Mejor no hablar de ciertas cosas

El único modo en que podemos perfeccionar nuestros puntos de vista es cuando hay alguien frente a nosotros que opine distinto

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Una de las historias más trágicas e icónicas del Talmud es la que relata la muerte del gran sabio Rabí Iojanán. Luego de una fuerte discusión, su compañero de estudio decidió abandonarlo por completo (esta historia y sus pormenores ameritaría un texto en sí misma). Cuando el lugar quedó vacante, cientos de personas quisieron ocupar ese espacio: ¡era la posibilidad de estudiar con el máximo líder espiritual de la generación! El elegido fue un gran sabio llamado Rabí Eleazar Ben Pedat. A pesar de las expectativas, el estudio no prosperó: Rabí Iojanán descartó a Rabí Eleazar porque éste no le discutía nada; por el contrario, le daba la razón en todo. “¿Yo necesito que vos me digas que tengo razón? ¡Lo que yo necesito es que me digas que estoy equivocado, que me discutas, que me muestres mis errores! ¡Eso se llama estudiar y ese es el único modo de crecer intelectualmente!”. Los alumnos de Rabí Iojanán buscaron desesperados a alguien que tuviera el nivel cognitivo como para desafiar las ideas del gran sabio, que no buscaba complacencia, sino afilar su pensamiento y poder perfeccionar sus argumentos. Al poco tiempo, y sin poder encontrar alguien que pudiera discutirle, Rabí Iojanán cayó en una fuerte depresión que luego le causó la muerte.

El mensaje, por más que sea bastante claro, parece absolutamente ignorado en la actualidad: el único modo en que podemos perfeccionar nuestros puntos de vista es cuando hay alguien frente a nosotros que opine distinto. Necesitamos que nos discutan. Hoy en día, nada de esto ocurre. Vivimos en una época en la que, si bien en la superficie todo el mundo dice defender la “libertad de expresión”, lo cierto es que nos hemos auto-condicionado de manera absolutamente ridícula a no opinar de temas centrales. Muchísimos tienen miedo a expresar lo que opinan respecto a ciertos temas álgidos, por temor a ser “cancelados” o acallados. Como lo dijo Luca Prodan (aunque con otro espíritu), “mejor no hablar de ciertas cosas”. Por más que no hablar de estas “cosas” tenga como resultado achatar intelectualmente a toda una generación.

El pensamiento crítico es hoy una mala palabra. Nos hemos impuesto una prohibición a pensar distinto. Y todo aquel que ose intentar oponerse a las ideas del establishment actual (que irónicamente se presenta como defensor de la “tolerancia”) será acusado de cualquier cosa que empiece con “anti-” o que termine con “-fóbico/a”. Esta estrategia no es nueva, pero no por esto deja de ser efectiva: muchos movimientos han etiquetado a quienes opinen distinto, como método de minimizar sus argumentos. (Como argentino, no puedo evitar mencionar la brillantez creativa del término “gorila” para cualquiera que pretenda cuestionar algún aspecto del Peronismo. Aunque, claro, esta herramienta demuestra una falta de interés total en llegar al fondo de los temas en discusión).

¿Cómo podemos refinar el pensamiento de una generación cuando nuestro máximo objetivo es prohibirle a cualquiera opinar distinto a la opinión establecida?

Lo más lamentable es que estas posturas extremistas han surgido de las mismas voces que en el pasado fueron injustamente silenciadas. Aquellos que en teoría lucharon por permitir la multiplicidad de voces, hoy en día se encargan de acallar, silenciar, censurar a los que tienen un punto de vista distinto. Y esto no se ha limitado a dirigentes políticos (algo que, de todas maneras, sería una vergüenza): hay humoristas de primer nivel, cuyas miradas nos permiten afinar nuestro pensamiento, que se ven perseguidos por turbas intolerantes.

Si uno está seguro de su posición, ¿qué tiene de malo debatir ideas? El debate no está hecho para acallar al otro, sino simplemente para exponer los argumentos que se discuten.

De ninguna manera debe permitirse la violencia de ningún lado, ni el insulto ni la degradación. Pero sí hay que aceptar, por más que a algún narcisista le cueste, que haya personas que estén en desacuerdo con lo que nosotros pensamos. Tal vez nuestra madre no estaba en lo correcto y no somos “tan geniales como creíamos”. Un baño de humildad cada tanto es algo sano. Esa es la expresión de una sociedad democrática. Libertad de expresión no puede ser “la expresión libre de los que piensan como yo”. Al contrario: la tolerancia se demuestra permitiendo y habilitando a personas que piensan distinto que yo a que se expresen.

No estoy diciendo que uno debe ser amigo del que esté en las antípodas (aunque, sinceramente, no veo por qué no). No estoy planteando tampoco que se vayan juntos de vacaciones o que se junten a comer un asado para charlar sobre sus diferencias. Pero sí que hagamos el mínimo y fundamental paso de permitir al otro que pueda decir lo que piensa. Aunque sea por una razón simple y hasta egoísta: nuestros propios argumentos se verán enriquecidos si escuchamos a los que están en desacuerdo con nosotros.

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