
Hace unos días tuve la oportunidad de compartir algunas reflexiones con un extraordinario grupo de jóvenes que participaban del CADE universitario. Desde que llegué al auditorio en el que estaban reunidos pude sentir la energía de este grupo de entusiastas que venían de todo el país. Nuestro tema, a tres meses de las elecciones regionales y municipales, era el voto informado. Empecé recordando que la democracia en América Latina está atravesando una seria crisis de confianza en sus instituciones y que ciudadanas y ciudadanos son cada vez más críticos y expresan de modos diversos su malestar.
El Perú no es una excepción a esta situación y, por el contrario, ha sido testigo temprano de muchos de los males que aquejan a las democracias y los partidos políticos en el mundo. Según muestra la última edición del Barómetro de las Américas, el Perú está en uno de los últimos lugares tanto en satisfacción con la democracia como en apoyo a la democracia como forma de gobierno. Ni qué decir de la confianza en instituciones como el Congreso y los partidos, que consistentemente rankean en los últimos puestos. Estas percepciones negativas frente a la política se correlacionan con creciente apatía y desinterés, particularmente entre los jóvenes, uno de los segmentos en el que es mayor la proporción de quienes meses después de una elección dicen arrepentirse de su voto.
Mientras describía este panorama sombrío veía al auditorio asentir con frustración. Mi descripción les había bajado las pilas y los organizadores me habían invitado para entusiasmarlos con todo lo que puede hacerse para mejorar las condiciones de la elección. Entonces me enfoqué en describir las oportunidades que ofrecen estos tiempos. Las nuevas tecnologías permiten hoy acceder a información, procesarla y compartirla como no podía hacerse hace algunos años. Incluso la legislación es ahora más exigente en relación con la información que deben transparentar los candidatos. Eso ha generado infinidad de iniciativas para rastrear los antecedentes de quienes postulan a un cargo público, comparar sus propuestas, revisar su historial en redes sociales y un largo etcétera. Y son muchas veces jóvenes quienes impulsan estas aplicaciones y hacen viral su uso.
El lenguaje corporal del auditorio cambió. En la medida que avanzaba describiendo las variables a evaluar el grupo respondía con más entusiasmo. No queremos candidatos con antecedentes penales, ni podemos confiar nuestro destino a quienes no se hacen cargo de sus responsabilidades familiares. No queremos representantes de intereses particulares o personales, o peor aún ilícitos, sino políticos comprometidos con el bienestar general. Queremos gobernantes de trayectoria comprobada, con ideas, con equipos técnicos y que lleguen a la política para aportar y no para enriquecerse. Queremos una política más inclusiva que de iguales oportunidades a hombres y mujeres, así como voz y espacios adecuados a pueblos indígenas, afrodescendientes, personas con discapacidad, personas LGBT y todas las minorías que no han tenido acceso al poder político. El entusiasmo volvió a la sala. Ser conscientes de que hoy es posible evaluar estos aspectos a partir de herramientas e información a nuestra disposición abrió la puerta a ideas que ojalá se plasmen en proyectos concretos. Es verdad que los electores no controlan la oferta política y muchas veces tenemos la sensación de que no hay buenas alternativas entre las cuales escoger. Pero no es cierto que todos los candidatos sean iguales y que de lo mismo votar por cualquiera. Cada votante tiene en su voto una herramienta poderosa para elegir a un buen gobierno o a uno nocivo y corrupto. Toca evaluar honestamente las opciones y no votar por votar. Existen los medios para hacerlo. Avisados estamos.

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