del Siglo XIX promotora de inmigración europea: Sarmiento, Alberdi y Urquiza, entre otros.
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Creer en la “blanquización” como requisito de la modernización no era inusual entre las elites constructoras de la nación y el Estado, y no solo en Argentina. Varios de los Padres Fundadores de Estados Unidos fueron propietarios de esclavos. Y el Partido Demócrata, vehículo del progresismo americano de hoy, era esclavista y Confederado. A partir de 1877, los “dixiecrats” construyeron Jim Crow, el régimen autoritario segregacionista del Sur.
Ello como ejemplo para contextualizar la historia, pues descontextualizarla es una manera de reescribirla a voluntad de acuerdo a cánones personales, en relación a una sociedad tanto como en relación al fútbol.
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La selección es el estudio de caso de la nota en cuestión, la muestra estadística de un país supuestamente racista. Si existe un contraste con las selecciones europeas, ello tiene un nombre en los libros de historia: colonialismo. Y si el cargo es que los argentinos reniegan de su propia negritud, con ello se rechaza la validez de su propia subjetividad, contradiciendo los cánones metodológicos usados en los estudios culturales de hoy.
En otras palabras, si el sujeto puede definir su género a voluntad de acuerdo a qué y cómo se siente, ¿por qué no podría definir su raza de la misma manera? Y convengamos que “género” presenta atributos mucho más objetivos que “raza”.
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En toda esta discusión se pierde lo esencial: que el concepto de “raza” está diluido por el mestizaje, ello en la sociedad argentina como tantas otras. Como tal, no es más que una construcción socio-cultural y, por ende, subjetiva. Una sociedad visualmente más blanca que otras en América Latina, pero donde el 56% de su población cuenta con presencia indígena en su ADN. Así y todo, ¿cómo se definen los argentinos, blanco, indio, negro?
La pregunta resultaría absurda para los propios jugadores. ¿De qué raza eran chocolate Baley, el negro Ortiz y el negro Enrique, todos campeones del mundo? ¿Y de qué raza era el “Duerme Negrito” que escribió el mestizo Atahualpa Yupanqui y cantaba la mestiza Mercedes Sosa? Entre tantos ejemplos de lo mismo.
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No obstante, es bueno que el tema llegue al fútbol, claro que hablar de fútbol sin conocer demasiado lo complica. Es una buena intuición metodológica proyectar el medio futbolístico para examinar a toda la sociedad, pero ello debe hacerse con cuidado. El fútbol es ese microcosmos, sin dudas. Allí reside precisamente el mestizaje, el crisol de razas, la ensaladera de una sociedad hecha de orígenes diversos.
Es al mismo tiempo un medio brutal, donde la única discriminación es la del talento. Si algún afro tuviera ese talento, estaría en este equipo, así como estuvo Chocolate Baley. Nótense los nombres de los jugadores, todos descendientes de inmigración europea mezclada con población indígena, italianos, españoles e inclusive judíos entre otros; no debe olvidarse el nombre de José Pekerman, formador de campeones en una sociedad con frecuencia considerada antisemita.
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Por un rato cada cuatro años, la selección es el reflejo y el deseo de un país mejor. Ella recupera la identidad nacional, se sutura el tejido social tan severamente rasgado, se reconstruye la civilidad perdida. Argentina es una sociedad dividida en tantos sentidos, de ahí “el sentimiento de una ansiosa comunión entre el equipo y sus hinchas”, tal como lo puso de manera conmovedora Jonathan Wilson en The Guardian.
Estos “chicos”, como se llaman entre sí, son los próceres de un país muy golpeado. Nótese a Leo Messi y Dibu Martínez en la foto que acompaña este texto. La escena es de dos líderes que se resisten a terminar con este sueño, se agarran a él con uñas y dientes. Capturan la imaginación popular porque a su vez permiten soñar con algo más heroico aún: terminar con la pobreza de media sociedad, recuperar la plata robada por la corrupción, rellenar la grieta con democracia y libertad.
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Pero el día después, vencedores o derrotados, Argentina volverá a su realidad. El pobre volverá a su pobreza y el rico a su riqueza, parafraseando a Serrat, el adversario político volverá a ser el enemigo, la crispación volverá a capturar la hegemonía narrativa. Se trata de una sociedad tan dividida. Pero, eso sí, la división racial es de las menos importantes.
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