
Pocas voces reúnen la autoridad técnica y el alcance editorial que tiene Zanny Minton Beddoes. Economista formada en Oxford y Harvard, fue la primera mujer en dirigir The Economist desde que la revista fue fundada en 1843, y llegó al cargo con un currículo poco frecuente en el periodismo: pasó dos años como economista en el FMI trabajando en programas de ajuste macroeconómico en África y en las economías en transición de Europa del Este, y antes había asesorado al ministro de Finanzas de Polonia como parte del equipo del profesor Jeffrey Sachs de Harvard.
The Economist llega hoy a 1,3 millones de suscriptores repartidos por las esferas más altas del poder internacional. En una entrevista publicada por el diario ABC de España —realizada en la sede londinense de la revista—, Minton Beddoes ofrece un diagnóstico sin concesiones sobre el estado de las democracias occidentales. Su análisis es preciso y, a ratos, implacable: el populismo no es una anomalía pasajera, sino el síntoma directo de un fracaso político estructural.
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La democracia en aprietos
Para la directora de The Economist, el avance simultáneo del populismo de derecha y de izquierda responde a una causa común: la incapacidad de los partidos tradicionales para ofrecer reformas que estén a la altura de la angustia de sus electorados. “Lo que considero una verdadera deficiencia y un fracaso rotundo ha sido la incapacidad de los partidos tradicionales para presentar propuestas de reforma lo suficientemente audaces”, señaló en la entrevista.

Su diagnóstico parte de un dato estructural. Cuando la mayoría de los ciudadanos cree que sus hijos vivirán peor que ellos, el terreno político se vuelve fértil para los extremos. La derecha populista agita la inmigración como bandera principal. La izquierda populista denuncia una riqueza obscenamente concentrada en la cima. Ambas corrientes se nutren del mismo vacío que los partidos establecidos no aciertan a llenar.
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Frente a ese cuadro, Minton Beddoes rescata un concepto que la propia revista acuñó en los años cincuenta: el “centro radical”. No se trata de tibio pragmatismo ni de equidistancia cómoda, sino de audacia política ejercida desde coordenadas liberales. La ambición transformadora, insiste, no es monopolio de los extremos: pueden formularse propuestas valientes sin abandonar el Estado de derecho, la apertura económica ni las libertades individuales.
“Necesitamos radicalismo, pero desde el centro. El radicalismo no tiene por qué ser de extrema izquierda o de extrema derecha. Se pueden tener propuestas audaces desde el centro”, afirmó.
Europa sin timón
El retrato que traza de la clase política europea es severo. En las principales economías del continente —el Reino Unido, Alemania, Francia— el liderazgo escasea y los partidos tradicionales parecen incapaces de articular una visión de futuro creíble. Pone como ejemplo a Keir Starmer, primer ministro laborista de su propio país: lo califica de “enorme decepción” por su incapacidad para conducir al país con una dirección clara. Una historia similar, añade, puede contarse de Alemania y de Francia, donde el presidente Macron es muy visible en el escenario internacional pero está, en su propia evaluación, “completamente ausente en el plano interno”.
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Ese vacío de liderazgo no es gratuito: los votantes lo perciben, y se vuelcan hacia las franjas no tradicionales. La crisis de representación alimenta directamente al populismo.
Con todo, Minton Beddoes es menos pesimista cuando habla de Ucrania. La guerra podría resultar, paradójicamente, un factor de cohesión continental. La invasión rusa unió a los europeos, y cuando la administración Trump retiró el apoyo financiero a Kiev, Europa asumió esa carga. Hay además algo que apenas se subraya: Ucrania posee hoy el ejército con mayor experiencia en guerra de drones del continente, un activo estratégico de primer orden frente a Rusia. “Es parte de nuestra propia defensa”, afirma. Por eso cree que Europa debería reconocer a Ucrania no como un país al que se ayuda por solidaridad, sino como un aliado que refuerza la seguridad colectiva.
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La inteligencia artificial y la pregunta que nadie responde
Si el populismo es el desafío político del presente, la inteligencia artificial es el reto estructural del futuro próximo. Minton Beddoes está convencida de que su impacto será mayor y más veloz que el de la globalización, comparable al de la Revolución Industrial pero comprimido en un lapso de tiempo mucho más corto. Y advierte que ningún gobierno está pensando seriamente en las consecuencias.

El problema de fondo no es la tecnología en sí, sino su distribución. Según datos que cita la editora, siete de cada diez estadounidenses temen que la inteligencia artificial destruya sus empleos. En el país que lidera esa revolución, la ansiedad ya se traduce en protestas contra los centros de datos. La riqueza que genera la IA se concentra, por ahora, en un puñado de compañías tecnológicas, y los sistemas fiscales actuales no están equipados para redistribuirla.
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Frente a ese horizonte, Minton Beddoes no abandona el optimismo liberal. La historia muestra que cada oleada tecnológica destruyó empleos y creó otros nuevos. Pero esta vez, reconoce, podría ser diferente. Por eso defiende rediseñar cuanto antes los sistemas educativos y fiscales: no como precaución, sino como urgencia.
El orden liberal y la ruptura americana
The Economist nació en 1843 para defender el libre comercio. Casi dos siglos después, su directora reconoce que ese proyecto atraviesa su momento más vulnerable en décadas. Estados Unidos, arquitecto del orden liberal de posguerra, ha girado bajo Donald Trump hacia un unilateralismo transaccional que ya no se percibe a sí mismo como guardián del sistema que contribuyó a construir.
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Los aranceles de Trump, insiste Minton Beddoes, marcan una ruptura real, no un paréntesis. Y el regreso al mundo anterior no es una opción. El liberalismo, concluye, tendrá que renovarse o arriesgarse a perder la batalla cultural frente a quienes ofrecen certezas simples en un mundo cada vez más complicado.
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