
Cuando escribía este artículo, la televisión pasaba terribles imágenes de docenas de cadáveres descubiertos en el pueblo ucraniano de Bucha, entre ellos niños y ancianos. Lucían tirados en las calles, algunos en fosas comunes, envueltos en bolsas de plástico negras, otros degollados con los brazos atados y marcas de torturas. A su alrededor, familiares y vecinos impotentes. Minutos después el presidente Zelensky exigía que la Corte Penal Internacional procese a los responsables por crímenes de lesa humanidad.
Entonces, me preguntaba, ¿cómo es posible que ese Gobierno, autor del genocidio, mantenga su condición de miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU?
¿Acaso Vladimir Putin puede bombardear edificios de viviendas, hospitales, escuelas, asilos de ancianos, fusilar civiles, cortar el agua y el gas a miles de seres humanos sin que nada suceda? ¿También puede amenazar al mundo con lanzar proyectiles nucleares y violar impunemente todos los principios internacionales mientras conserva sus privilegios diplomáticos en la ONU?
Después de ver las escenas comentadas, CNN en español proyectó desde Caracas deplorables y penosas imágenes de la inauguración de un mural con los rostros de Putin y Chávez enmarcados en la leyenda “Venceremos”, mientras el embajador ruso aplaudía alborozado y manifestantes chavistas agitaban banderas, coreando estribillos, que hacían recordar filmaciones de fanáticos nazis aclamando a Hitler.

Ese mural, un homenaje a la muerte y el crimen contra el pueblo ucraniano, proyecta el degradante servilismo de Maduro, tirano legitimado como presidente constitucional por el régimen peruano de Pedro Castillo, quien, a diferencia de los mandatarios de Colombia y Chile, Iván Duque y Gabriel Boric, que repudiaron publicamente el genocidio ruso, no ha dicho una palabra, quizás por temor a los líderes de Perú Libre que apoyan la invasión.
Aunque considero improbable que el Gobierno adopte posiciones firmes contra los invasores, algunas sugerencias: 1) llamar en consulta a nuestro embajador,convocatoria que se entiende como expresión de protesta o disconformidad, lo mismo que deben hacer otros regímenes democráticos del hemisferio ; 2) retirar a nuestros agregados militares, del Ejército y la Fuerza Aérea, acreditados en Moscú. Recordemos que, marcando la ruta, los europeos han expulsado 350 diplomáticos soviéticos por la barbarie que perpetran en Ucrania; 3) demandar, en correspondencia al acuerdo del Consejo Permanente de la OEA, que retiren a Rusia el estatus de observador permanente; 4) Cambiar la matriz de compra de armamento ruso.

Pienso, asimismo, que los latinoamericanos debemos construir una agenda común para encarar la crisis, porque a pesar que nos separa 10 mil kilómetros de los centros de combate, nos afecta no sólo desde una perspectiva moral, sino económica, debido a que los precios de los combustibles, granos y fertilizantes se han disparado en perjuicio de las clases populares.
Madeleine Albright, secretaria de Estado con el periodo del presidente Clinton, conoció bien a Putin, a quien describió como” pequeño y pálido, tan frío que es casi reptil”. Antes de morir, publicó un artículo en el diario norteamericano The New York Times, donde sostuvo que “En lugar de allanar el camino a Rusia hacia la grandeza, invadir Ucrania asegurará la infamia de Putin al dejar a su país dramáticamente aislado, económicamente paralizado y estratégicamente vulnerable frente a una alianza occidental más fuerte y unida. Las sanciones devastarán no solo la economía de su país, sino también a su estrecho círculo de compinches corruptos. Lo que seguramente será una guerra sangrienta y catastrófica agotará los recursos rusos y costará vidas rusas, al tiempo que creará un incentivo urgente para que Europa reduzca su peligrosa dependencia de la energía rusa”.
No se equivoca la señora Albright, autora de un admirable libro titulado Fascismo, de obligatoria lectura para comprender la dimensión de los sistemas totalitarios.
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