Rusia tomó distancia pública de Irán tras el reciente cierre del estrecho de Ormuz y los ataques contra Teherán, enfatizando que “no es nuestra guerra”. El portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, declaró a la prensa que Rusia priorizará sus propios intereses económicos ante la escalada del conflicto, aunque admitió que la postura puede parecer cínica.
Moscú remarcó que no tiene capacidad para frenar el enfrentamiento y que, según su visión, solo los actores que iniciaron la guerra pueden detenerla. El Kremlin reiteró que la situación desestabiliza la región y recordó que, en episodios similares como los ataques a Irán en el verano de 2025, Rusia ya había optado por una posición de no intervención directa.
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El secretario de prensa presidencial señaló que el objetivo inmediato es minimizar el impacto de las convulsiones globales sobre la economía rusa. Peskov recalcó que Rusia buscará asegurar sus propios beneficios en medio de la crisis, incluso si esto resulta controversial para la opinión pública internacional.
Al mismo tiempo, el ministro de Energía Serguéi Tsivilev sostuvo durante su visita a la residencia del embajador iraní en Moscú que la cooperación económica con Irán continuará, pese a los desafíos actuales. Tsivilev informó que ambos países han firmado un nuevo acuerdo intergubernamental y que mantendrán el cronograma de trabajo establecido, sin importar los obstáculos derivados del contexto bélico.
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En una entrevista emitida por el canal ruso Vesti, Peskov expresó que Rusia valora los intentos de mediación estadounidense para la paz en Ucrania, aunque considera que Washington está enfocado actualmente en otros asuntos. El Kremlin mantendrá una actitud paciente y atenta a la evolución del conflicto.
La diplomacia rusa ha instado previamente a poner fin a la guerra en Irán y ha sostenido conversaciones con las principales potencias del golfo Pérsico. El Ministerio de Exteriores de Rusia criticó a estos países por no condenar los ataques iniciales perpetrados por Estados Unidos e Israel contra la nación persa.
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El asesinato del líder supremo iraní, ayatolá Ali Khamenei, evidenció la disminución de la influencia rusa en el escenario internacional, desde Medio Oriente hasta América Latina. Según un análisis publicado por The Washington Post, la muerte de Khamenei representa un golpe severo para la red de socios antioccidentales del presidente Vladimir Putin y expone la creciente incapacidad de Moscú para contrarrestar la estrategia global de Estados Unidos.
A pesar de la conmoción por la incapacidad de Moscú para desafiar el alcance global del presidente estadounidense Donald Trump, el Kremlin considera que la prolongación de la crisis en Medio Oriente podría beneficiar su posición frente a Ucrania, al distraer a Washington y a sus aliados europeos. El posible redireccionamiento de sistemas de armas hacia Medio Oriente podría dejar a Kiev con menor protección ante los ataques rusos, lo que coincide con los intereses inmediatos de Moscú en el conflicto ucraniano.
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El cierre del estrecho de Ormuz y los ataques a refinerías en el golfo Pérsico han elevado los precios del petróleo, en un momento en que el presupuesto de guerra ruso enfrenta una presión considerable. El enviado económico especial del Kremlin, Kirill Dmitriev, estimó que los precios superarán los 100 dólares por barril. Putin advirtió que Rusia podría desviar suministros de gas fuera de Europa si la situación se agrava.
Los suministros de petróleo ruso a China e India no se verían afectados por una interrupción en Ormuz, pero los analistas subrayaron que solo una crisis sostenida en los envíos del golfo proporcionaría un alivio significativo a la economía rusa.
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Funcionarios europeos, consultados por el WAPO bajo anonimato, señalaron que Rusia tiene interés en que el conflicto se prolongue y se mantenga el bloqueo en Ormuz, dada la presión que esto ejerce sobre los precios de la energía.
La guerra en Ucrania, que ya suma cinco años, ha desgastado los recursos rusos y ha hecho que antiguos aliados regionales busquen nuevas alianzas fuera de la órbita de Moscú. Expertos y comentaristas rusos reconocen la eficacia de la campaña militar estadounidense y observan con inquietud la pérdida de influencia de Rusia tras la caída de aliados como Siria, Venezuela e Irán.
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El ministro de Asuntos Exteriores de Ucrania, Andrii Sybiha, afirmó que la pérdida de Jamenei y otros aliados demuestra los límites del poder ruso y su incapacidad para proteger a sus socios. “Rusia no es un aliado fiable ni siquiera para quienes dependen en gran medida de ella”, escribió Sybiha en X.
El enfoque militar ruso prioriza el conflicto en Ucrania sobre otras alianzas internacionales. La cooperación con Irán, aunque profunda en áreas como la tecnología de drones Shahed, siempre tuvo límites: el acuerdo estratégico bilateral no contempla defensa mutua en caso de agresión militar.
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Según lo informado por The Washington Post, personas familiarizadas con negociaciones entre Moscú y Washington indicaron que el Kremlin había transmitido a Estados Unidos que no intervendría en un posible intento estadounidense de derrocamiento del régimen iraní. El asesinato de Jamenei recordó a Putin la vulnerabilidad de los líderes autoritarios y la transformación de las normas internacionales.
Analistas coinciden en que Rusia intentará preservar su asociación con Irán, pero su margen de maniobra es cada vez más limitado. Moscú podría apostar por mantener la cooperación económica con un eventual sucesor del régimen, como ocurrió en Venezuela tras la caída de Nicolás Maduro, pero teme un acercamiento iraní a Occidente que debilite su posición.
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Putin ofreció a Trump mediar entre Estados Unidos e Irán el año pasado, pero la propuesta fue rechazada. Desde los últimos ataques, el presidente ruso ha conversado con líderes del golfo para intentar posicionarse como un mediador, aunque expertos consideran que su capacidad de influencia es reducida.
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