
Su larga trayectoria excede su trabajo sobre el peronismo, pero parte de ella, y nuestro trabajo conjunto de los últimos años, estuvieron marcados por la pasión por la historia y la política con una crítica a los mitos de ese movimiento.
Conocí a Hugo Gambini hace ya un buen tiempo, cuando me encontraba investigando violaciones a los derechos humanos, crímenes contra sindicalistas obreros y otros temas ignorados de los gobiernos de Perón. Nos presentó un ex detenido político, Emilio Gibaja, dirigente estudiantil torturado en 1951, amigo común de ambos. Mi interés por los testigos desobedientes del peronismo original me vinculó a cantidad de personas que vivieron el fenómeno desde sus bases obreras o desde el mundo estudiantil, desde la cárcel o la persecución.
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Era plena época del kirchnerismo, y a Hugo le encantó que fuera en cierto modo contra la corriente, cuando se había puesto de moda hacerse oficialista, o aprender a simularlo, en ambientes periodísticos e intelectuales. Tomamos café en un bar, hablamos largo rato y me invitó a seguirla en el departamento donde vivía con su mujer. Ese día me regaló no varios libros.
Por entonces escribí una serie de notas muy críticas sobre Perón y su escuela política, e incluso denuncié que el ex presidente Néstor Kirchner había reivindicado a un viejo torturador peronista en la Casa Rosada. A Gambini le gustaron mis trabajos, nuestros encuentros se hicieron frecuentes y creció el intercambio de información, datos, historias desconocidas y un mundo por reconstruir sobre los costados más inhóspitos del peronismo, que nadie se atrevía a investigar.
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Valga una anécdota. Gambini nació un 8 de octubre, el mismo día que, presuntamente, había nacido Perón. Recuerdo cuando me explicó que el día de nacimiento del caudillo, como el año y la casa donde lo dieron a luz, eran cuentos o irrealidades. Ante mi incredulidad, se sonrió y me dijo: "es mentira, viejo, es todo mentira". Interpreté, en un sentido más amplio, que no había tema de la historia del gran líder y del justicialismo que no estuviera atravesado por una buena dosis de falsedad.
Nos hicimos amigos. Charlábamos hasta por los codos, de peronismo, de tango, de fútbol y de otros temas que a él lo apasionaban. Nació la idea de escribir juntos y como fruto de ese proyecto llegarían dos libros en común: Crímenes y mentiras. Las prácticas oscuras de Perón (2017), y el recién publicado Las traiciones de Perón, ambos por editorial Sudamericana.
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Nuestra amistad, desde la distancia de los años, tocaba un asunto que a él le preocupaba: romper la barrera generacional que impidió que muchos jóvenes conocieran una historia del peronismo y de nuestro país muy diferente a la que imaginó la izquierda paqueta referenciada en los mitos de los años setenta, con un Perón a la medida de coyunturas, que luego marcó al mundo educativo. Estaba contento por el trabajo de Silvia Mercado, una peronista revisando todo el peronismo.

Pasando a otros planos, la trayectoria y la obra de Gambini son conocidas. En la intimidad, seguía siendo un tipo de barrio, sencillo y amiguero, con pasión por la charla animada y coloquial, sobre actualidades o sobre temas que había vivido con intensidad y que marcaron la historia del país. Pero siempre enemigo de lo solemne. Poco le importaba que muchos académicos desearan sondearlo, o que lo citaran hasta sus críticos. Hugo hacía su vida y se sentía bien hablando de Vélez, de la selección nacional o de la política que lo siguió apasionado hasta el final.
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Mientras escribíamos e intercambiábamos datos, parábamos para hablar de todo. Su anecdotario fluía con naturalidad, mezclando lo sentimental y porteño con la política y el mundo. La cancha de fútbol de Floresta, el socialismo en Flores, un encuentro con Alfredo Palacios en la Boca, el peronismo y el antiperonismo. El 17 de octubre de 1945, con sus verdades y mentiras. Las vibrantes alocuciones de Ricardo Balbín, en plena calle, a riesgo de lo que pudiera pasar. Los dirigentes peronistas que él entrevistó, que habían sido traicionados por su líder, como Domingo Alfredo Mercante. La música de Horacio Salgán que acompañó sus mejores años.
