El presidente iraní Hasan Rohani con la imagen de los líderes supremos de fondo (AFP)
El presidente iraní Hasan Rohani con la imagen de los líderes supremos de fondo (AFP)

Mientras el liderazgo en Teherán se prepara para conmemorar el 40° aniversario de la revolución khomeinista, un número cada vez más creciente de ciudadanos iraníes insatisfechos y frustrados se preguntan si ha llegado el momento de que su país cierre el capítulo revolucionario y reanude su camino histórico como nación-estado.

La necesidad de que Irán se mueva más allá de la revolución khomeinista es el tema central del debate que plantean los sectores reformistas que buscan el regreso de Irán a un modelo de estado-nación como una necesidad urgente de paz y estabilidad regional.

En el cuadragésimo aniversario de la revolución islámica, si se la contrasta y compara con otras revoluciones del siglo XX, la revolución khomeinista puede considerarse un fracaso en todos los ámbitos de importancia para un estado-nación.

Cuarenta años después de su inicio, la Revolución Bolchevique en Rusia convirtió a un país preindustrial atrasado en una de las dos superpotencias del mundo que envió al primer hombre al espacio y eso, después de derrotar a la Alemania nazi en la guerra más devastadora en la historia de la humanidad. Al mismo tiempo, el régimen soviético había logrado "exportar" su ideología y sistema socio-político a más de una docena de países que representaban casi un tercio de la población humanidad.

En China, la revolución Maoísta también tuvo grandes éxitos en sus primeras cuatro décadas. Para 1990, China se había relanzado como una gran potencia industrial y había tomado un camino para convertir su economía en la más grande del mundo en 2020. Al mismo tiempo, el "modelo chino", una mezcla de nacionalismo y marxismo, encontró eco en más de una docena de países en todo el mundo.

En contraste con las revoluciones rusa y china, la revolución khomeinista en Irán no ha logrado "exportar" su modelo a un solo país, al tiempo que hizo a Irán más pobre y más vulnerable de lo que había sido bajo el Sha. La razón principal de esto es que la revolución khomeinista no logró crear una nueva estructura estatal con instituciones creíbles y eficientes. En consecuencia, incapaces de destruir el estado iraní como se había desarrollado durante unos cinco siglos, los nuevos gobernantes khomeinistas intentaron duplicarlo creando órganos paralelos de ejercicio de poder.

El ayatollah Ali Khamenei, líder supremo iraní (Getty Images)
El ayatollah Ali Khamenei, líder supremo iraní (Getty Images)

Los objetivos e intereses de esos órganos paralelos, por no mencionar su modus operandi, difieren considerablemente de las expectativas y deseos que alberga la ciudadanía de Irán, lo que lleva a una tensión casi continua entre el modelo de Estado y el de República Islámica que ha instaurado el régimen por estos 40 años.

El elemento para comprender el eco creciente en Irán de que ha llegado el momento de desmantelar los órganos paralelos y permitir que el aparato estatal recupere su plena autoridad como un vehículo para perseguir intereses y ambiciones nacionales en lugar de ideológicos fue mandado a pique por la represión de las fuerzas de seguridad khomeinistas que actúan sobre ciudadanos reprimiendo a sangre y fuego. Así fue aplastada la revolución verde en 2009, durante la presidencia de Ahmadinejad. Aunque la violencia de los órganos de la seguridad del régimen continúa la represión en la gestión del actual presidente Rouhani.

Mientras Irán tenga autoridades paralelas en la toma de decisiones, y ejecutantes tecnócratas influenciados por la idea de república teocrática, el país no podrá tener éxito en el camino a la modernidad. Ello por el resultado de las acciones de aquellos que tienen poder pero carecen de responsabilidad, mientras que aquellos que son considerados responsables no tienen poder y son aislados por los khomeinistas leales al líder supremo, Ali Khamenei. Así, se observa claramente como bajo el régimen khomeinista Irán sufre de "esquizofrenia política", que también es reconocida por el sector denominado como facción "reformista" dentro del propio régimen.

