Caen bombas en la capital de Myanmar

Hace tres meses, el Golpe de Estado de los militares en Myanmar se volvió trending topic. Muchas personas me escribieron porque ahora reconocían el nombre del país: “¡Eh! Myanmar, es donde vos trabajaste, ¿no?”

El jefe de la junta militar, Aun Hlaing (Foto: REUTERS/Stringer)
El jefe de la junta militar, Aun Hlaing (Foto: REUTERS/Stringer)

Hace tres meses, el Golpe de Estado de los militares en Myanmar se volvió trending topic. Muchas personas me escribieron porque ahora reconocían el nombre del país: “¡Eh! Myanmar, es donde vos trabajaste, ¿no?”.

Cuando comenzaron a llegar las noticias, le escribí a Aung Kaung, abogado y ex colega en una ONG de Desarrollo Internacional, solo para escuchar lo que repetían los titulares hasta el cansancio: Golpe de Estado. La líder democráticamente electa, Aung San Suu Kyi, en prisión. Un movimiento de protesta inmenso en las calles. Cortes de luz y de internet. Cierre total. Muertos. Desaparecidos.

A las semanas vi a mi amigo por cámara cruzando un río, escapando de la milicia.

Le escribí también a U-Saw, presidente local de la ONG, ya retirado. Quería saber cómo estaba. Lo recordaba simple y sonriente -como la mayoría de la gente que conocí en Myanmar-, descalzo casi todo el tiempo, sabio.

Me contestó con la templanza de alguien acostumbrado a los regímenes salvajes: “I am safe, at home” (”Estoy a salvo, en casa”).

Pero ahora, meses más tarde, nadie está a salvo. Caen bombas en la capital, Yangón, y se acerca una Guerra Civil.

Desde Argentina, como una simple ciudadana, me pregunto qué se puede hacer. Entonces escribo esta nota como una forma de mirarles la cara: al dictador, al problema, a su complejidad.

El dictador de turno se llama Min Aung Hlaing.

Lo avala el poder económico de los militares en el país. Miles de millones de dólares provenientes de negocios del ejército en diversas industrias, desde telecomunicaciones hasta inmobiliario.

En el año 1948, cuando Myanmar dejó de ser colonia inglesa, los militares tomaron el poder por 50 años, crudos y herméticos.

Lograron salir de la dictadura en 2008, el tiempo en que algunos pocos extranjeros, entre ellos yo misma, pudimos entrar, casi como una excepción y experimentar el país detenidamente: sacar mi visa de trabajo requirió tres días de trámite en Tailandia y un papeleo infernal que terminó con regalos de sastrería para funcionarios de la ciudad, con tal de obtener el visto bueno.

En “Por qué fallan las naciones”, de Acemoglu y Robinson, hay una explicación que aplica a todos los que oscilamos entre malas políticas, peores políticas y golpes de estado: somos países post coloniales.

Se van los conquistadores y a continuación desfilan las elites locales de turno en su reemplazo, imitando sus comportamientos extractivistas y los abusos de poder en distintos espectros políticos, de izquierdas a derechas y viceversa.

Myanmar es un país bellísimo, que limita con Tailandia, China y la India. Tiene salida al mar y habitan su territorio cerca de 150 etnias, cada una con su idioma y costumbres.

La diversidad de sus comunidades es una fortaleza, en un mundo donde cada vez tomamos más conciencia de la importancia de la coexistencia para la salud de los ecosistemas.

Es posible que la resiliencia ante esta situación surja de ellas, su resistencia y sus alianzas con los representantes del gobierno depuesto.

Por otro lado, es responsabilidad histórica de las naciones que “des-colonizaron” estos territorios poner a su servicio toda la ayuda necesaria para salir de la peligrosa situación en la que se encuentran.

Por mi lado, escribo y ruego que no sea a mis amigos a quienes les toque dar la vida por causas en las que la mayoría de nosotros/as creemos: la democracia (o mejor aún, nuevos y mejores tipos de democracia) y la libertad, para que cada día vivamos mejor en sociedad, donde sea que nos haya tocado nacer.

Les pido que me acompañen en este reclamo desde sus lugares, aunque solo sea por un deseo egoísta y personal: saber que existe todavía en el mundo un territorio inexplorado, con escenarios milenarios que evocan un libro de ficción y habitado por personas dulces como la miel. Si Myanmar sale de ésta, les prometo que conocerlo algún día les va a resultar algo maravilloso de experimentar.

Celina es Co-Ceo de Defiant, una startup cripto que busca resolver los problemas de inequidad económica en regiones como América Latina, África y Asia. Fue Jefa de Gabinete de Economía Social de la Nación y Jefa de Operaciones en Myanmar para la ONG TAG International Development entre 2014 y 2015.

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