Gambini era un desmitificador, y cuando los reconstruía personajes, tendía a bajarlos de la estatua, mostrando costados grotescos e inesperados, incluso de aquéllos con los que simpatizaba, como Alicia Moreau de Justo o Nicolás Repetto. Se refería con desenfado a personajes de la historia que otros ponen en un santoral. Lo hacía desde un costado a veces humorístico, como si quisiera desdramatizar o amenizar temas que muchas veces son tratados desde la intolerancia o el fanatismo.
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Dijo que aprendió todo lo bueno y lo malo del periodismo, de jefes como Jacobo Timerman, quien dirigía la mítica revista Primera Plana de los sesenta. Conoció a montoneros y compartió con ellos algunas redacciones, pero les decía que era un delirio el intento de hacer del peronismo un movimiento revolucionario.
Cuando hablaba sobre el cura Carlos Mujica (asesinado en 1974), con quien compartían partidos de fútbol, no se refería a un mártir, sino a un muchacho simpático con mentalidad algo adolescente. Lo mismo cuando recordaba a compañeros periodistas como Tomás Eloy Martínez, autor de libros y novelas sobre peronismo, con algunas ficciones que muchas veces se confundieron con la realidad.
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Junto con Tomasito, como lo llamaba, conoció al autor de Cien años de soledad, obra editada por Sudamericana en Buenos Aires. Desenvuelto, le dijo que pusiera cualquier boludez como dedicatoria. Entonces el colombiano estampó: "Para Hugo Gambini, cualquier boludez. Gabriel García Márquez".
Eloy Martínez encabezó el proyecto de hacer una gran obra periodística sobre Perón, solicitada por los europeos, con Gambini y Rodolfo Walsh, que según Hugo fue impedida por la mano de José López Rega, quien rivalizaba con Jorge Antonio y buscaba controlar el entorno del General. Muchas veces, la censura, el miedo o la violencia impusieron el silencio o la deformación de la verdad.
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La obra de Gambini referida al peronismo, un trabajo de décadas, sentó las bases para un enfoque verdaderamente crítico de ese mito nacional, sin tibiezas y a partir de las fuentes que han ignorado los intelectuales amoldados a las corrientes de moda. Desde esas ricas historias, pueden derivarse infinidad de líneas investigativas sobre el movimiento de Perón, sobre temas como represión, corrupción, engaños a los humildes, venganzas y traiciones, crímenes entre los peronistas, grandes promesas incumplidas, obras que jamás fueron realizadas aunque se citen como verídicas. Trabajando, me dijo: "vas a conservar mi archivo cuando yo espiche".
Casi siempre, su lenguaje era amable, periodístico y popular, con frecuencia irónico, pero evitando la grandilocuencia y los floreos intelectuales. Su tono también tenía un sano equilibrio entre la crítica más fuerte y un modo de contarlo que pudiese interesarles a todos. (Muchos peronistas han leído y citado sus libros, cuando procuraron profundizar en la verdad sobre los más variados temas).
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Era un tipo apasionado, como reflejan sus jugosas memorias inéditas: Veredas que yo pisé (Memorias de un periodista). Me tocó verlo discutiendo casi a los gritos y con fuertes ademanes con un sorprendido taxista por un desacuerdo futbolero. Siguió enojándose y alegrándose hasta el final, incluso en sus internaciones, donde lucía orgulloso la camiseta de Vélez. Las últimas veces hablamos de Aníbal Troilo, del nuevo tango, del gobierno nacional y de nuestro último libro. Me preguntó por Jorge Fernández Díaz, a quien parecía estimar mucho, y que poco después nos invitó a su programa de radio, aunque él no pudo ir por su estado de salud.
Quienes utilizaban sus datos históricos (intuyendo la falsedad del relato peronista), lo han llamado gorila, algo que le preocupaba en lo más mínimo. Como decimos en nuestro último libro: "Si contamos las traiciones de Perón a la clase obrera, es para ser leales a las bases estafadas de nuestro país, y no actores de un progresismo teatral o de un peronismo pituco, funcionales a ese expolio." Dejó una marca muy fuerte y se lo va a extrañar.
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