
Desde ayer, cuando a sus 96 años fallecía Isabel II de Inglaterra, siento una congoja incompatible con un personaje que jamás conocí.
Me pregunto si será porque a sus tiernos 21 años prometió en un discurso público que, viviera una vida corta o larga, la dedicaría entera a servir al pueblo de la Mancomunidad Británica y lo cumplió a rajatabla, algo tan raro de ver en la realidad de cualquier servidor público en cualquier ámbito. Y menos por setenta años seguidos.
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O quizás porque pienso en el fastidio que me dio cada vez que participé, como figura pública -en una dimensión infinitamente menor a la suya-, de algún evento, como cortar una cinta inaugural, conocer funcionarios de una institución, visitar un museo poco interesante o algo similar, fingiendo sonrisa e interés; mientras ella lo hizo durante 70 años, con un aparente entusiasmo digno de un niño al que lo llevan a Disney.
Quizás, sea porque con tanto estoicismo soportó los múltiples escándalos familiares durante décadas. Desde el comportamiento díscolo de su hermana, hasta las supuestas infinitas infidelidades de su amado marido, pasando por los amoríos y divorcios de sus hijos hasta llegar a la acusación de su hijo Andrew, involucrado en una red de pedofilia y la violación de una menor. Sin olvidar escándalos de malversación de fondos, de manejos discrecional de las arcas del estado que los mantiene hace centurias, incendio de palacios y demás, todo poniendo “buena cara al mal tiempo”.
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O quizás se deba a que sobrevivió a tantas guerras, tanto avance tecnológico, tantos líderes mundiales, desde Churchill y Gandhi hasta Reagan hasta Trump caminando delante de ella, ignorándola durante un desfile. Todo con admirable hidalguía.
O es posible que las múltiples acusaciones que sufrió su imperio -la mayoría de ellas justificadas- de maltrato y explotación a sus colonias, la hayan tocado personalmente, pero haya podido seguir incólume en su tarea.
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Quizás mi congoja viene porque sé que sacrificó en parte su labor de madre, en pos de su tarea como soberana. Que se negó a recibir a dictadores, si bien su papel no le permitía tomar postura política.
Quizás es por saber que vivió una vida llena de privilegios envidiables, pero inundada de obligaciones subyacentes. Que las apariencias y el control de las situaciones en todo momento, seguramente pusieron freno a lo que en su círculo íntimo era su famoso sentido del humor.
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Quizás es que me imagino que nunca, en 96 años, pudo dar rienda suelta a su verdadera personalidad, llegando al extremo de, en estado de fragilidad terminal, arreglarse, con peluquera Real incluida y esperando al fotógrafo Real, para que inmortalizara, a dos días de su muerte, la ceremonia de recibimiento de la nueva primer ministro. Siempre cumpliendo con su deber. Se le pidió más que a cualquier ser humano, como dijo de alguna forma el ex primer ministro Boris Johnson hoy frente al parlamento.
No. Creo que no son ninguna de esas cosas. Creo que mi congoja viene de algo más personal. Isabel Alejandra María, reina de Inglaterra y soberana de Canadá, Australia y tanto lugar más, tenía la edad de mi mamá y, hasta de jóvenes, se parecían. Anoche, en la soledad de mi almohada, se me cayeron lágrimas de tristeza y nostalgia recordando cuando, al tomar mi primer respiro de cuidarla en el hospital, decidí volver a casa a bañarme, fuera de ese cuarto aséptico y juntar algo de ropa, para recibir la llamada de la médica a las 3 de la mañana que me dijo: “Vuelva, su mamá está muriendo”. Ellos lo saben. Lo pueden adelantar con minutos u horas.
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Ahí recordé como llegué a verla viva, logré decirle tantas cosas. Aunque sé que me escuchó, ya no hablaba. Y me fui, en mi imaginación, directo al castillo de Balmoral, donde todos los títulos y riquezas de sus hijos y nietos no les evitarán el dolor de perder a su ser amado. Reina o plebeya, una madre es una madre.
Si, creo que fue eso.
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