
Es una aberración, sin otro calificativo, que el régimen que ha sometido a millones de sus ciudadanos por décadas e incursionado violentamente en la política internacional con fines imperialistas, ocupe por quinta vez una posición en el organismo más importante de Naciones Unidas a cargo de defender los derechos humanos.
Que el castrismo y sus funcionarios se esfuercen por integrar esa entidad, o cualquier otra desde la que puedan ejercer influencia o tener control, es comprensible, es parte de su gestión de sobrevivencia; lo que es un enigma es que gobiernos electos democráticamente y que actúan sustancialmente como tales, respalden a regímenes como los de Cuba, Rusia y China para tales posiciones. Es un absurdo elegir criminales para que juzguen a los justos.
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Fue por desidia o complicidad que el Grupo de América Latina y el Caribe (Grulac) no se haya puesto de acuerdo para presentar más opciones a la elección en el Consejo. Tres candidatos para igual número de posiciones no dejaban alternativas. Al parecer, fue la ruta escogida por los mandatarios latinoamericanos para evitar tener conflicto con el régimen injerencista de La Habana y con los partidarios de esa dictadura que operan al interior de sus países.
Nuevamente ha quedado demostrado que América Latina no es consciente de los riesgos que corre al tener de vecino al gobiernos más agresivo del continente, con independencia de que ha vuelto a dejar de lado su deber de ser solidario con los pueblos que padecen dictaduras, gestión en la que han sido mucho más consecuentes los Estados Unidos y Europa, aunque corren menos riesgos de sufrir las agresiones del castrismo que los países del Grulac.
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La conducta del hemisferio en relación a la dictadura cubana está fuera de la lógica más elemental. Un país como Perú, que da nombre al denominado Grupo de Lima, la bandera solidaria con los demócratas venezolanos, afirmó a través de su canciller que votaría en la reunión del Consejo a favor de La Habana, la casa matriz de los horrores que padece Venezuela.
Evidentemente no fue Perú el único país del hemisferio que votó a favor del totalitarismo insular. Según las cuentas, sólo 22 naciones votaron en contra de la presencia de Cuba en el Consejo, el resto, 170, votaron a su favor, entre ellos deben estar conocidos satélites del castrismo como Venezuela y Nicaragua y algunos amigos que con justicia condenan a Nicolás Maduro y su satrapía, pero incomprensiblemente respaldan a un régimen que con maldad extrema continúa siendo fiel a los postulados de Fidel Castro.
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Será difícil conocer quiénes fueron aunque los pueblos tienen derecho a estar al tanto de qué países se alían con sus verdugos. Los votos en Naciones Unidas, en cualquier organismo internacional, deberían ser públicos, no secretos, porque eso invalida la transparencia de cualquier proceso democrático, aun más, como afirma el jurista mexicano René Bolio, presidente de la Comisión Internacional Justicia Cuba, “se le debería exigir a los países que integren el Consejo de Derechos Humanos que sean genuinas democracias”.
La dictadura cubana está controlada por hábiles gobernantes, eficientes en su gestión que no dudan en negociar cuando esperan obtener ventajas.
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En los 70 acordaron con la Junta Militar Argentina arreglos que consistieron en guardar silencio ante sucesos que pudieran afectar tanto a Buenos Aires como a La Habana. Ahora lo hicieron con Perú y, durante la presidencia de Tabaré Ramón Vázquez Rosas, con Uruguay. Además, regímenes de fuerza como los mencionados de Venezuela y Nicaragua y los de África y Asia, entre los que destaca el tirano de Corea del Norte, Kim Jong-un, reciben con beneplácito a la vez que favorecen, la presencia de funcionarios del régimen castrista en organismos en los cuales requieren aceptación.
Es penoso que todos los países que votaron a favor de la dictadura están conscientes de que el régimen violenta todos y cada uno de los derechos de sus ciudadanos, que no ha ratificado el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales y, como colofón, que Cuba es uno de los pocos países del mundo que exporta represores y torturadores como refleja un reciente informe sobre Venezuela.
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