Saeed Hajjarian, uno de los principales teóricos de la acción "reformista" del régimen ahora predica la "desobediencia civil" como un medio para restaurar la dignidad y la autoridad de las instituciones estatales en oposición a los órganos revolucionarios paralelos. El método que está publicitando para ese fin es casi idéntico al promovido por el Príncipe Reza Pahlevi, el heredero en el exilio de la vieja monarquía iraní.

Otra figura del liderazgo "reformista", Abbas Abdi, advierte a sus compañeros khomeinistas que su régimen está en profunda crisis y que incluso puede estar llegando "al borde de la implosión". Una vez más, la solución que sugiere Abdi, es cerrar el capítulo de la revolución y permitir que Irán reorganice su vida como estado-nación.

Los historiadores iraníes clásicos identifican cinco fases en el surgimiento de un nuevo estado en un país que ha visto innumerables trastornos en su larga historia. La primera etapa es la conquista cuando una nueva fuerza, a menudo una tribu guerrera, logra apoderarse de una parte o de todo el territorio de la nación. A esto le sigue una segunda etapa llamada "dominación", cuando la nueva fuerza conquistadora logra establecerse como primus inter pares. La tercera etapa se la conoce como "control", cuando la nueva fuerza se reconoce universalmente como el árbitro final en cualquier lucha de poder. Esto conduce a la cuarta etapa, que se conoce como "gobernanza" en la que la nueva fuerza opera como el árbitro final de la vida nacional. En la quinta y más alta fase, la nueva fuerza crea un "estado" propio con las instituciones necesarias para garantizar su prioridad y promover sus intereses y ambiciones a largo plazo.

Sobre la base de ese modelo de análisis, la revolución khomeinista, como una nueva fuerza, se ha detenido en la cuarta etapa, lo que significa que no ha logrado destruir el viejo estado y crear un nuevo modelo capaz de desarrollar una síntesis de intereses y ambiciones nacionales y revolucionarios. Ese es el resultado de la esquizofrenia mencionada anteriormente, lo cual da la impresión que uno está observando y tratando con dos Irán: "Un Irán como estado y otro como una revolución".

La esquizofrenia política de Irán también está afectando a los opositores del régimen khomeinista. Consciente o inconscientemente, la mayoría de ellos también se comportan como fuerzas revolucionarias contra el régimen, en lugar de nutrirse y afianzarse como movimiento o grupo político capaz de manejar un estado-nación normal y resolver los complejos problemas que enfrenta una sociedad que intenta salir de cuatro décadas de crisis política y económica emergente de la revolución islámica.

La buena noticia es que, quizás por necesidad, se está formando una nueva cultura política dentro de Irán, una que instintivamente vincula a la política con temas concretos de la vida real en lugar de nociones abstractas vinculadas a las utopías revolucionarias empujadas por la religión como elemento ideológico.

En los últimos dos años, Irán ha sido sacudido por dos levantamientos a nivel nacional que movilizaron a millones de manifestantes. El punto importante aquí es que todas esas manifestaciones populares y los dos levantamientos fueron motivados por demandas que sólo un estado-nación normal y no un grupo revolucionario puede entender y satisfacer. Por lo tanto, al menos implícitamente, lo que millones de iraníes exigen es una restauración de la autoridad de su estado que, a su vez, requiere el cierre del capítulo revolucionario.

"Otros países también enfrentan el tipo de problemas que enfrenta Irán", dice Ali-Reza Shoja'i Zand, analista de Teherán. "Pero eso no deslegitima el orden establecido ni conduce a su implosión".

Lo que Zand expresa es que "otros países" no sufren de esquizofrenia política. Son estados nacionales y, como tales, siempre pueden movilizar los recursos necesarios para resolver los problemas de la política, la economía y todos aquellos problemas de la vida normal de un estado, mientras que en Irán la República Islámica persigue su ambición fantasmagórica de conquista mundial en nombre de una ideología extraña que, influenciada por la religión,va hacia muchos sitios al mismo tiempo, aunque no haya llevado a los iranies a ningún lugar si hablamos de modernidad y progreso por los últimos 40 años.

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